CADÁVER DE VICTÒRIA BERTRAN
Fuente Elperiodico.com

Debo decir que creo que fue en el 2008, a pesar de que esté convencido que fue, precisamente, en el año 2008. La memoria… A lo largo de mi vida, he cometido el error de no tomar suficientes notas, especialmente en ciertos momentos. De todos modos, tenía que ser en el 2008. Diría que septiembre de 2008. Nuestro hombre me citó en la terraza del Sandor, en la Plaza Francesc Macià de Barcelona. No hacía demasiado calor, era última hora de la tarde y brillaba el sol. Sí, estoy casi seguro de que el primer encuentro con él se produjo en septiembre de 2008. Por mi trayectoria -y por la suya- habría podido producirse perfectamente muchos años antes. Es posible, incluso, que coincidiéramos en alguna recepción o acto de estos en los que todo el mundo se siente orgullo de estar y de poder fardar de que ha estado allí.

El tipo me había estado llamando insistentemente, proponiéndome escribir un libro sobre la sanidad catalana que formaría parte de una colección del tipo current affairs. En ese momento no tenía ningún interés en escribir sobre sanidad. La sanidad, la medicina, mi profesión, formaban parte de un pasado del que quería desconectar. Tenía ganas de enfocar mi vida de forma diferente y… ¡simplemente vivir! Por aquel entonces, cuando me preguntaban por cómo había sido mi vida, yo respondía: “No he vivido, solo he trabajado”. Y era verdad. Como verdad era que la mayor parte de este trabajo se había desarrollado en el ámbito sanitario.

No sé muy bien por qué accedí a verme con el personaje. Alguien conocido y, para mí, rodeado de un pasado oscuro, muy poco claro, nada transparente. O demasiado, en determinados momentos… A estas alturas, ya sé lo que entonces no sabía. Era un loco, muy, muy loco, inteligente y perverso. Muy inteligente y muy perverso. En ese momento, su interés por la sanidad no era especialmente significativo. Al cabo de los años sí lo sería y él acabaría siendo uno de los que, en un momento muy específico, en una coyuntura muy difícil, la de los recortes de los presupuestos públicos de la Generalitat, acabaría atacando de forma enfermiza y furibunda el modelo sanitario catalán. Que fue modelo, y buen modelo, a pesar de los destrozos perpetrados por un curioso grupo heterogéneo de, entre otros colectivos, periodistas, políticos y sindicalistas, muchos de ellos con intereses contrapuestos, pero unidos en ese momento para hacer posible lo que uno de ellos, el entonces director de la Oficina Antifrau de Catalunya, Daniel de Alfonso, dijo al ministro Fernández Díaz en plena polémica de las cloacas del Estado: “Les hemos destrozado el sistema sanitario”.

El individuo tenía un aspecto desagradable. No muy alto, gordo, barrigón, con una papada que, a pesar de la grasa, no se escapaba de los colgajos bajo los pelos de una barba gris blanquecina. Tenía un aspecto que resultaba inquietante. La mirada era de loco. Sus esfuerzos por parecer amable y cordial resultaban poco creíbles, demasiado forzados. Saltaba a la vista que era un ogro huraño, rabioso, rencoroso, despiadado, y no le resultaba fácil disimularlo ni siquiera un instante, ante un desconocido que hacía una de las cosas que menos soportaba: llevarle la contraria. Él quería que yo escribiera un libro y yo me negaba. No pudo evitar hacerme preguntas tendenciosas sobre el presidente Pujol. Me sorprendió. Intuí que pretendía ver cuál era mi punto de vista sobre Pujol. Tampoco satisfice su curiosidad en este aspecto. Mi respuesta, “tú lo has tratado personalmente, ¿no?”, no le gustó nada. Al principio de su carrera y al final de la misma, en los años anteriores a su muerte, intentó “matar” a Pujol.

Mientras hablábamos, se zampó dos bocadillos considerables -el Sandor no es un bar de carretera, y los bocadillos grandes son los propios de la Barcelona refinada, pero en cualquier caso…- a una velocidad que me sorprendió. Masticaba rápido y, a la vez, hablaba rápido. Devoraba y atropellaba las palabras. Por un momento perdí el hilo. Tanto me sorprendió su voracidad enfermiza que dejé de estar concentrado en lo que me decía. Mientras el tipo engullía y hablaba, yo iba pensando: “Lo que más me gusta es escribir, me están ofreciendo publicar un libro y estoy diciendo que no”. Algo no encajaba.

En la primera página de la introducción de mi libro, (página 21 de La sanidad catalana desde otra perspectiva: la salud y la felicidad de las personas) me aproximo al porqué acabé aceptando el encargo de aquel ser – imagino que a pesar de todo- “humano”. Escribí:

“Me propusieron escribir este libro en uno de esos momentos en los que cuesta mantener la confianza en el hecho de que la humanidad sigue mejorando. Sé que los tiempos que estamos viviendo pueden parecer un poco oscuros. Pero, de hecho, solo son una pequeña piedra en el camino para continuar mejorando. Tengo fe en las personas. Esto no quita, sin embargo, que vivimos inmersos en una cierta confusión. En mi caso, siento que están en una crisis profunda muchos de mis valores de referencia.

En este contexto, resulta difícil establecer consensos suficientemente amplios entre lo que es correcto y aceptable y lo que no lo es. Por eso me costaba ponerme a escribir un libro. Supongo que siempre buscamos un cierto consenso en relación a lo que opinamos, decimos, sentimos…

Percibo el entorno como demasiado dominado por la fuerza de un extraño concepto de lo políticamente correcto, cuando no directamente por la falsedad y el cinismo. Finalmente, esto ha hecho que acabara viendo la oferta que se me hacía como una oportunidad de hablar claro. He expresado lo que pienso y lo que siento desde la libertad absoluta. Es lo único que puedo hacer hoy en día. Así se lo transmití a quien me dio la oportunidad de escribir este libro. Le propuse escribir un par de capítulos desde esta perspectiva y que decidiera si quería mantener el encargo”.

Lo mantuvo. Muy pocos años después, no lo habría mantenido. Al final del libro pone: “Escrito en mi pueblo, Sant Cugat del Vallès. Josep M. Via i Redons. Finalizado el martes 24 de marzo de 2009”.

La situación entonces, era la siguiente. Gobernaba el tripartito presidido por Montilla y, a pesar de la crudeza manifiesta de la crisis económica, no detuvieron ni un minuto la máquina productora de déficit público. Los recortes y todo lo que comportaron se lo tuvieron que “comer con patatas” los que vinieron después. El movimiento 15M -con los convencidos de buena fe y los aprovechados de turno- también fue posterior, pero se estaba fraguando. No existía Podemos, pero faltaba poco para que naciera. Los ataques furibundos de la CUP contra el modelo sanitario catalán no eran ni tantos ni tan furibundos. Colau aún era activista y Albano Dante Fachín todavía no había hecho de la crítica a la sanidad catalana su modus vivendi ni su trampolín hacia la política. Todavía no se había peleado con Joan Coscubiela. Ni con Pablo Iglesias. Ni mucho menos había intentado ser candidato al Congreso por Junts per Catalunya. Y quien me hacía el encargo todavía no se había transformado en extraño compañero de batallas de los ahora mencionados y de otros como el citado Daniel de Alfonso y algunos periodistas.

Mi intención no es entrar, ahora y aquí, en un debate técnico y, ni mucho menos, político del verdadero porqué de la decadencia creciente del sistema sanitario catalán y de la destrucción sistemática de los principios y valores que permitieron crear un gran modelo, ahora arruinado y desconocido.

Decía Mercè Rodoreda en el prólogo de Mirall trencat: “Si yo no he sentido nunca ninguna emoción ante una puesta de sol, ¿cómo puedo describir o, mejor dicho, sugerir la magia de una puesta de sol?”. Salvando las enormes diferencias prácticamente parafrasearía diciendo: “Si yo no he sentido nunca ninguna emoción ante una vida humana depravada, dedicada en su último tramo a destrozar el sistema sanitario, ¿cómo puedo describir el dolor que me provoca ver lastimosamente dañado nuestro modelo de atención?”.

¡El personaje en cuestión, hijo de quien hizo de chófer de Josep Pla, solo con 16 años de edad chantajeó al controvertido genio de la literatura catalana! Y esa es la historia que ha sido fuente de inspiración de este post. Decía Rodoreda en el mismo texto citado: “Las calles han sido siempre para mí motivo de inspiración, como alguna parte de una buena película, como un parque en todo el esplendor de la primavera…”.

Lo que me ha inspirado a escribir este post ha sido el libro de Jordi Amat, El hijo del chófer. Me ha inspirado por las emociones negativas que me ha suscitado el recuerdo del personaje -él es el protagonista, el hijo del chófer, a pesar de haberlo ocultado siempre por vergüenza- y la última de sus perversidades destructivas, de las muchas hechas durante una vida estrambótica y delirante.

El mismo personaje que me encargó escribir un libro sobre la sanidad catalana, avalando el contenido del mismo, acaba invirtiendo demagógicamente mis argumentos -basados en datos- para explicar el desmantelamiento del modelo sanitario catalán. Jordi Amat en El hijo del chófer dice:

“(El tipo en cuestión) comienza a contar lo que cree que hay detrás de la operación de desmantelamiento del sistema catalán de salud. El 25 de octubre del 2011 –yo ya era presidente del Parc de Salut Mar de Barcelona– publica ‘La sanidad catalana, privatizada furtivamente’”. Y añade: “En un recorrido por el Baix Llobregat vi de todo: médicos que lloraban de desesperación ante los dramas de los usuarios, familias de origen andaluz que decían que habían tenido que pedir dinero a familiares de su tierra de origen para operar a un abuelo de cataratas, por obligación. Esto es así ahora, incomparablemente peor de como estaba antes”. No hace falta decir que los que, al contrario que él -y todos sus extraños compañeros de batallas “antisistema sanitarias” antes citados- conocemos el sistema, sabemos que esto es falso.

Jordi Amat añade en su libro: “En los artículos (de este individuo) en los el que recoge los datos de muchas fuentes sin especificar su nombre, se genera una sensación de corrupción generalizada y él tiene claro a qué responde. El problema no eran los recortes ni la crisis económica. El problema es el sistema”.

Pasa de atacar el gobierno de Artur Mas -asimilando autonomía de gestión de servicios públicos y venta de activos de entidades sanitarias concertadas a corrupción- a, como señala Jordi Amat en su libro, atacar cada vez más al independentismo, convirtiéndose en una voz aprovechable en el combate contra el soberanismo. Su discurso -sin fuentes conocidas ni pruebas- de corrupción en la sanidad del gobierno independentista de Mas, atrae desde medios como El País o “activistas prepolíticos” como Dante Fachín, a elementos sindicales anarquistas, algunos afiliados a sindicatos profesionales, partidos como la CUP, individuos precursores de Podemos o la Oficina Antifrau de Daniel de Alfonso: “Les hemos destrozado el sistema sanitario” a, atención, medios de la galaxia del unionismo mediático vinculados al socialismo menos catalanista y a Ciudadanos, como La Voz de Barcelona, Catalunya Press y, al cabo de un tiempo, Economía Digital, que acabarán convergiendo en Crónica Global.

Su discurso antiindependentista, llegó a atraer al PP apareciendo en debates en la cadena ultra Intereconomía. No tiene sentido criticar que de joven era comunista de extrema izquierda, en primer lugar porque de joven a viejo se evoluciona de muchas maneras -Josep Piqué puede ser ejemplo de una  determinada- y en segundo lugar y más importante en su caso, porque la única lógica aplicable era la propia de un loco.

El caso es, sin embargo, que este loco y los que acabaron coincidiendo con él, en un entorno de crisis económica y de sufrimiento real de muchas personas y muchas familias como consecuencia de la misma, consiguieron que se asimilara una supuesta privatización inexistente de la sanidad a corrupción, y ningún gobierno, ningún político de ningún partido tuvo la valentía de revertir la “publificación” del sistema sanitario de utilización pública, en la peor de las versiones: la colonización del sistema con el modelo del Institut Català de la Salut (ICS). Un modelo funcionarial, rígido e inadecuado. ¡Como si el carácter público o privado de un sistema sanitario viniera determinado por la naturaleza jurídica de los proveedores del servicio! Los funcionarios de los cuerpos, digamos “de élite” del sistema, como la Intervención General (o como también podrían ser la Sindicatura de Cuentas y el ahora tristemente “famoso” Tribunal de Cuentas) con sus “sugerencias” y/o presiones a los políticos de turno, completaban la pinza del acoquinamiento y la rigidez que han llevado a la involución de lo que fue un buen sistema y que hoy -decisivamente ayudado por la infrafinanciación derivada del déficit fiscal de Cataluña-, cuando los que lo sostuvieron no pueden más, los profesionales, se encuentra en un estado preocupante.

Cuando era presidente del Parc de Salut Mar de Barcelona, nuestro protagonista intentó disimuladamente primero y con amenazas poco después, presionarme con fines inconfesables que no vienen al caso. Todo terminó cuando un sábado me llamó a las 11 de la noche intentándome utilizar como fuente para confirmar un rumor delirante que le había llegado. Con el libro de Jordi Amat he descubierto que, sin saberlo, utilicé la única técnica que funcionaba con este personaje detestable. Reproduzco el fragmento para ilustrar el método:

“Vuelve a la redacción, remata el artículo y no pierde la ocasión de atacar al jefe de sección. ¿Por qué había publicado aquella carta al director en la que se criticaba su artículo? ‘Porque lo habían pactado así’, responde Enric Soria. Era muy sospechoso que no saliera ninguna y habían convenido que con aquella era suficiente. Entonces (el energúmeno) trina. Del ‘traidor’ pasa al ‘hijo de puta’ y el tono progresa en proporción a la ofensa. Hasta que Soria, que ha aprendido a tratarlo, lo insulta con más fuerza. Entonces (el personaje) se amansa como un niño”.

Pues eso. No sabía que se tenía que hacer así, pero lo hice de este modo y nunca más recibí ninguna llamada de nuestro hombre.

El mismo que el 19 de diciembre de 2016 asesinó a su pareja, la Dra. Victoria Bertrán, disparándole un tiro en la cabeza mientras dormía. Lo hace con una escopeta de caza. Hace cincuenta años realizaba prácticas de tiro porque se sentía un revolucionario dispuesto a sacrificarse por el bien de la humanidad. Los vecinos del piso de la calle Fígols de Barcelona escuchan el ruido seco. Redacta unas notas para justificar lo que también fue -no únicamente- la culminación de su machismo y su misoginia, y con la misma escopeta, minutos después de haber asesinado -en palabras de Jordi Amat- a la única persona que había vuelto después de haber huido -como tantas huyeron, o quizás huimos, de su vida- Alfons Quintà se disparó un tiro en la cara suicidándose.

Que Dios le perdone…

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