Henry D. Thoreau

Henry D. Thoreau

El pasado día 8 escribía sobre la falta de referentes que parece tener mucha gente en nuestro mundo y la necesidad de intentar ser lo más coherente posible con un sistema de valores propio. Llámenle si quieren, necesidad de tener una “filosofía personal”.

Hablaba de cómo el vacío y la necesidad de no parar (“estoy muy ocupado, no puedo pensar”), para evitar el pánico de confrontarse a uno mismo y encontrar demasiadas cosas desagradables, dominan nuestras vidas. En fin, me refería a cómo podíamos pretender hacer algo por los demás (querer al prójimo es la única cosa que puede dar sentido a una vida), si primero no pensábamos en qué ocurre dentro de cada uno de nosotros. Ser lo suficientemente humildes y valientes para mirarnos en el espejo antes de criticar a nadie y quejarnos de que el mundo en el que vivimos es un… ¡asco! En el último post me refería a cómo las redes sociales, a partir de la idea que intento sintetizar en este resumen, podían convertirse en armas de destrucción tanto masiva como injusta y de contribuir a que este mundo, pueda parecer realmente un asco. Aunque por más que insistan (los de ciertas redes sociales y tutti quanti), ¡me niego a aceptar que lo es!

Esta falta de referentes propios -a menudo fruto de la comodidad de no tener que pasar mucho tiempo buscándolos-, nos lleva a reivindicar liderazgos ejemplares que nos guíen por el buen camino: políticos, religiosos, sociales, empresariales… Y nos decepcionamos cuando no los terminamos de encontrar, si es que no hacemos uso perverso de las carencias de los líderes públicos para disparar “tiro al blanco” y poder seguir quejándonos sin revisar las propias conductas, actitudes y valores.

Estos líderes o supuestos líderes, cuando eligieron carrera universitaria, debían razonar en términos parecidos a los de la mayoría. ¿Qué esperaban de la formación? ¿Adquirir conocimientos? ¿Mejorar su formación como personas? ¿Las dos cosas? ¿Ninguna de las dos? Seguramente alguien estará tentado en responder (pensando en nuestros líderes) que “ninguna de las dos, son unos sinvergüenzas”. A todo el mundo que conteste eso le pregunto: “¿Y tú?” ¿Qué te movió a elegir carrera? ¿Te importaba conocer mejor lo que se esconde en lo más profundo de ti mismo? ¿O pensabas sólo en adquirir conocimientos y competencias?”. Vaya por delante que no pretendo juzgar. Pretendo -pecador como soy que continúa esforzándose por mejorar- hacer pensar.

Hay quien opina que el estudio de la filosofía -y de las humanidades en general- es una pérdida de tiempo. Esta sociedad utilitarista en la que cuenta más el “tener” que el “ser”, nos enseña que para ganarnos la vida es mejor estudiar management o Derecho (¡Medicina ya hace tiempo que no!) que Filosofía, Historia o Arte. Preguntarse: ¿Quién soy en realidad? ¿Qué hago aquí? ¿En qué consiste la vida? ¿Qué es el bien? ¿Existe Dios? ¿Cómo tengo que interpretar el sentido de la muerte?… ¿no es un pérdida de tiempo estéril? ¿Lo es?

Daniel Gamper (profesor de Filosofía en la UAB) mientras afirmaba en un artículo cosas tan relevantes como que “la finalidad de la filosofía radica en sí misma, y en esto se parece al amor. Si alguien está enamorado, no le preguntamos para qué le sirve…“, decía de pasada para los utilitaristas que “los licenciados en Filosofía no tienen un índice de paro superior al de otros estudios. Suelen encontrar trabajo“, decía, “quizás debido a la particular flexibilidad intelectual que adquieren en contacto con los textos y problemas filosóficos”.

Más allá del sentido práctico -mal entendido-, me referiré a la magnífica conferencia que pronunció Xavier Antich en ESADE, en mayo del año pasado. Se titulaba “¿Por qué necesitamos las humanidades? Convivir con los clásicos para vivir el presente”. Él es filósofo y profesor titular de Historia de las ideas estéticas en la Universidad de Girona. En la conferencia explicaba con pasión y entusiasmo, cómo al compartir con sus estudiantes la grandeza, la belleza, la sensibilidad, el desafío intelectual que contienen las obras de Platón o Kant, Rembrandt, Velázquez o Tàpies, Bach, Mozart o Shakespeare… sentía que éstas provocan una fascinación y un impacto en los jóvenes que en muchos casos se ha mantenido intacto durante años. Dice Antich no dudar de que “el contacto con estos testimonios de nuestra tradición cultural, descomunales por su perfección, es útil en la formación de los jóvenes“. Y añade que “son imprescindibles para los adultos y los profesionales competentes en cualquier ámbito como herramientas en el camino -al que todos aspiramos- hacia una vida plena, intensa y realmente madura, es decir, profundamente autoconsciente y crítica… Tenemos a nuestra disposición un inmenso caudal de riqueza capaz de hacernos mejores y hacer mejor, también el mundo que habitamos con los demás“.

En fin, nos recuerda Antich cómo Martha C. Nussbaum (Universidad de Chicago), afirma que “la urgencia por la rentabilidad en el mercado global” nos lleva al “riesgo de perder ciertos valores de importancia enorme para el futuro de la democracia“. Valores que las humanidades en general nos ayudan a actualizar y que acaban siendo decisivos para hacerse una idea ponderada y crítica sobre temas tan diversos como la justicia social o un determinado modelo económico.

El arte, la filosofía, la teología… las humanidades, nos ayudan a conectar con nosotros mismos, a desarrollar nuestro mundo interior, nuestro pensamiento crítico, la capacidad de evaluar ponderadamente… Y como dice Antich citando a Nussbaum, los valores derivados de una formación que integre estos aspectos “son esenciales para la formación y el desarrollo de una ciudadanía auténticamente democrática, respetuosa con la diversidad y capaz de orientarse en la complejidad cambiante de nuestro vertiginoso mundo global“.

La conferencia de Antich fue pronunciada en el marco del taller de humanidades de la Cátedra de Liderazgos y Gobernanza Democrática de ESADE: ¡humanidades/gobernanza democrática/escuela de management!

El admirado amigo Ángel Castiñeira es el director de esta cátedra y no hace mucho señalaba citando el Aspen Institute que “el líder del futuro deberá conocer tan bien su trabajo como a él mismo. No te extrañe, por tanto, que te formule esta pregunta: ¿te conoces bien? ¿Cuáles son tus propósitos? El liderazgo es fundamentalmente una cuestión de cómo ser, y no sólo de cómo hacer. ¿Conoces tu condición interior, o temerás explorar tu estado interior y sus fantasmas?“.

¿Nuestros líderes tienen incorporado en su bagaje el conocimiento de su alma y de sus miedos y fantasmas? ¿Lo tenemos nosotros? ¿No vale la pena pensar críticamente antes de criticar? ¡Ya no digo insultar, vejar o maltratar públicamente!

Como decía Henry David Thoreau, filósofo americano del siglo XIX: “Ser filósofo no consiste en el mero hecho de formular pensamientos sutiles, ni siquiera fundar una escuela… Consiste en resolver algunos de los problemas de la vida, no en el ámbito teórico, sino en el práctico.

El falso dilema de la medicina humanista y la medicina científica, real pero a la vez innecesario ya que no son mutuamente excluyentes, me hace pensar en la frase del Dr. Rozman: “Para ser un buen médico hay que ser una buena persona“. Para ser un buen político, un buen empresario, un buen trabajador, un buen sindicalista, un buen periodista, un buen ciudadano… también.

En este mundo ruidoso y alocado, la filosofía, la teología, el arte, las humanidades… no son materias sobrantes. Al contrario, son muy necesarias. Dedicarle tiempo no es perderlo. Es una apuesta para intentar contribuir a que nuestro mundo no dé “tanto asco”. Que, insisto, ¡no da tanto!

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