Veíamos en el post anterior (La identidad española y el patriotismo constitucional (I)), que el unionismo español de base castellana no ha aportado hasta ahora argumentos rigurosos, que permitan a una mayoría de catalanes abrazar un proyecto español común, en el que ser catalán, con todo lo que significa (historia, tradición, cultura, lengua, forma de ser, sentimiento colectivo… y, evidentemente, discriminación fiscal que hay que corregir urgentemente) tenga cabida. ¿Somos separatistas o España está repleta de separadores?

Hay una cosmovisión española incompatible con tener en consideración la posibilidad de que una mayoría de catalanes no quieran seguir formando parte de España. Y como ya he explicado en más de un post, la reacción es autoritaria, vengativa y represiva. Y la Constitución Española es el instrumento esencial que permite reprimir bajo apariencia civilizada y democrática. Los “mentideros de Madrid” no pueden comprender la “insumisión catalana”, ya que incluso desde la perspectiva intelectual más refinada, la que va más allá de reacciones primarias de tipo “patriotismo constitucional”, cuesta ver lo que pasa como algo más que un capricho esencialista o cultural en el sentido más “barretinaire” del término. Sin darse cuenta de que en Cataluña, el problema es que, más allá de lo que cada día se califica más como “poderosos” (políticos, determinados sectores empresariales y parte del sector financiero), el grueso de las clases medias no compran un modelo de patria expoliador, construida a golpe de Constitución. No se puede descartar que, en términos prácticos, la represión, el miedo y la confrontación interna creciente que vivimos en Cataluña, en parte alimentada, como avanzó cínicamente Aznar, desde el centro, lleven a la gente a agachar la cabeza. Pero el “problema catalán”, nunca resuelto desde que Cataluña forma parte de España, persistirá.

Lo cierto es que tenemos una visión del mundo diferente. El proyecto español de matriz castellana continúa articulándose alrededor del deseo de construir una gran capital. Como dice mi amigo Miquel Puig (ver su artículo en el diario “ARA” del 16/03/2013, titulado “El problema es el proyecto”), la capital del mundo hispánico. Puig nos dice: “Las dos estrellas de la política de infraestructuras de los sucesivos gobiernos españoles han sido el AVE y (…) Barajas. La red de AVE debe unir todas las capitales de provincia con Madrid en menos de cuatro horas, pero no unirá Barcelona con Valencia o Bilbao si no es a través de Madrid”. Destaca también la desproporción de Barajas (4 pistas) comparado con Heathrow (2 pistas), pensado como gran plataforma que une Europa con Latinoamérica. Y ninguno de estos dos es un proyecto que pueda aportar un plus de españolidad a los catalanes. Por eso nos tienen que aplicar el correctivo constitucional y todo el orden legal que se deriva.

Pero el problema viene de lejos. Madrid no ha sido el fruto de una tradición cultural o comercial, ni, esencialmente, el resultado de la iniciativa privada de sus ciudadanos comunes y corrientes, que me apresuro a decir que, durante años, han sido más víctimas que beneficiarios de este modelo. La riqueza de la que disfruta hoy Madrid le viene de su condición histórica de corte. “La villa y corte”. Y los responsables de este modelo de desarrollo, no son, como decía, los ciudadanos comunes y corrientes. Han sido las élites que han apostado por la capitalidad como modelo de enriquecimiento, a base de atraer recursos desde la periferia hacia el centro (desde Isabel la Católica con Latinoamérica -antes de que existiera Madrid-hasta González, Aznar, Zapatero o Rajoy con iniciativas tipo AVE como mecanismo de atracción de todo tipo de flujos hacia la gran capital).

Una vez conseguido el desarrollo económico por esta vía, muchos ciudadanos han podido demostrar su capacidad emprendedora y, gracias a su esfuerzo, subir en el ascensor social, y lo cierto es que en Madrid hoy en día hay una clase media que durante siglos no existió. Castigada por la crisis, sí, pero está. Y eso que en sí mismo es muy positivo, deja de serlo desde el momento en que su existencia supone perpetuar el modelo tradicional español de “nobleza y pueblo”, hasta el punto de que donde esta clase media era fuerte y característica, como en Cataluña, hoy su viabilidad se tambalea. Y eso que es nefasto para Cataluña, en la medida en que ésta contribuye con unos 20.000 millones de euros anuales a esta España central y centralista, capital Madrid, debería preocupar al conjunto de los españoles. El famoso “antes roja que rota”, significa acabar con las clases medias catalanas y matar -si queda algún trozo- la gallina de los huevos de oro.

Fernando García de Cortázar (para más información, miembro del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española) y José Manuel González Vesga, en su libro “Breve historia de España”, dicen para ilustrar el origen del problema castellano:

“El rango sociopolítico de la nobleza inoculará en el tejido cultural de la Península el virus de la emulación desmedida. Víctima de él, la sociedad castellana perseguirá el ennoblecimiento como supremo objetivo social entorpeciendo así cualquier vía renovadora en siglos futuros, con su desprecio del trabajo manual, su obsesión por la limpieza de sangre y su empeño por traspasar el umbral de clase, una vez alcanzado cierto estatus económico, en perjuicio de los negocios productivos”.

Desgraciadamente la “versión 2.0” de aquella aristocracia ociosa, rentista y chupadora, no ha muerto. Ahora frecuenta lugares como el palco del Bernabéu y está formada por ciertos políticos, financieros y directivos, y miembros de empresas que, procedentes de antiguos monopolios de Estado, forman parte o están cerca de la Administración central. Son los arquitectos del gran Madrid de Barajas y de la España radial del AVE. Son los promotores de iniciativas transversales que, como en el caso de la Fundación España Constitucional, son capaces de unir entorno al proyecto, personajes tan aparentemente variados como José Bono o Eduardo Zaplana. Además de Fernando Suárez, Ángel Acebes, Carlos Solchaga, Magdalena Álvarez, María Antonia Trujillo, José Pedro Pérez-Llorca, Javier Gómez Navarro, Gustavo Suárez Pertierra, Marcelino Oreja Aguirre, Jaime Lamo de Espinosa, Rodolfo Martín Villa, Rafael Arias-Salgado, Ana de Palacio…

Esta versión actualizada del famoso “de Madrid al cielo”, que impulsó a tantos españoles de “provincias” a hacer oposiciones a cuerpos funcionariales con la ambición de llegar a Madrid, ni se puede permitir la independencia de Catalunya, ni aceptará fácilmente modelos que permitan que Catalunya se encuentre cómoda en España, si eso significa revisar seriamente el déficit fiscal. Por este motivo, como decía hace pocos días Juan B. Culla en el diario “ARA” (“Defender los privilegios”), “hace más de tres décadas, desde la LOAPA, que a la preservación del unitarismo, a la defensa de los privilegios de los altos aparatos del Estado, le llaman lealtad constitucional -o patriotismo constitucional-, y al cuestionamiento de estos intereses de casta le llaman locura, subversión… o nazi-fascismo”.

Echo de menos intelectuales, empresarios, académicos españoles, con altura de miras, que los hay, que contribuyan a abrir los ojos a los que creen que con este patriotismo constitucional, capital Madrid, heredero de la peor tradición de las élites castellanas, hagan que las clases medias catalanas, o lo que quede de ellas, abracen con entusiasmo y orgullo la españolidad. Los que piensan y actúan así, no se dan cuenta de que además de contribuir a que Cataluña moleste en España, la respuesta que dan, combinada con la profunda crisis económica y social que padecemos, conduce a Cataluña a sentirse excluida, maltratada y a buscar su futuro fuera del proyecto español.

Acabo este post con tres citas de tres “padres de la Constitución”:

“Bien cutre sería un patriotismo español que no fuera más allá de nuestra vigente Constitución”. Miguel Herrero de Miñón.  ¿Patriotismo Constitucional?” . “La Vanguardia”, 6/12/2001.

“El más importante de los derechos que la Constitución ampara es el derecho a la discrepancia”. Miquel Roca i Junyent. Viva la discrepancia”. “La Vanguardia”, 11/12/2001.

“…Que haya incluido (el PP) en el programa de su futuro congreso una ponencia sobre el llamado ‘patriotismo constitucional’, como si la Constitución esté en peligro de vida o muerte, y haya encargado la redacción de la misma a un catalán y a una vasca, sólo puede significar que el patriotismo en cuestión es otra cosa y, de hecho, una andanada contra los nacionalismos de ambas zonas, Cataluña y Euskadi…”.  Jordi Solé Tura. Patriotismo constitucional”. “El País”, 24/11/2001.

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