La sociedad está organizada, cada vez más, para facilitar que la gente pueda evitar pensar. Google, Apple, Facebook, WhatsApp, Netflix, o la superficie comercial de turno, se ocupan de que no dispongamos de tiempo para profundizar, con el riesgo que conlleva de pérdida del propio sentido de uno mismo, del ser, con la consecuente dificultad de reencuentro, si es que queda capacidad, fuerza y ​​valentía para emprender este camino. No es fácil encontrar el momento para hacer balance.

Se trata de no pensar. Alguien ya piensa por nosotros. Pasivamente, con el ánimo más o menos crispado y el alma más o menos en paz, recibimos una avalancha de estímulos que, consciente o inconscientemente, nos estructuran lo que acaba siendo nuestra (¿nuestra?) visión de las personas, de la vida, de la sociedad. Vivimos peligrosamente. Nos falta el tiempo necesario para formarnos un criterio propio, tener una opinión personal del mundo en el que vivimos, de las cosas que pasan, tener capacidad de separar el grano de la paja, de no dejarnos engañar por el primer titular de escándalo que persigue tener éxito, es decir, hacer ganar dinero a quien sea que haya detrás. Es igual que lo que se explica refleje o deforme absolutamente la realidad. No, no son óptimas las condiciones para hacer balance.

Me llamó la atención leer que muchas de estas industrias -que saben que cuanto menos pensemos, cuanto menos criterio propio tengamos, más dinero ganarán- contraten filósofos. La filosofía está precisamente para ayudar a pensar, para hacer dudar generando dilemas, para facilitar la adopción de una actitud crítica, para incrementar el nivel de conciencia. Es curioso que esto ocurra en un momento en el que no pocas instituciones parecen interesadas en lo contrario. En limitar, disminuir, el gran valor añadido que significa tener una ciudadanía crítica. No estoy pensando, obviamente, en la queja sistemática, en la repetición de los eslóganes promovidos por los manipuladores de turno, destinados a fomentar el odio y la confrontación. Me refiero al pensamiento sabiamente crítico. A la capacidad de crítica ponderada, positiva y elaborada con criterio propio, muy necesaria en la sociedad del capitalismo banal y -en términos de Lluís Duch- del “individualismo de ‘masas'”. La sociedad del consumir y el no compartir. Una sociedad “muy ruidosa”, en la que es difícil encontrar paz. El momento de paz necesario para hacer balance.

Abro un paréntesis para referirme a un artículo que leí de Albert Pla Nualart en el “ARA” hace unos días, en el que expresaba el deseo de que “la espiritualidad laica gane la batalla al materialismo banal”. Batalla factible solo -según el autor- en el mundo laico, ya que ve las religiones en general y la Iglesia católica en particular, prisioneras del dogma y en la medida que la fe verdadera no se deja ir en el dogma -y precisamente por esto todavía hay fe- se ha acabado auto expulsando de los templos y de los rituales religiosos. Tiene razón en parte. No comparto que la espiritualidad solo pueda desarrollarse fuera de la religión, ni que toda la Iglesia sea prisionera del dogma. Hay comunidades religiosas ejemplares, en las que la libertad del espíritu está por encima del dogma.

Hablaba Pla, en ese artículo, de la despedida de Carles Capdevila en Hostalets de Balenyà, su pueblo, como uno de los “actos laicos  más profundamente espirituales a los que he asistido en los últimos años”. Y remachaba con un tema que me ha hecho pensar en la frontera, en ocasiones muy delgada, que hay entre los agnósticos espirituales y los creyentes llenos de dudas que luchamos para seguir siéndolo. Justamente, el terreno de la duda, es lo que compartimos ambos colectivos.

Decía Pla que la manera apasionada que tenía Capdevila de entender la comunicación, era un “acto de servicio a la sociedad (…) nada ajeno al clima religioso posconciliar” (Concilio Vaticano II). Destaco, por cierto, el carácter comunitario, compartido, tanto de la comunicación que practicaba Capdevila, como acto de servicio a la colectividad (y no como arma de destrucción social masiva), como de su despedida.

La despedida de Carles Capdevila fue un espacio para compartir dolor, amor, agradecimiento y tantas cosas. Desde la distancia, leyendo lo que escribieron sus compañeros y amigos, escuchando a sus colegas en la radio, sentí mucha impotencia y compartí algunas cosas con gente conocida, desconocida y anónima. Tanta falta que hacía en el mundo en general y muy, muy, muy especialmente en el mundo del periodismo en particular y… sí. Le tocó a él. Y me sumió en aquella situación tan familiar y escrita y repetida en este blog consistente en sentirme un mal creyente que quisiera creer más y ser más fuerte en situaciones como esta. La muerte de Capdevila, como a tanta gente, me ha hecho sentir y reflexionar mucho.

Volviendo a la sociedad concebida para evitar que pensemos, caracterizada por el consumo compulsivo, el individualismo de “masas”, que lleva a tanta gente al aislamiento y la soledad no deseada; es cierto que se trata de un medio en el que las mil formas de evasión que todos tenemos al alcance para evitar confrontarnos a nosotros mismos, permite vivir vidas enteras sin detenerse a pensar a fondo en el porqué de la frustración y la infelicidad -a pesar de todo- demasiado consustanciales en la “vida líquida”.

De todos modos, hay muchas personas que por mil circunstancias -no exclusivamente, pero a menudo, traumas dolorosos, enfermedades, fracasos-, acaban teniendo la valentía -al final es valentía- de detenerse, “mirarse en el espejo”, ejercitar el pensamiento crítico enriquecedor, no tóxico y… cambiar, o intentarlo, con independencia de conseguirlo mucho, poco o nada. Llegados a este punto, o a sus contornos, aparece la dimensión espiritual del ser humano. Se despierta, toma más o menos fuerza, porque existir, existe. Es consustancial con el hecho de ser humanos.

Situaciones como la de Carles Capdevila, de lucha admirable contra un cáncer que al final se lo ha llevado, despiertan muchas conciencias y pueden estimular a algunas personas a hacer balance.

Abro su último libro al azar y leo “que la persona con la que no te duela llorar y que te haga la compañía adecuada ha de ser por fuerza un muy buen amigo”. O bien “que la belleza está en la mirada, y no hay privilegio más hermoso que ser observado desde el amor incondicional y la alegría de vivir”. Seguramente obviedades. Que por ser tan obvias no solemos decírnoslas unos a otros, alejados como estamos los unos de los otros en esta sociedad de individuos -quizás digitalmente conectados pero emocionalmente- aislados. Pero cuando alguien, como Carles Capdevila, se atreve a compartirlo,  a difundirlo, mucha gente se emociona y se desvelan conciencias. A partir de aquí puede llegar -o no- el diálogo sincero y valiente con un mismo con… todas las consecuencias, en especial si se pretende que el camino no tenga retorno…

Muchas veces el miedo a descubrir que quizás la vida que uno ha vivido está más vacía de lo que puede parecer, lleva a abortar la “operación cambio” y se opta por seguir instalado en las rutinas laborales, sociales, familiares y de todo tipo que han marcado la vida de esa persona. El riesgo de frustración puede llegar a ser elevado, sin embargo. En este caso el recurso a una dosis “en vena” de todo aquello que decíamos que ofrece el mundo para estar distraído y no pensar en nada, puede ser más urgente que para un drogadicto con síndrome de abstinencia una dosis de su droga. Con la facilidad adicional de que el producto, todo lo pensado para alejarnos de nosotros mismos, nos rodea absolutamente, lo tenemos permanentemente a mano y de hecho se trata, pura y simplemente, del estilo de vida que domina el mundo. Para tomar distancia, hay que hacer un esfuerzo.

Cuando se hace el esfuerzo de hacer balance, aflora, como ya se ha dicho, la dimensión espiritual. Que esta se viva en un marco religioso o desde el agnosticismo o la laicidad, personalmente no me parece secundario, pero no es en lo que me quiero centrar ahora mismo.

En cualquier caso, no resulta extraño que Lluís Duch desde el cristianismo y Pla Nualart, entiendo que desde la laicidad, coincidan respecto al alejamiento creciente entre religión, Iglesia y espiritualidad. Duch afirma -supongo que con pesar y en un libro que no por azar se titula “El exilio de Dios”– que “la imagen de Dios de la ‘religión oficial’ no solo suscita dudas o indiferencia, sino que, explícitamente, es rechazada de plano para muchos como irrelevante”. Ya hemos visto que Pla afirmaba que el dogmatismo religioso ha llevado a la fe a auto expulsarse de la Iglesia y a desarrollarse en la laicidad.

Tanto es así que por lo que se refiere al cristianismo, el compañero Francesc Torralba afirma que, hoy en día ser (en sentido auténtico) cristiano es vivir contra corriente, es contracultural: “La opción por Cristo es, por ahora, casi una opción de vida alternativa, que nace de una experiencia íntima y que deviene minoritaria”.

Me llama, sin embargo, más poderosamente la atención, que la epidemia de individualismo sea tan devastadora que incluso la espiritualidad llegue a quererse vivir desde el individualismo y el aislamiento social. El cristianismo formal, también ha sucumbido al individualismo, lo que en sí mismo es una contradicción evidente. Sin espíritu comunitario, no hay cristianismo real. Ni ninguna otra posibilidad de desarrollo espiritual.

Predomina la práctica religiosa o de experiencia espiritual a la carta y con frecuencia se cae en la contradicción de vivir una espiritualidad individual e individualista, muy egocéntrica, que predispone a rechazar cualquier forma de compromiso y solidaridad social.

En palabras de Duch, “se trata de descubrir en sí mismo una chispa fulgurante y convincente de la divinidad, que se encuentra sumergida, errante y confusa, en las profundidades más recónditas de su propio ser”. Es en este contexto que, con una mayor o menor comprensión real de las mismas, han cuajado tradiciones orientales como la meditación, el yoga o el budismo. Francesc Torralba define este terreno como “un territorio convulso (falto de) mapas y topografías, guías y referentes, mientras que sobran, en cambio, oportunistas y vendedores de humo”.

Ciertamente, merece la pena alertar sobre el fenómeno de la creciente “industria de la autoayuda” y otras formas de proponer “soluciones mágicas” a los que buscan y no encuentran, en especial a los más desesperados.

Así pues, riesgos aparte, incluido el ser víctima del individualismo feroz, incluso cuando se entra en la dimensión espiritual, hacer balance, sentir la necesidad de repensarse uno mismo en algún momento, me parece positivo. Pienso que esta tarea ardua y difícil, “per se”, conlleva incorporar la dimensión espiritual que solo puede desarrollarse amando y, por tanto, conviviendo (dejo para otra ocasión el debate sobre monjes y monjas dedicados a la oración y la contemplación, meditadores solitarios y similar). Hay bellos ejemplos de este esfuerzo y de la generosidad de compartir reflexiones en torno a la experiencia de quienes lo han hecho, desde la religión, o desde el laicismo y el agnosticismo.

Carles Capdevila en su último libro “La vida que aprendo” (publicado poco antes de que muriera), establecía un símil entre la transformación personal y las obras de casa. En “Reformar cocina y baño contigo dentro” decía:

“De ahí nuestra incomodidad individual y colectiva, ahora que nos toca combinar la supervivencia diaria con el proyecto de futuro, y todo lo tenemos que hacer pagando deudas del pasado. Hacer obras levanta mucho polvo y te obliga a caminar entre montañas de escombros. Pero como lo que teníamos no se aguanta y ya no servía una mano de pintura, toca abrirlo todo y dejarlo bien apuntalado. Hace falta una reforma profunda que ahora nos hará sufrir pero que a la larga nos mejorará la calidad de vida y nos tendría que durar una buena temporada”.

Francesc Torralba en “Jesucristo 2.0” escribe:

“Dice Anselm Grün que aproximadamente hacia la mitad de la vida llevamos a cabo una especie de auditoría existencial (…). Después de celebrar mis cuarenta y tres años, me he sentido especialmente llamado a hacer balance de la opción espiritual que he tomado.

Creo que es bueno hacer balance, tener el coraje de contemplar, cara a cara, la vida vivida, y, sin máscaras ni resentimientos, recoger las espinas y las rosas”.

A partir de aquí, también concluye -siguiendo la metáfora de Capdevila- que “hay que hacer obras” con todas las dificultades e incomodidades que supone respirar polvo y esquivar montañas de escombros. Él las hace desde la perspectiva del creyente y tiene la valentía de compartirlo a través de un libro:

“El creyente es, en definitiva, y aunque parezca una contradicción, un no creyente que se esfuerza, cada día, por empezar a creer. Si no fuera así, la fe sería una ideología, una presunción de haberlo entendido todo y no el continuo retorno y la nueva confianza en el Otro que es acogedor y amor fiel”.

En este mundo, todos tenemos dudas. Y los más valientes, de vez en cuando, saben que hay que hacer balance y que fruto del mismo, “hay que hacer obras”, y algunas de ellas son difíciles de sacar adelante. Pero las hacen y nos dan ejemplo a los demás. Desde el laicismo y desde la religión. Otra cosa es que tengamos capacidad o predisposición de sacar provecho.

Aunque me resulta pesado por obvio y, por tanto, en el fondo innecesario, una vez más afirmo que yo no pretendo dar lecciones de nada. ¡De nada! Solo compartir reflexiones en este blog con vosotros. Si digo que no creo en caminos espirituales que no terminen en el compartir de verdad y amar, solo estoy diciendo que siento sinceramente que debe ser así. De aquí a lo que sea capaz de hacer yo… puede haber mucha distancia. Reconozco las dificultades, que no son para nada menores.

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2 comentarios sobre “HACER BALANCE

  1. Josep Maria,
    Em permetràs, en primer lloc, distingir entre tradicions i pràctiques venerables com el budisme o la meditació i el simplisme sincretista d’alguns corrents de psico-espirituals actuals.
    D’altra banda crec que tens raó, el cristianisme és eminentment comunitari, però el que m’agradaria assenyalar és la importància d’un corrent teològic bastant arrelat en el cristianisme oriental. Es tracta de la teologia apofàtica, ambiguament traduïda amb el terme de negativa. És el contrari del dogmatisme. De Déu podem afirmar més el que no és que el que és, això deixa un espai enorme per la fe, o millor dit per la recerca de la fe, perquè mai s’arriba a assolir una creença tancada. Déu està sempre més enllà del que podem concebre, pensar o imaginar. En aquest sentit qualsevol creient honest hauria de tenir una bona dosi d’agnosticisme i, inversament, un agnòstic obert i en recerca podria ser un bon model per a un creient.

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies per la valuosa aportació Guillermo!

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