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             Al día siguiente, a primera hora Abraham J. Steinberg pisó, por así decirlo, las calles de Barcelona por primera vez.

Bajó por el Passeig de Gràcia en dirección al mar. Atravesó la Plaça Catalunya en diagonal hasta las Ramblas e inevitablemente experimentó, con moderación, el policroísmo y la multietnicidad de las Ramblas. Disfrutó del mercado de la Boqueria, totalmente consciente de que se había convertido en una atracción turística más. En seguida, tomó la calle Ferran hasta llegar a la Plaça Sant Jaume, siguió hasta la Via Laietana y por la calle Argenteria llegó a Santa Maria del Mar. Entró, se sentó y se dejó llevar por completo por todo lo que se podía experimentar ahí. Fijó su mirada en la Virgen que sostenía en sus brazos al pequeño Jesús y tuvo la suerte de que Dios decidiera que en ese momento empezase a sonar en el órgano Prière à Nôtre Dame de Bach.

La penumbra, la música, el olor de cera incinerada, mi mirada clavada en la Virgen, la respiración pausada, me llevaron a realizar un ejercicio de meditación espontánea. Ningún pensamiento. Concentración en lo más íntimo de mí mismo y conexión con algo que me trascendía. Estuve inmóvil mucho rato. El órgano seguía sonando y cuando acabó inicié el retorno a la materia. Con una sensación difícil de describir. Un presentimiento. Como si tuviera que suceder algo inminente y trascendente.

Bajé hasta el puerto y la playa de la Barceloneta y volví a Santa Maria del Mar y desde ahí por el Passeig del Born hacia la Plaça de Sant Agustí Vell, la Plaça de Sant Pere y la calle de Méndez Núñez para adentrarme hacia el Eixample por la calle Girona. Fui haciendo zig-zags hasta llegar de nuevo al Passeig de Gràcia. Disfruté ensimismado de la arquitectura y del paisaje urbano.

Subí por el Passeig de Gràcia por la acera contraria a la del edificio donde me alojaba. Extrañamente había poca gente. Conservé la dosis extra de paz adquirida en Santa Maria del Mar y más que caminar, flotaba completamente, abstraído y reconfortado.

Al llegar ante la casa modernista escogida para mi estancia, me paré en el semáforo con la intención de cruzar para ir hacia el apartamento. Pero no lo hice.

A mi derecha había una mujer. Me la miré. Nos miramos y sonreímos. Era Agnès. No hace falta recordar que las décadas cambian el aspecto de la gente. Pero a algunos la genética les es favorable y/o el medio y la vida les trata mejor que a otros. Sentí que estaba igual que el primer día que la vi sentada en la primera fila de la clase del Bloomberg Pavilion. La mirada era invariablemente idéntica. La expresión de sus ojos no había cambiado. El conjunto esencial era la mirada y la sonrisa radiante de felicidad.

Si alguien lee mi narración, le extrañará que no hable de emoción indescriptible, de aceleración del corazón y de desconcierto absoluto. Así fue: emocionante. ¡¡¡Muy emocionante!!! Después hablaré de ello.

Habrá quien piense que era previsible y que, de hecho, ese era el objetivo de mi viaje a Barcelona. Bueno, desde el último día que había visto a Agnès hacía décadas, solo había comido una vez con ella en París. Por motivos que no vienen al caso, supe que estaba ahí y cómo encontrarla. Pero estaba de paso. Y si bien las emociones fueron las de siempre -algo contenidas porque el final abrupto de nuestra historia todavía estaba presente y además ella me dijo que estaba casada-, aquel encuentro no tuvo continuidad y nunca más supe nada de ella.

De repente entendí qué me había llevado a Barcelona. Es obvio que la idea de ir a Barcelona me hizo pensar en Agnès. Pero no sentía que fuese esa la fuerza que me impulsó a ir allí. Como he dicho, nunca más tuve noticias de ella. Ni siquiera sabía si vivía en Barcelona. Ni siquiera sabía si vivía…

Por otro lado, el recuerdo que tenía de mi huida, de mi incapacidad de soportar su amor, hacía que los momentos de recuerdo fueran escasos, cortos y fugaces.

La fuerza suprema que me llevó a Barcelona estaba relacionada con ella, pero no era ella. Su valor era como el de las parábolas de la Biblia. Son concretas, precisas, incluso parecen sencillas, pero contienen elementos de aprendizaje, de descubrimiento, de gran alcance. Que van más allá del simple hecho descrito.

Lo que pasó con el reencuentro inesperado de Agnès pasó y los sentimientos intensos que se produjeron fueron reales y maravillosos. Tan reales y maravillosos como los que compartimos décadas antes en el país del invierno. Pero lo que de jóvenes fue una gran historia de amor, muy grande, pero nada más, ahora significaría la parábola definitiva de mi vida.

A diferencia de hace décadas, en vez de espantarme, de revivir una sensación de dependencia o de deseo de posesión, el reencuentro, aunque lo disfruté con mucha emoción, también lo viví de forma serena y relajada. Por otro lado, aquellos sentimientos eran la parábola en sí misma. El alcance de su propio significado real iba más allá, trascendía nuestra vivencia coyuntural. Tal como transcendió décadas atrás y ni ella ni yo supimos interpretarla así. No estábamos preparados. Ahora sí.

Dicho esto y volviendo a la parte más sentimental y amorosa del reencuentro, ¿qué habría sido lo más normal que sucediera en aquel semáforo del Passeig de Gràcia? ¿Un abrazo emocionado y espontáneo? ¿¡¡Un par de besos de tipo formal acompañado de expresiones del tipo “esto es increíble” o “qué sorpresa más inesperada y agradable”!!?

No fue así. Fue normal pero no fue así.

Retrocedimos unos pocos metros hasta sentarnos en uno de los bancos gaudinianos del bulevar barcelonés universal. Entonces la pude observar bien. Su figura era idéntica. Su cuerpo tenía la misma actitud postural. Iba vestida toda de azul y la encontré tan atractiva como siempre.

Al sentarnos nos cogimos de las manos, como años atrás hicimos en el restaurante Lola’s Paradise, pero a diferencia de entonces, no hablamos. La mirada hablaba. Quizá sea cierto que cuando te has enamorado de verdad y, por el motivo que sea, no has sido capaz de consumar la experiencia plena de la vida en común, el sentimiento queda en estado de letargo pero no desaparece. Esa era mi sensación. Al tener delante de nuevo aquella mirada y aquella sonrisa expresiva, la conexión fue inmediata y el sentimiento adormecido despertó de golpe.

En los años que habían pasado, fui capaz de enamorarme de la humanidad y de dejarme querer por el prójimo. Perdí los miedos y aprendí a perdonar. Viví más en estado de paz que en estado de nerviosismo. El reencuentro simbolizaba todo esto.

Todavía no habíamos hablado. Seguíamos sentados, mirándonos. Pero nos habíamos dicho muchas cosas. De hecho, nos lo habíamos dicho todo. Sabía que no me quedaban muchos años de vida y que en aquel preciso momento, el del reencuentro, comprendí lo que ya intuía: afortunadamente esta vida sería la última y, por fin, podría pasar a formar parte de la Luz.

Agnès no me aportaba la paz. La paz la había adquirido yo progresivamente. Pero hizo que la viviera intensamente y me hizo darme cuenta de que vivía en estado de Paz. El amor que sentía por ella era igual de intenso que el de juventud, pero más maduro y me hacía ver que era amor universal. Décadas atrás la había querido mucho, pero necesitaba sentirla mía y eso me provocaba mucha tensión. Ahora sentía simplemente que la quería, como quería a la humanidad, con una desafección sana. Mucho amor, pero con una desafección prodigiosa. Igual que décadas antes había reconectado con su profunda estimación hacia mí que, lejos de espantarme y ser incapaz de vivirla con serenidad, me llenó el alma. Era el anuncio de que ya estaba preparado para vivir la plenitud del amor mientras viviese y eternamente, después.

Para mí seguía siendo la mujer más bella del mundo. No me imaginaba una tormenta de nieve en Barcelona, pero si se hubiera producido, creo que nuestro paseo habría sido igual de placentero pero más sereno. Y no penséis que no había intensidad. Desde el primer momento sentí la necesidad de tenerla cerca y de tocarla. El cogernos de las manos fue únicamente el preludio de lo que ocurriría en los próximos años -pocos, pues no me quedarían muchos por vivir-, durante los que compartimos un tramo del camino. Recordad:

La vida consiste en un paseo solitario. Nacemos, vivimos y morimos solos. Por el camino coincidimos, en algunos tramos, con otros caminantes. El problema aparece cuando queremos adueñarnos de alguno o algunos de estos caminantes: parejas, hijos, etc. Para tener un mundo mejor, basta con quererlos con sinceridad. Pero sin perder la consciencia de la individualidad, la independencia i la libertad sin las cuales nadie podrá encontrar su verdadero camino.”

El Azar quiso que durante los últimos años de mi última vida, antes de morir acompañado pero solo, viviese solo pero acompañado. Quiso que por segunda vez coincidiese en un tramo del camino con la mujer de mi vida. Esta vez no quise poseerla. Simplemente la amé. Y la amé mucho, pero sin perder mi libertad como ella tampoco perdió la suya. Me ayudó a encontrar el verdadero camino.

Hacía décadas, la primera vez que hablamos, nos presentamos. Ahora, está claro, no hizo falta. Cuando, por fin, empezamos a hablar, después de habérnoslo dicho prácticamente todo con la mirada, la conversación se asemejó más a la segunda que tuvimos de jóvenes en el Lola’s. Entonces, le había preguntado si quería venir a vivir conmigo. Esta vez lo di por sentado. Desconocía su situación. No sabía si tenía pareja, familia. No sabía nada. Sí que sabía que pasaríamos los últimos años de mi vida juntos.

Esta vez fue ella quien empezó a hablar, para decir:

-¿Te parece bien que vivamos en Barcelona? ¿Vives en Barcelona?

-No vivo en Barcelona, Agnès. Al parecer he venido a encontrarme contigo y contigo a encontrar lo que me faltaba para marchar definitivamente y en Paz. Durante años pensaba que el reencuentro conmigo mismo podía ser más o menos fácil en función del lugar donde viviese. Es cierto que hay momentos en mi vida, en alguna de mis vidas, en que el alma es capaz de encontrar la Paz, pero no en todas partes. Yo ahora ya he encontrado la Paz y puedo vivir en cualquier lugar. El lugar más importante está en lo más profundo de mi ser. Quiero compartir mi paz con la tuya y amar a la humanidad y a ti estando a tu lado. El lugar donde vivamos este tramo del camino, mi último, me es indiferente. Esta ciudad tiene una gran belleza y tu belleza está totalmente integrada en ella.

-Dame un mes, Abraham. Lo que voy a hacer contigo es muy importante para mí y tengo que acabar algunas cosas que tenía preparadas desde hace tiempo para cuando llegases. Tengo una casa en la Provenza que es una preciosidad. Ahí estaremos bien. Me apetece mucho vivir este tramo del camino contigo. Te quiero, Abraham. Yo ya te quería y habría querido quedarme contigo. Al principio me costó un poco. Pero con los años lo he entendido. Y sabía que mi vida cambiaría. No estaba segura de si te volvería a encontrar. Pero sabía que antes de morir me pasaría algo importante. Mi parábola en este caso eres tú.

-Yo también te quiero, Agnès, y tal como te decía, ahora sé porqué he venido a Barcelona.”

Nos abrazamos. Un abrazo largo, intenso y, a la vez, sereno y apasionado. Lleno de matices. Evocador de miles de sensaciones. Como la del restaurante Lola’s Paradise, pero diferente. En este momento, mejor, el único posible, el mejor.

El reencuentro con Agnès supuso realmente para Abraham J. Steinberg la confirmación de que todo estaba en orden, la conclusión de un proceso secular de vidas y más vidas. El símbolo del amor, de que lo único que da sentido a la vida es respetar, amar e intentar hacer el bien a los demás. No existe ningún otro camino para alcanzar la paz y la Paz.

Abraham J. Steinberg podría haber acabado su vida en un monasterio budista o benedictino. Da igual. Habría rezado y meditado e irradiado energía positiva al mundo y a los humanos.

silueta-de-una-pareja,-camino,-noche-175050Sin embargo, debía demostrar que completaba el ciclo rectificando errores aparentemente limitados -escapar de Agnès- pero de un alcance mucho más amplio: no querer poseer a nadie ni nada y amar al prójimo. Y tuvo una segunda oportunidad que, contrariamente a cuando era joven, no desaprovechó.

Durante el mes siguiente, durante muchos días se vieron, cenaron juntos, durmieron juntos. Se amaban profundamente y también apasionadamente, pero de forma distinta a cuando eran jóvenes. Ni mejor ni peor que entonces. Diferente. Ahora hacer el amor era hacer el amor, en el sentido más profundo de lo que significan las palabras. El placer vital de hacer el amor con la persona a quien amas.

Abraham J. Steinberg nunca supo qué hizo Agnès durante aquel mes. Nunca le preguntó. Ella le había dicho que no tenía hijos. Tenía dos hermanos que le presentó. Finalmente, un día le explicó que había intentado en tres ocasiones iniciar una relación de pareja, incluso el matrimonio que le explicó en París, pero que nunca se había podido sacar de la cabeza lo que había vivido con él.

Abraham no sabía si la última relación había acabado o si ella se había acomodado y ahora la estaba rompiendo para irse con él a la Provenza. No le parecía que Agnès fuera una persona capaz de mantener una relación por el solo hecho de mantenerla. Pero… la vida da para mucho y las personas son complejas. Le daba igual. A él no le importaba.

A principios del mes de junio se instalaron en la Provenza…

Al cabo de pocos años, Abraham J. Steinberg moriría por última vez y definitivamente en la Provenza, acompañado por Agnès y algunos personajes de vidas anteriores.

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5 comentarios sobre “MUNDOS SUPERPUESTOS (6). REENCUENTROS

  1. Josep Maria,
    m’he quedat sense gaires paraules. Únicament em venen al cap i al cor: Pau, Bondat, Serenor, Bellesa, … que per a mi concentren l’essència de la Vida.

  2. Per suposat, Josep Maria: felicitats pel teu escrit i moltes gràcies per compartir-lo!

    1. josepmariavia dice:

      Moltes gràcies a tu Guillermo, lector fidel. Deixar-te a tu sense gaires paraules és tota una lloança!
      Escriure em fa feliç. Però m’agrada provocar sensacions, millor positives si pot ser, als lectors!

  3. Josep Maria,
    No crec que la vida sigui “un camí solitari”, més aviat es una opció personal. Encara que en ocasions per estar bé amb un mateix, has que passar moments de solitud.Es l´única manera de derrocar els murs de la por, aquests que ens separen dels veritables sentiments.
    Hem de voler, no necessitar.
    Ara l´Abraham estava preparat per estimar.
    Bé, final feliç

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies Silvia pel comentari. Arribes sol al món, marxes sol i mai ningú pot prendre cap decisió en el teu lloc. Com a molt, que segons com no és poc, et poden fer costat.
      Ah¡¡ No ha acabat la història. Se’n van a viure a la Provença…

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