RAFEL NADAL
Font: Cultura Rafael Nadal retratos amigos
© Agust Carbonell

Como en otras ocasiones, estando a punto de escribir sobre un tema, un imprevisto me hace cambiar un poco -solo será un poco- el guión.

Un buen amigo mexicano, judío, me acaba de enviar una entrevista que se publicó ayer en “El País Semanal”, con otro judío, argentino de origen ruso, que, por lo que veo, tiene nacionalidad israelí, palestina y española, además de la argentina. Se trata del gran músico Daniel Baremboim.

Es una entrevista muy interesante, larga y con contenido. Lo más desafortunado de todo, a mi modo de ver, es el título: “En España quedan aún muchos franquistas”. No porque piense que no refleja la realidad. Yo también opino que en España hay demasiados franquistas. Franquistas camuflados y muy camuflados en algunos casos, franquistas 2.0, pero franquistas en definitiva. Demasiados. Demasiados, de derechas y de izquierdas y en todas, todas, sin excepción, las instituciones del Estado. El título me parece desafortunado porque de 88 párrafos que tiene la entrevista en los que trata temas varios y muy interesantes, solo cuatro abordan -y en parte- el tema del franquismo en la España actual. Un ejemplo paradigmático de periodismo distorsionador y engañoso.

Me he referido en diferentes ocasiones a que el régimen del 78 -parte esencial del cual son todos los grandes grupos mediáticos españoles, sin excepción, también PRISA, editora de “El País”– está tan profundamente arraigado al franquismo, que el pretendido carácter democrático de España, aunque formalmente es un hecho aceptado, realmente no lo es. Cuando has conseguido -aunque sea como “la eterna oveja negra”-, ser admitido en la UE, que te incluyan en el club del Euro, en la OTAN y en otros clubes “acreditados”, mientras se mantengan las formas, tus socios mirarán hacia otro lado. Ahora bien, cuando los hechos, te delaten como Estado democrático de conveniencia, pero sin vocación real de vivir en un régimen de libertades, te pedirán que al menos guardes las formas, un mínimo decoro. Por este motivo, me puedo llegar a creer que Angela Merkel, el día 1 de octubre de 2017 llamara a Mariano Rajoy diciéndole que parara la brutal violencia policial, inadmisible en una sociedad democrática por feroz, desproporcionada y perpetrada desde el odio (no olvidemos el “a por ellos”).

¡Aunque era en el dominical y no en el cuerpo del periódico, aunque se trata de “El País“, aunque poner este titular es incluso engañoso -como he dicho, la entrevista no va de eso- no he podido evitar que se me escapara una sonrisa viendo cómo este periódico, pieza destacada de un régimen, el del 78, blanqueador del franquismo, reconoce, recogiendo la opinión del entrevistado, que este es un país muy franquista! ¡A lo mejor el dominical no pasa por “la censura”!

Bueno, tenía pendiente hablar de las lecturas de verano y para ello he elegido el libro de Rafel Nadal “Cuando éramos felices”. He decidido comenzar por su primer libro y ya os adelanto que leeré los posteriores.

No conozco a Rafel Nadal. Diría que me fijé en él cuando era director de “El Periódico”. Pero sin más. Me he ido formando una opinión a base de escucharlo como tertuliano. Ya sabéis que opino que la fórmula tertuliano, entendida como que, si no cualquiera, casi, se atreva hablar de lo que sea, con independencia de su conocimiento, me supera. Nunca he oído a un tertuliano decir al conductor de la tertulia, “ya me perdonará que no opine de este tema, porque lo desconozco del todo” -probablemente alguien lo ha dicho y yo no lo he escuchado-; sin embargo, hay unos pocos que me merecen respeto respeto y me aportan y Rafel Nadal es uno de ellos.

Quien lo conozca bien, quizás me podrá corregir, pero de entrada, su presencia, su mirada, su voz pausada y agradable ayudan a añadir valor a sus opiniones elaboradas y ponderadas.

De mi primera lectura de un libro suyo -sé que voy tarde, “Cuando éramos felices” es de 2012 y tiene unos cuantos libros más- me ha gustado la prosa llana, directa y -positivamente- sencilla, su valentía en la medida que el libro, no solo está centrado en su vida y la de su familia y entorno, sino que no escatima en compartir “intimidades”, ni esquiva temas difíciles, como el de los “fámulos de El Collell”, con valentía y con -me ha parecido- sinceridad. Y me ha gustado la ternura que desprende en muchos pasajes de la obra, tal vez el envejecimiento la incrementa, ligada a la comprensión emotiva de posturas exhibidas de joven, por ejemplo de enfrentamiento con unos padres, que ahora ve con una mezcla de autoindulgencia -¿qué queréis? ¡Cuando eres joven eres joven y toca rebelarse contra los padres! – y un “qué bestias que fuimos a veces con nuestros padres”.

El hecho de que la obra trate sobre su familia, me ha llevado de forma espontánea a recordar que, no la conozco directamente, pero hay tres personas apreciadas y queridas, personas amigas y muy cercanas las tres, directamente relacionadas con la familia Nadal Farreras. Tanto que una forma parte de la familia y otra fue “familia de hecho” durante un tiempo.

Tengo también un muy buen amigo que conoció a algunos Nadal -no sé exactamente a cuáles- en el internado emblemático y exclusivo -si nos situamos en el contexto triste y gris del franquismo de El Collell, situado en Sant Ferriol, a medio camino entre el Pla de l’Estany y la Garrotxa. En sus inicios un santuario cuyos orígenes se sitúan en épocas medievales, que acogió a escolares en régimen de internado entre 1939 y 1998. La mayoría de la provincia de Girona, pero los había de todo Cataluña.

Para completar mi conocimiento de la familia Nadal Farreras, recuerdo una anécdota personal. Yo acompañaba al conseller de Sanidad Xavier Trias a visitar -ya que estábamos en Girona por temas de Govern y yo era su jefe de gabinete- al alcalde Joaquim Nadal Farreras, hermano mayor de Rafel Nadal. Coincidencias de la vida y como curiosidad, las familias Trias Vidal de Llobatera y Nadal Farreras, estaban formadas por doce hermanos.

Esta visita debió de tener lugar en 1989 o 1990. Quim Nadal no llevaba corbata -un hecho que hoy no llamaría la atención, pero por aquel entonces era más llamativo- y llevaba un “pin” enorme, más que visible, que resaltaba, en la solapa, de Tintín y Milú. La reunión era a primera hora de la tarde, después de comer, y yo me dormí. No sé por qué, pero a pesar de no conocer personalmente a Quim Nadal, no me caía bien. Me parecía excesivamente sarcástico y algo frívolo. Pero no me dormí por eso, ni por “hacerle un feo”. Mi hijo de uno o dos años no nos dejaba dormir mucho por la noche y algunos días se hacían largos y pesados, ​​y costaba pasarlos estando lo suficientemente “despierto”. Cuando desperté en el despacho del alcalde, la reunión ya terminaba y Quim Nadal, combinando en este caso el sarcasmo con un punto de mala leche, dijo dirigiéndose a Trias: “A este chico le ha debido parecer muy aburrida la conversación”. Le contesté que de la conversación no podía decir nada porque no lo había vivido conscientemente y que todo era más sencillo: un hijo de tan mal dormir como yo mismo a su edad, que a los padres nos tenía tan agotados como yo debía tener a los míos en su momento. El Dr. Xavier Trias, pediatra, me hizo una recomendación profesional -en confianza- que consistía en unas gotas de uso pediátrico que, como efecto colateral y no buscado, inducían el sueño. Él lo había probado con éxito con algún hijo suyo, le hice caso y se acabaron las noches en blanco. ¡La visita al alcalde Nadal, al menos tuvo un efecto beneficioso!

Dejando de lado el hecho de que Quim Nadal durante años -desde antes de dormirme en su despacho- no me cayera muy bien -esto cambió en el final de su vida política- la poca gente, de Girona la mayoría, que me ha hablado de la familia Nadal, exceptuando a los familiares directos o postizos, o no han dicho nada, cambiando de cara y no pudiendo evitar una expresión negativa o no me han hablado muy bien. Siempre pensé, sin embargo, que en muchos de estos casos había una dosis de envidia considerable, idea que he reforzado leyendo la descripción que hace Rafel Nadal de su familia en el libro. Explica muchas dificultades propias de familias con doce hijos en los años 60-70. Incluso propias de familias acomodadas. Pero también explica muchas cosas que pocas familias de doce hijos podían permitirse en aquella época que, estoy seguro, por un lado han puesto los dientes largos a muchos y por otro, han propiciado la crítica fácil que se hace a “la izquierda caviar”, entendiendo esta frase no necesariamente, en sentido literal con respecto al caviar, pero sí como suficientemente explícita de un tipo de crítica muy concreto a la gente de izquierdas acomodada.

Pero el libro me ha hecho disfrutar porque me ha desvelado muchos recuerdos y me ha hecho revivir muchas, pero muchas, experiencias personales de los tiempos grises del franquismo V.O. (diferentes a pesar de todo de los del actual franquismo 2.0 del régimen del 78). Y es que, al menos desde el recuerdo convenientemente pasado por la limpieza de la memoria selectiva- comparto el sentido que adquiere la idea de “ser felices” en aquella época. Yo también viví esa felicidad. Comparado con ahora no teníamos nada material -ni siquiera una democracia cosmética- pero teníamos otras cosas que nos conectaban con lo más auténtico de la naturaleza humana.

Rafel Nadal y yo somos coetáneos. Él nació en 1954 y yo en 1958 y no recuerdo, de todo lo que describe y explica, ninguna diferencia que me haga notar estos cuatro años que nos llevamos. Eso sí, él es de Girona y yo de “Can Fanga” y durante años uno de los clásicos veraneantes, “tocapelotas”, de Barcelona en la Costa Brava. No muy lejos de la Fosca, refugio veraniego de la tribu Nadal.

Alguien me ha dicho que a medida que ha ido escribiendo, Rafel Nadal ha mejorado mucho su calidad literaria. Quien me lo decía suscitaba uno de los clásicos debates sobre la escritura del periodista y la literatura. En cualquier caso, este primer libro de Nadal de 2012, ganó el Premio Josep Pla de aquel año.

En el capítulo del libro titulado “Mapas mudos”, Rafel Nadal nos explica:

“Yo había empezado a escribir poemas de una enorme profundidad:

El ciprés se alza alegre.

Y hiere el manto azul…

Supongo que por influencia del ‘Ciprés de Silos’, de Gerardo Diego, que es lo que leía en aquella época. Mi esfuerzo literario debía de llamar la atención del padre Reixach, que me apuntó al concurso de redacción de la Coca-Cola (…)”.

Yo también participé -y gané- en el concurso de redacción de la Coca-Cola. Para mi sorpresa, fui superando fases, hasta la final. Al contrario que Rafel Nadal, no recuerdo en absoluto sobre qué escribí. Tendría once o doce años más o menos. Pero fue un evento maravilloso en aquella etapa de niño y nunca más lo había recordado, hasta que Nadal, supongo que tan amante de las letras como yo mismo -sin quererme comparar con alguien de su trayectoria, yo que no voy más allá de este blog- me la ha hecho revivir. He dicho revivir, que es diferente que recordar. Como me ha hecho revivir la nevada de la Navidad de 1962.

Yo entonces vivía en un pueblo relativamente alejado de Barcelona, ​​mi pueblo, Sant Cugat del Vallès. El pueblo quedó aislado. Solo hace falta decir que las únicas carreteras que había para ir a Barcelona eran las del Tibidabo, la Arrabassada y la de Vallvidrera. No recuerdo si “los catalanes” -hoy Ferrocarriles de la Generalitat- funcionaban. Pero lo dudo…

Cuando a los trece años fui a la escuela Santa Isabel de Sarrià, los compañeros barceloneses me contaban una historia que, hablando de la nevada de la Navidad del 62, se ha convertido en un clásico: la bajada esquiando desde la parte más alta de la calle Balmes hasta abajo del todo.

Rafel Nadal nos cuenta cómo lo vivió en Girona:

“La Navidad del 62 nevó. Debió de empezar a medianoche, porque cuando salimos de misa del gallo en Sant Feliu ya había cuajado. Caminamos con nuestros padres y nuestros hermanos entre los muros y los contrafuertes nevados del Barri Vell de Girona y, bajando la calle del Llop, íbamos dejando un rastro de huellas sobre la nieve virgen (…)”.

Mi recuerdo, el del niño de cuatro años que era yo entonces, es una mezcla de sorpresa y emoción por ver aquel montón de nieve ingente por todas partes que provocaba un reflejo de luz bajo el gris plomo del cielo, y el recuerdo de, más que la preocupación, la obsesión de mi familia, en especial de mi madre, por llevar a cabo una misión imposible. En casa había dos azoteas, una de ellas bastante grande y la otra tampoco estaba nada mal. Planas como eran y haciendo la función de techo de la vivienda en aquellas partes de la casa, estaban todos preocupados de que la acumulación de, tal vez, más de un metro de nieve, que posteriormente se helaría, pudiera provocar grietas o derrumbara el techo de la casa. Mi padre, mi madre y alguien más, no paraban de sacar nieve con la pala, pero a mí me parecía que morirían congelados en el intento y que por más que sacaran, la tormenta era tan fuerte que superaba claramente su capacidad de “máquina quitanieves”. ¡Tenían frío y mi madre -que nunca ha tomado alcohol- iba bebiendo brandy -para cocinar tenían alguna “bomba” tipo Soberano o Veterano o Terry- hasta alcanzar un estado de alegría que yo no acababa de entender!

Pero como no se trata de reproducir la infinidad de hechos explicados por Rafel Nadal que me han provocado la sensación de revivir mi propia vida -no comentaré “la foto del Domingo de Ramos”, el “día de la palma”, porque era como si me viera dentro-, quiero terminar con un par de ellos, que tienen en común cómo de diferentes se pueden ver las cosas cuando vas envejeciendo.

“(…) Todo esto era cuando yo ya iba al instituto y ya había dicho a mis padres que no iba a misa y que no pensaba volver a ir. Era la época que nos decíamos unos hermanos a otros que mi madre era moderna y que lo entendía perfectamente. Y ahora, después de leer el diario del viaje a Roma (de mi madre), me pregunto si, en caso de que fuera creyente, yo habría sobrevivido a doce hijos medio descreídos y en riesgo evidente de verse arrastrados al castigo eterno. Y me pregunto si habría sido capaz de dar plena libertad de elección a mis hijos y si me habría guardado para mí solo la tristeza de pensar que podían condenarse. Y me parece que es mejor no seguir haciendo preguntas, porque me temo que, si yo creyera de una manera ortodoxa como creen mis padres, no habría dado nunca a mis hijos la libertad y el respeto que ellos nos han dado”.

Se me humedecen los ojos, por efecto empático, cuando leo estas palabras, siempre tardías -la historia padres-hijos es así- de reconocimiento a los que más nos han querido. A Rafel Nadal también se le humedecieron los ojos, cuando presentó el libro, según explica el “Diari de Girona”.

“Rafel Nadal convirtió ayer la presentación de su libro ‘Cuando éramos felices’ (Destino) en un sentido homenaje a sus padres, Manel y Montserrat, presentes en el acto, y con los ojos llorosos y la voz temblorosa se dirigió el centenar de personas que llenaban la sala para admitir, en un tono compungido, que ‘cuando militamos en la política durante la transición, los tratamos con arrogancia’, dijo, utilizando la primera persona del plural, para meter en el sujeto también a sus hermanos, también presentes en el acto. Nadal explicó que sus padres pertenecen a la generación de los que sufrieron la guerra y que, después, se sacrificaron a trabajar e incluso se quitaron el pan de la boca para pagar estudios a los hijos. Unos padres de convicciones profundamente religiosas que pusieron, sin embargo, por delante, la libertad de los hijos. ‘Y luego les quisimos explicar con arrogancia cómo se tenían que hacer las cosas’, dijo afligido el periodista y escritor, en un episodio altamente emotivo”.

Nada que añadir, lo habría podido decir tal cual yo mismo…

Y acabo con la dimensión -así la llamó yo- espiritual, en este caso de un viejo militante de izquierdas, no creyente de manera ortodoxa al menos, como diría -impresión mía- endulzado por el paso de los años…

“(…) Ya habíamos empezado a hacer política y para nosotros era más importante convertir en un acto de protesta el hecho de dejar de ir a la iglesia que el simple hecho de ahorrarnos la misa.

Pero se ve que con los años me había acostumbrado a esa hora semanal de recogimiento para hacer examen de conciencia y propósito de enmienda; quiero decir que aprovechaba para pensar en mis cosas y poner orden a mis pensamientos. Ahora, de mayor, echo de menos aquella hora semanal en la que me enfrentaba a mí mismo y a mis fantasmas y, a veces, busco alguna excusa para acompañar a mis padres a misa, sobre todo en Navidad, o simplemente entro en Santa María del Mar, en Barcelona, ​​o a cualquier iglesia y me siento un rato y me reconforta”.

Hacer examen de conciencia y propósito de enmienda, ordenar los pensamientos, tener la valentía de enfrentarse a uno mismo… Belleza de la condición humana tan y tan limitada.

¡Mis posts son demasiado largos y creo que con este estoy batiendo el récord! Así que, muy a pesar mío, obviaré tratar el tema de los “fámulos de El Collell”. A riesgo de provocar controversia, diré que me parece que Nadal lo trata de forma exquisita y terriblemente sincera. Nada más.

Os recomiendo la lectura del libro. Un libro que quedará, en mi caso, para el recuerdo del extraño verano de 2020.

Hace cinco minutos, mientras escribía, un buen amigo que vivió muchos años de infancia y juventud en Girona y al que le recomendé el libro me ha enviado un mensaje que dice:

“He empezado el libro de Rafel Nadal. Es cojonudo. ¡Qué recuerdos! ¡¡¡Muchas gracias, Josep Ma!!!”.

¡¡¡Final de verano 2020!!!

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