2011_11_4_PHOTOGALLERY-e19ea37f736a3ad984c43ed7085ff5ac-1320423115-57[1]Hace unos días una persona del sector público me preguntaba sobre mi visión de la Administración. La pregunta llevaba implícita la referencia comparativa con mi experiencia de hace años en este sector.

Lo que espontáneamente se me ocurrió son diferencias en cuanto a la capacidad técnica, diferencias relativas a la forma de ejercer (o no ejercer) el poder y diferencias también en cuanto al coraje para afrontar situaciones difíciles. Situaciones que en cierto modo provocan respeto.

Cuando hablo de capacidad técnica no me refiero al conjunto de conocimiento adquirido. El hecho de acumular conocimiento, si no se acompaña de capacidad de ejecución, creatividad e imaginación a la hora de aplicarlo, añade poco valor. Hay que decir también que la capacidad ejecutiva depende asimismo de las posibilidades que ofrezca la organización en la que se han de aplicar.

En Cataluña, en este sentido,  nuestros funcionarios y los políticos se mueven en un contexto capado y crecientemente castrante: el de la administración catalana -copia pésima del anacrónico modelo español de administración- y el de los partidos e instituciones políticas. La mayor parte de los partidos políticos se caracterizan por la falta de democracia en su funcionamiento (incluso en  Podemos sorprende el tipo de liderazgo que, visto desde lejos, destila tonalidades sutiles de liderazgo autoritario) y las instituciones parecen estar dirigidas subrepticiamente por las élites funcionariales que suplantan a los electos y a los designados por éstos para puestos de responsabilidad política.

La crisis ha hecho daño en el bolsillo de la gente y aún más en el alma de las personas. La gestión de la crisis, más allá de la económica y la política, debería haber sido una gestión emocional. Decidir pensando en clave de ser humano. A la tradición de derechas le ha faltado sensibilidad y a la de izquierdas le ha sobrado carga ideológica asistencialista y paternalismo. La manipulación del sufrimiento de las personas para obtener votos no ha faltado en ningún caso y se ha traducido en una hipertrofia de las estructuras administrativas por clientelismo o por paternalismo.

En el post anterior me refería con otras palabras a este fenómeno. Se ha confundido -o se ha provocado la confusión con toda la mala intención-  la responsabilidad pública con el hecho de que la prestación de servicios a las personas se provea desde estructuras montadas de acuerdo con el modelo administrativo. O si se quiere, se ha aprovechado el sufrimiento de la gente para hacer apología de lo que llamo modelo bolivariano, o cubano o, dicho de manera clara, un modelo ridículamente tronado de lo público, que ha demonizado la colaboración con el sector privado.

Esto ha provocado que estructuras administrativas públicas, que fueron concebidas hace años de acuerdo con un modelo burocrático mecánico, tayloriano, rígido, adecuado para afrontar problemas simples, rutinarios y fácilmente estandarizables;  se quieran emplear para articular organizaciones complejas destinadas a afrontar entornos menos previsibles, cambiantes y también complejos. Es el caso de la sanidad.

En este entorno, es difícil aplicar el conocimiento de forma creativa y con imaginación, produciéndose un empobrecimiento en la capacidad de gestión -en este caso de la sanidad- y dificultando  el cumplimiento de los objetivos de salud, de investigación e innovación y los económicos.

El resultado de todo ello es la limitación de la capacidad técnica de las personas que trabajan para el sector público, muchas de ellas bien formadas. El problema es la incapacidad del sector público para adaptarse a aquello que sería óptimo de acuerdo con la respuesta social que se pide, y coherente con el modelo político propuesto por los partidos que apoyan al Govern de la Generalitat. A efectos prácticos el programa político termina no asumiéndose por muchos altos cargos que, a pesar de ser de confianza, de facto van en la dirección contraria a la del modelo sanitario del Govern, atrapados en interpretaciones estrictamente técnicas, tan restrictivas como discutibles, de sus colaboradores.

El segundo aspecto, la forma de ejercer el poder ha cambiado. Y no lo digo en el sentido de cómo debe ser el liderazgo. Acepto los liderazgos compartidos, en red y por supuesto los líderes naturales, que ejercen el liderazgo basado en valores sólidos, con capacidad de escuchar, sensibilidad y alejados del “ordeno y mando”.

En cualquier caso, al frente de cualquier nación es necesario liderazgo político y hoy, con demasiada frecuencia, quienes han sido elegidos para ocupar temporalmente puestos de responsabilidad política se dejan llevar en exceso por la tecnocracia administrativa de silla fija hasta la edad de jubilación. Políticos interinos suplantados por funcionarios con contratos indefinidos y profesionales técnico-políticos, que ni han sido elegidos, ni deben rendir cuentas en primera persona ante la sociedad.

Un caso extremo es el que se da hoy en España, donde un Presidente, que es Registrador de la Propiedad, se ha rodeado de abogados del Estado y de otros funcionarios de cuerpos de élite. Resultado: se tramitan expedientes, se administra el día a día, pero no se toman decisiones políticas.

En algunos Departamentos de la Generalitat, el gobierno está excesivamente condicionado por los servicios jurídicos y se actúa, por miedo, al dictado de interventores, síndicos y otros funcionarios, dejando de lado la aplicación de las políticas comprometidas en los programas electorales con los que se presentaron a las elecciones los partidos que conforman el gobierno. Las leyes, lejos de estar al servicio y ser la consecuencia de la voluntad política, de la gran política en mayúsculas, son las que acaban dictando las políticas. La gran Policy, da lugar a una politics o politiquería atemorizada y de baja estofa.

La necesidad de controlar el déficit público y la corrupción paralizan a determinados políticos faltos de coraje,  que ante la necesidad de priorizar unos recursos escasos, lejos de afrontar abiertamente el problema y explicar la realidad a los ciudadanos, dejan las decisiones presupuestarias y de inversión en manos de funcionarios que les indican qué tienen que hacer. Especialistas en opositar que les estrechan  cada día más el camino, con interpretaciones restrictivas de la normativa, en un entorno tan judicializado por los casos de corrupción que facilita que los políticos “asustadizos” intenten salir airosos sin mojarse.

No hace mucho, estaba una tarde en el despacho de un consejero que tenía sobre la mesa un montón de portafirmas por cumplimentar. ¡Me mostró cómo muchos de los documentos llevaban notas escritas por funcionarios y juristas, sobre los riesgos en los que podía incurrir en caso de firmar el documento! Un caso claro de promoción de la parálisis por el análisis o simplemente… por la incompetencia.

Esto ha cambiado mucho comparándolo con los años en los que ocupé despachos oficiales. Escuchábamos a los técnicos, pero decidíamos con criterio propio. Personalmente, me alejaba de los juristas con vocación de estrechar mi campo de acción para acercarme a los que, dentro de la legalidad, hacían posible que la política del gobierno del  que formaba parte, prosperara.

La tercera diferencia, estrechamente ligada a la segunda, es la falta de coraje para adoptar decisiones difíciles. El Presidente Artur Mas, en la conferencia que pronunció el pasado día 25 de noviembre, lo explicó muy bien cuando dijo que tener miedo es normal, pero que el miedo se debe combatir con coraje.

No cabe duda de que el hecho de disponer de convicciones profundas y estar comprometido con materializarlas proporciona coraje y valentía para ser tenaz y mantener líneas de conducta coherentes. Me apresuro a decir que la valentía -que en el fondo es una característica psicológica que se tiene o no se tiene- es una virtud si se pone al servicio del prójimo o del bien común. Entre las SS había muchos valientes y en cualquier grupo terrorista también. Me refiero a la valentía ligada al altruismo, no al egoísmo. Al dominio del miedo como virtud.

Cuando el miedo atenaza a los políticos, estos ceden el espacio de poder y se transforman en figurantes patéticos. Y este espacio, nunca queda vacío. Alguien lo ocupa, en este caso las élites funcionariales mencionadas. La “guerra de fondo”, ya sea en Bruselas, Londres, París o en Barcelona, se da entre los poderes económicos y los funcionarios de élite, desde los “eurócratas” hasta los secretarios municipales, quedando los políticos miedosos atrapados entre los intereses de todos estos actores no electos.

La regeneración de la política, en profundidad, es necesaria. Y no sólo por los problemas de corrupción y degradación de la calidad democrática. También por la necesidad de poner el establishment tecnocrático en su sitio y recuperar el coraje político. La Administración debe ser gestionada y dirigida por el poder político en lugar de transformar a éste en un teatro de marionetas.

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4 comentarios sobre “LOS FUNCIONARIOS, LOS POLÍTICOS Y LOS TEATROS DE MARIONETAS

  1. Molt bo. He tornat a veure per uns instants el “sí ministre”…

    1. josepmariavia dice:

      És que malauradament és bastant així. Amb la diferència que l’Administració britànica és molt més moderna i facilitadora del desenvolupament de la capacitat professional dels “Civil Servants”

  2. Molt d’acord amb el contingut i el to. Però penso que no només les administracions, en aquest cas la nostra, està força malament. Podria ser que en els temps actuals no tinguem encara la visió que hauríem de tenir per ser capaços d’aportar noves idees per a noves formes d’organitzar-se i de governar.
    Felicitats Josep maría

    1. josepmariavia dice:

      Tens tota la raó Jaume. La necessitat de canvi va més enllà. Es parla de necessitat de regenerar la política. Jo diría de regenerar l’organització social. En aquest cas m’he centrat expressament en funcionaris i polítics

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