Estuve nueve años veraneando fuera de Cataluña. El verano pasado decidí volver al tipo de veraneo que había hecho toda mi vida, la mayor parte de años en Calella de Palafrugell. El año pasado lo dediqué a buscar un lugar nuevo y diferente, y opté por las Terres de l’Ebre.

Aunque el cambio climático ha roto muchas constantes (o al menos eso me parece), mi recuerdo del mes de septiembre en la Costa Brava la asocio a sensación de verano finiquitado. Recuerdo algún año haberme bañado en el mar hasta Todos los Santos, pero incluso más allá del clima, en septiembre el verano acababa. También más allá de que el otoño comience oficialmente en septiembre.

Esta sensación también la he tenido en las playas del sur de Catalunya. Nunca las he encontrado tan repletas como las de la Costa Brava, pero se han vaciado de la poca gente que había. El día se acorta y a pesar de que la temperatura benigna aguanta más que en la costa norte del país, el otoño ya se intuye. Los higos de casa ya hace días que han comenzado a madurar, es tiempo de vendimia. Definitivamente, el verano queda atrás…

Un artículo de Silvia Soler y una entrevista a Sergi Pàmies me ponen de nuevo sobre la mesa un tema tratado en el último post (véase “Historias livianas de veranos calurosos” del 2 de septiembre de 2018). El de las fuentes de inspiración, el de la elección del tema sobre el que se quiere escribir, el de si este surge de experiencias reales -propias o ajenas- o de la imaginación.

Sergi Pàmies -que acaba de publicar un libro autobiográfico en el que no está mal lo que llega a desnudarse- da una respuesta con la que me identifico plenamente. Dice:

“Siempre he trabajado con tres proveedores: la realidad, la imaginación y la memoria. En los primeros libros había mucha imaginación, que a veces era realidad encubierta, y despreciaba a la memoria por razones freudianas. A medida que he ido escribiendo estas proporciones han cambiado, pero los elementos han sido siempre los mismos”.

Personalmente tiro de imaginación, de memoria -evitando por ahora determinados hechos y períodos de mi vida por razones de seguridad personal, sabiendo que llegará el día en que seré libre para explicar muchas cosas que ahora no puedo explicar- y de realidades fieles, modificadas y/o mezcladas con respecto a los personajes, a los lugares o a las épocas.

“Ya estoy en la zona de llegadas del aeropuerto. Afortunadamente ‘Flores Navarro’ abre las 24 horas del día los 365 (o 366) días del año. Hace demasiados años que no te he visto. Tras repasar las fotos que me has enviado no tengo ninguna duda, sin embargo, de que te hubiera reconocido. Las he mirado hasta la saciedad, las he ampliado y las arrugas de la piel por un momento me han hecho pensar que me hubiera gustado tener acceso a la misma cuando ésta era todavía joven, como lo éramos tú y yo. Mi piel está también envejecida. Tanto que alguna piel joven a la que he tenido acceso, no ha sido capaz de ignorar mi piel decrépita, no ha sabido apreciar la madurez de mi alma y me ha aparcado por viejo. Pienso que yo no te haré esto y que sabré apreciar tu valor más allá de las cicatrices del tiempo. Has tenido la valentía de renunciar al bisturí de mis colegas plásticos y al ‘botox’ que podría transformarte en un monstruo artificial y que tendrías que reinyectar tan frecuentemente que lo único que harías sería engrosar la cuenta bancaria de aquella compañera mia de carrera que se dedica a inflar las caras y los cuerpos de los viejos como yo con la mierda del ‘botox’. Triunfaste como artista por tu cuerpo escultural, la turgencia de tus pechos y tu belleza. Pero acabaste aprendiendo el oficio y sobresaliendo sin necesidad de renunciar a lo que la naturaleza y el envejecimiento te han deparado.

Las puertas de llegadas se van abriendo y cerrando, y sale gente de todo tipo, clase y condición. Pieles blancas, negras, amarillentas, amarronadas, lechosas y de todo tipo. Apergaminadas o lisas. Que dentro suyo hospedan ángeles o demonios, bondad o maldad, inteligencia o estupidez, generosidad o tacañería y mezquindad. Es independiente. Tu vuelo ha llegado, pero no sales. La espera se me hace eterna. Quien espera desespera. Es mejor no esperar nada más allá de lo que la vida te regala…”.

Pàmies dice que su realidad “es más mental que de acción”.

“La mía también, pienso”. Ya he tomado decisiones en la vida, ya. Ya he sido hombre de acción además de mental. Probablemente en la vida laboral más que en otras dimensiones de mi existencia. No es en vano que me he cansado de explicar a amigos y personas con las que he mantenido o mantengo cierta confianza, que hasta los 49 años no viví. Solo -entiéndase el punto de hipérbole- trabajé. Evitaba vivir y sentir y manifestar mis sentimientos. Creé un personaje absolutamente dominado por la dimensión laboral. ¡¡¡Miro atrás y me percibo grotesco!!! Y ya tomé decisiones trabajando. Pero incluso lo que me aportó más reconocimiento profesional fueron las ideas, la capacidad mental de analizar y de conceptualizar, más que la toma de decisiones. De todos modos, cuando trabajé como gestor tomé muchas decisiones duras que me crearon un número razonable de enemigos, algunos de los cuales todavía mantengo en activo y rabiosos. Porque yo soy como soy, directo y poco dado al exceso de florituras. Demasiado políticamente incorrecto durante demasiados años. Demasiado burro por no hacer lo mismo con más mano izquierda, o si lo preferís con más falsedad, cinismo y/o sadismo refinado. Iba de cara y el choque era frontal y de ahí muchos de los problemas que he tenido, muchos de ellos de sombra alargada y tan perdurable que todavía me amenazan a día de hoy. Cuando terminen -porque acabarán a menos que Dios se me lleve antes- los explicaré de la forma más constructiva posible. Al fin y al cabo, creo que algo he aprendido en cuanto a formas y, lo que es más importante, en cuanto a expresar mis sentimientos. Una gran parte ya está escrita y no publicada protegida temporalmente -ya saldrá- de los ojos de la humanidad en lugares lejanos e inimaginables…

En el ámbito personal también he tomado decisiones relevantes. Las que más en los últimos años y la más importante de todas la de recuperar el tiempo perdido que robé a mis hijos pequeños y adolescentes. Un tiempo que les pertenecía y que les he procurado devolver y les sigo devolviendo tanto como sé y puedo.

“Mientras espero en el aeropuerto y volviendo a las arrugas, en una TV que no para de repetir las mismas noticias veo a un personaje bastante más joven que yo que no sé si es intrínsecamente una mala persona o el rol que le ha asignado el destino hace que lo parezca. Sea como sea, le veo más arrugado que yo. Hace cara de malas pulgas o si se quiere ‘de mes de octubre’. Me pregunto si las jóvenes que me han rechazado por viejo se dejarían embaucar por este demonio execrable, pasando por alto su maldad. A veces pienso que tal vez las mismas libidos que se marchitan ante la senectud por más sabiduría que les aporte, disfrutarían perversamente calentándole la bragueta a un crápula como este. Las imagino dispuestas a resucitar y vivir en un orgasmo permanente jugando a seducir desechos humanos como el que veo en la TV, sentado con cara de mala leche, mientras escucha el discurso ‘rococó’ de un individuo supuestamente honorable… Y no estoy hablando de Trump, ni de Melanie…”.

De verdad que no pretendo en absoluto compararme con Sergi Pàmies. No solo no le llego a las suelas de los zapatos, sino que ni siquiera estoy a la altura del suelo que las mismas pisan, literariamente hablando, claro. Pero explica que escribió un cuento de un hombre que iba al súper de “El Corte Inglés” y se encontraba a Virginia Woolf. Me parece fantástica la que imagino que es una mezcla de realidad -debe haber ido alguna vez al súper de “El Corte Inglés” – imaginación y proyección ves a saber hacia qué galaxia de deseos insatisfechos o fantásticos mundos oníricos. Modestamente tengo que decir que yo me encontré a Pablo Neruda en su casa, en “La Chascona” y escribí un cuento publicado en este blog (ver el post “De ‘El Tarter’ a ‘La Chascona’ y vuelta” del 9 de abril de 2018). Cuento que me permitió ganar un pequeño premio en un concurso de cuentos para aficionados, convenientemente manipulado por la ganadora, que era la organizadora principal del certamen. Tuve la sensación de que se creyó su propia mentira y que está convencida de que fue la mejor cuando lo que escribió era de una mediocridad remarcable… ¿Veis? No tengo remedio: ¡¡¡qué falta de mano izquierda!!!

Seguimos con Pàmies -antes de que me olvide, permitid que os recomiende el libro mencionado: “El arte de llevar gabardina” – que dice: “La novedad de este último libro es que, además de mental, soy emocional (…). El 100% de los ingredientes de este cuento son reales. En cambio, el efecto que produce es de ficción pura. Me gusta jugar a construir una convención de ficción solo con elementos reales, y al revés (…). La autoficción no existe, hay una mirada hacia uno mismo desde la ficción y nada más(…)”.

Me siento tan identificado que, confieso que en ocasiones, consciente o inconscientemente, he provocado situaciones -por tanto, reales- que si las contara parecerían más que ficticias. Muchas de ellas las he vivido solo, que es como suelo vivir desde hace once años. Pero en muchas he estado acompañado de una o varias personas que, saliendo de sus roles más convencionales, se han convertido en coprotagonistas de estas historias que quizás cuando las recuerdan incluso creen que las han soñado, pero que fueron reales. Y nunca he consumido drogas ni productos alucinógenos. Como mucho alguna copa de vino o un par de gin tonics. Y he observado que mucha gente agradece que la saques de la cotidianidad y la sitúes en un sueño. El sueño de por unos instantes ser ellos mismos, sin muchas corazas…

“El tiempo te ayuda a matar prejuicios y te vuelve temerario. Escribir es terapéutico. Me he ahorrado muchas horas de psicólogo. Cobro en lugar de pagar”, dice Pàmies. Ciertamente, expresar lo que uno siente en este mundo puede resultar temerario. Y terapéutico… Hoy es 11 de septiembre y… iba a decir: “Y ahí lo dejo”. Pero no. Reproduciré un tweet de “El Oso ingenio”. Dice:

“-Señor: tenemos que rebajar la tensión como sea. Se nos va de las manos y Europa se impacienta.

-Muy bien. Mantén los cargos por rebelión, pide 25 años, añade a Trapero, saca a la ultraderecha, lleva 600 policías a la Diada. Ofrece un Estatut y tráeme tila”.

Mientras escribo esto el helicóptero de la policía que no nos dejó vivir durante meses, molestando sin ningún respeto con su ruido, ha reaparecido con la misma falta de respeto por los que lo tenemos que soportar estoicamente y mucha -sensación subjetiva- prepotencia. Parece que se hayan puesto de acuerdo con Albert Rivera para crispar una jornada soleada, festiva a pesar de la indignación de millones de catalanes -muchos de ellos simplemente demócratas y civilizados y no necesariamente independentistas- y en la que se palpa en el ambiente el deseo de aparecer ante el mundo como un pueblo pacífico que solo pretende que lo dejen vivir y expresarse libremente…

Bueno… el post ya está muy avanzado y aunque lo he anunciado, no he mencionado a Silvia Soler, escritora que me aporta paz, me hace sentir la belleza de la vida y me reconcilia con el mundo. En alguna ocasión me dedicaré más a fondo a lo que escribe. Subrayo la defensa que hace de las “conversaciones que no van a ninguna parte”, que pueden acabar siendo muy banales, “sin profundizar en nada”, y de escribir sobre ellas.

Y recomienda “La vida material” de Marguerite Duras, libro de conversaciones entre ella y su amigo Jérôme Beaujour en la que Duras habla “con sinceridad y naturalidad de las cosas de la vida”.

Me gusta escribir sobre cosas de la vida cotidiana y espero ir mejorando, admitiendo que, como con cualquier actividad, hay días en el que las cosas -lo que escribes en este caso- te salen mejor o peor. Yo creo que la clave está en transmitir sensaciones que lleguen a la esencia más humana, a la sensibilidad del lector, con independencia de que lo que se transmite sea banal o trascendente y profundo. Sea realidad o ficción o mezcla, o lo que sea, es lo de menos…

 

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