Hoy es 11 de febrero, cumpleaños de mi gran amigo del alma Joan Oliveras. Empecé a escribir ayer, mientras el mistral movía los muebles del porche y otros objetos del exterior. Afortunadamente, llovió. Pero no todo el día, solo unas horas por la mañana y un rato al anochecer. Tenemos la suerte de depender del agua del Ebro y no de lo que creo que llaman sistema Ter-Llobregat. Pero sin embargo… El agua, la naturaleza, el cuidado del medio ambiente, nos incumben a todos.

Hoy el mistral sopla aún más fuerte y el día es espléndido, y retomo lo que empecé a escribir ayer, fruto de un evento que tuvo lugar el viernes por la mañana y que me trasladó a un ámbito en el que no suelo pensar: el laboral.

Esta mañana escuchaba al periodista Xavier Grasset ―hoy, más que entrevistado, en conversación distendida con Roger Escapa―, un hombre que me transmite buenas vibraciones, culto y atraído por el humanismo, contesta, cuando Escapa le ha preguntado si “miraba por el retrovisor”, que siempre mira hacia adelante. Que no tiene tiempo de mirar hacia atrás. Me traslado la pregunta a mí mismo y pienso que tengo tiempo, pero que no echo demasiado la vista atrás. Intento mirar hacia adelante y hacerlo con optimismo. Contento y agradecido de cómo me ha ido la vida ―también la profesional, aunque para nada la repetiría si pudiera elegir― e ilusionado con la idea de poder vivir tranquilo, en esta tierra ebrenca de adopción, leyendo, escribiendo, paseando, haciendo deporte y disfrutando de mis amigos y mi familia. Pero lo que pasó el viernes, me ha llevado a repasar mi trayectoria profesional, y confieso que me he sorprendido recordando hechos relevantes que ―obviamente― no he olvidado, pero, como decía, en los que nunca pienso.

Ahora hace exactamente cuarenta años que trabajo, y nunca me hubiera imaginado que el final de mi vida laboral no fuera claro. Muchos amigos me dicen: “Me he jubilado”. Es decir, ayer trabajaba y hoy, de repente, ya no. Yo formalmente no me he jubilado, pero la frontera entre la vida activa y la de jubilado, afortunadamente, es agradablemente borrosa. Si Dios quiere, este verano me acogeré a la jubilación activa y seguiré trabajando sólo con aquellos clientes con los que tenga afinidad personal. Personas con alma claramente palpable.

Creía que esta decisión era relativamente reciente. Pero ahora, revisando mi trayectoria, me doy cuenta de que no. Veo que nunca he aceptado trabajar con personas que, a mi modo de ver, iban por el mundo con un paquete de valores personales escaso y/o maltrecho. Durante años, necesitaba que la actividad profesional propiamente dicha fuera estimulante y me retara. Actualmente, tengo suficiente aportando el valor añadido que pueda a personas con rostro humano. Aunque el contenido específico del trabajo no me interese mucho.

La primera vez que dimití de una dirección general tenía 35 años y el motivo fue no compartir valores ni proyecto con mi jefe directo. Lo dejé sin tener trabajo, ni idea de cuál podría ser mi siguiente destino ni lo difícil que sería encontrar uno que me llenara.

A lo largo de mi vida, contando las ofertas rechazadas por el mismo motivo, me he encontrado con varias situaciones similares. Nunca he aceptado trabajar con nadie que pretendiera coartarme o limitar mi libertad de expresar desacuerdos, discrepancias o críticas, con crudeza o sin ella, hecho que me ha permitido decir sin censura lo que pienso, ya sea en público o en privado, según el caso. Tuve la suerte y el orgullo de trabajar con el presidente Pujol, quien puede dar fe de que nunca dije, ni dejé de decir, nada de nada, en función de si era lo que él quería escuchar o, todo lo contrario. Pongo este ejemplo, como especialmente representativo de aquellos personajes, líderes, jefes, a los que muchos de sus colaboradores sólo les dicen lo que quieren escuchar. Afortunadamente, nunca he formado parte de este tipo de gente, ni nunca me encontrarán en el gremio de los “pelotas”, de los farsantes o de los lameculos. No necesito llegar a este grado de vasallaje. Me basta con el deplorable “políticamente correcto”, que detesto. Me parece una forma de cinismo.

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Dediqué doce años de mi vida profesional al sector público (de los cuales nueve en cargos de responsabilidad y/o confianza política) y, hasta el momento, veintiocho y pico en el privado. Todos ellos marcados por lo que llamo el síndrome del emigrante, que en el país de acogida no acaban de sentirse ―o no son considerados― como nacionales en el amplio sentido de la palabra, y cuando van de vacaciones a su país de origen ya no los consideran de allí. Los ven como extranjeros. Muchas veces acaban teniendo un dilema, viven con el corazón dividido a partes iguales. ¿Quién no ha escuchado en nuestro país a un andaluz ―o a españoles de otras regiones― que ha llegado aquí en los años 60 decir “aquí soy un charnego” y allí me llaman “el catalán”?

Algo parecido me ha pasado a mí en el mundo laboral. Mientras estuve en entornos políticos no me consideraban “de los suyos” y en algún caso también ―menos que en el sector público― en la privada cuando me consideraban y me llamaban “el político”. Personalmente, en el ámbito político y de la Administración pública, siempre me sentí un extraño ―aún hoy mucha gente se sorprende y no me cree cuando lo digo― y en el sector privado me sentí y me siento en mi medio.

Considero que sería ―tan utópico como― deseable que todos los políticos y funcionarios hubieran tenido experiencia directiva, profesional, en el sector privado y viceversa. Facilitaría el diálogo y la comprensión.

Aún hoy me sorprende lo mal que abordan la mayor parte de empresarios y directivos que conozco del sector privado la relación con las administraciones y los políticos. Lo mismo me ocurría cuando estaba en la administración. Tenían ―y, por lo que veo desde fuera, siguen teniendo― una imagen completamente distorsionada de la esencia y la idiosincrasia de empresarios, emprendedores, inversores y directivos del sector privado.

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Fui bastante buen estudiante, sentía que era importante formarme, y pude acceder a una buena educación reglada escolar y universitaria, en nuestro país y en el extranjero. En la universidad, además de estudiar Medicina, adquirí una sólida base de conocimientos en el campo sanitario y de la gestión general. A pesar de que para mí la gestión es una, única, hay que admitir que la gestión pública y la privada tienen reglas de juego diferentes y puede tener sentido formarse en ambos campos si se tienen ganas. Yo lo hice y concluyo que no es indispensable la formación en gestión pública para trabajar en el sector público. Pero lo hice. Aparte de la formación en gestión general, pública y privada, en planificación y gestión sanitaria y salud pública, he tenido también la suerte de poder trabajar en todas estas disciplinas. También en el campo de la investigación sanitaria (no en investigación clínica) y de la docencia, en todas las disciplinas citadas en cuatro países.

Desde que tengo memoria, me siento dominado por la curiosidad, el deseo de aprender cosas y de saber, y el de intentar comprender a los seres humanos, la sociedad y el mundo. Cuando era muy joven, creía que esto era posible y siempre he pensado que habría sido feliz si hubiera podido vivir en la época del Renacimiento. No sólo por la cultura y el arte, aunque también. Leonardo da Vinci simboliza mi ideal. No sé cómo le hubiera ido en nuestro mundo hiperespecializado y tecnificado actual. Pero el saber interiorizado, la imaginación y la creatividad artística y no artística, me atraen mucho más que ser, por ejemplo, un urólogo especializado en la etiopatogenia, diagnóstico y tratamiento de los cálculos renales de oxalato de calcio.

Tengo 65 años, no me he hiperespecializado en ningún tema micro, y en estos momentos, todavía no he logrado entender bien a los humanos, ni la sociedad, ni el mundo. Cuanto más lo intento, siento que cada vez lo consigo menos y, si vivo mucho más, quizás ya no entenderé nada. Pero me consuela pensar que llegar al convencimiento que “sólo sé que no sé nada” puede ser el resultado de haber vivido aprovechando cada momento y haberlo hecho con bastante plenitud. También me consuela que, a pesar de no ser mayoría, existan hombres y mujeres tan sorprendidos como yo por el hecho de que la filosofía haya desaparecido de la educación obligatoria.

A estas alturas del partido, siendo consciente de que es imposible distinguir qué parte de la formación reglada, de la no reglada y de la experiencia vivida me han hecho como soy ―hacerlo es un divertimento del todo inútil en términos de resultados―, siento que mi interés por el hombre, estudiando, leyendo y observando el comportamiento de los individuos de la especie, ha sido lo que más ha influido en lo que soy.

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Parecería que, si el hombre es un sujeto de interés, sería lógico tratar de, en primer lugar, conocerse a sí mismo. Cuidado con quien rápidamente afirma “me conozco muy bien”, en un mundo pensado para estar distraídos todo el día con el “ruido” exterior y poco para mirar al interior… Se entiende que la filosofía se ignore y que los supuestos líderes no sean realmente lo que aparentan ser. Nada peor que dar poder a ignorantes tan ignorantes que no saben que lo son. El mundo de la política está plagado de ellos y el de la empresa no se queda atrás. Tiempo de transición hacia no se sabe dónde, con valores en crisis o en revisión. La autoridad, más que del conocimiento, debe derivar de la coherencia personal y de la capacidad de estar en paz con uno mismo. Es bueno decir lo que se piensa, procurar decir lo mismo en público que en privado e intentar hacer lo que se dice.

No sé si en algún momento fue habitual que profesionales bien formados y con experiencia, destinaran algún período de sus vidas a la política. Quizás habitual no. Pero más frecuente que ahora, sí.

Hace años que el sector público y el mundo de la política se basan en paradigmas que acaban expulsando el talento. ¡Eh! En la privada, también hay “gentuza”. De ahí mi decisión de no trabajar con estos perfiles y hacerlo sólo, como he dicho, con aquellos buenos profesionales que, adicionalmente, aportan valor humano. Curiosamente hubiera dicho que ésta había sido una decisión de mi última etapa profesional, pero revisando mi trayectoria he visto que no. Nunca he trabajado en ningún sitio donde me ha costado entender el sistema de valores de mis jefes (sector público) o clientes (sector privado). He tratado de evitar lo que denomino “idiotas especializados”, personas que pueden acumular mucha inteligencia sectorialmente restringida, pero muy simples en el fondo. Pueden llegar a destacar en alguna dimensión, en algún campo concreto, a la vez que ser muy limitados a la hora de entender nada que se salga de su único ámbito de conocimiento o habilidades. Cuando

EL DULCE ENCANT DE LA MEDIOCRIDAD.
Fuente: PARLEM CLAR

estos perfiles llegan a posiciones de poder, suelen tener dificultades para alcanzar a entender el “poliedrismo”, la multidimensionalidad de la persona, en éste caso de la “persona profesional”. La dimensión profesional es solo una. Pero una persona es mucho más que un simple profesional, por bueno que este sea y no entenderlo es peligroso, pudiendo llevar a situaciones absurdas, cuando no ridículas.

Hasta aquí lo que ha estimulado el repaso a mi trayectoria profesional. En el próximo post trataré de reflexionar sobre cómo esta se ha visto enriquecida, gracias a otros ámbitos de mi vida, completamente ajenos al mundo laboral.

 

 

 

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4 thoughts on “FEBRERO 2024 (I)

  1. Maria Die Trill dice:

    Gracias! Deseando leer la segunda parte!

    1. josepmariavia dice:

      Llegará, María. En cuanto tenga un rato de tranquilidad para escribir.
      Un abrazo!

  2. Christian Sturla dice:

    Hola Josep!
    Comparto tu mirada sobre el paso cada vez menos habitual del profesional idóneo de la actividad privada a la cada vez más devaluada actividad pública.
    Quizás eso se deba a muchos factores conocidos como la habitual imagen de corrupción, nepotismo y burocracia que suele rodear al actividad pública. Pero es casi inevitable pensar que también estas características están cada vez más presentes en la actividad privada también.
    Me parece que una posible causa de esta cada vez más rara transición de gente de la actividad privada a la pública se deba a la pérdida de pertenencia a una comunidad más humanamente manejable. Es decir, en una comunidad pequeña, digamos un grupo vecinal de un pueblo pequeño, era más fácil conocer a los vecinos “idóneos” y ofrecerles y hasta “presionarlos” socialmente para que se hicieran cargo de la cosa pública. Hoy quizás, el caso se da en esos edificios de propiedad horizontal donde los vecinos buscan al “abogado que vive en el 4to piso”, por ejemplo, para que se haga cargo de la presidencia del consorcio de vecinos (aunque incluso ahí, el compromiso suele ser rechazado por falta de tiempo o no querer meterse en problemas…).
    Creo sin embargo que este sentido de pertenencia a una comunidad más pequeña podría ser parte del problema y de la solución.
    Abrazo Josep, desde Panamá!

    1. josepmariavia dice:

      Gracias por tu comentario, Christian. El sentido de pertenencia a una comunidad, una empresa, un equipo de gobierno que cree en lo que hace, es un valor positivo. Lo que reclamo de cualquier directivo público o privado, es que su kit de valores sea sólido y contemple que trabaja con y para humanos. Más allá de la capacidad profesional que se les supone. Personalmente, jamás he podido trabajar con superiores que no me han merecido respeto. Puedo haberme equivocado en mi juicio. Por supuesto. Pero he tratado de ser consecuente. Un abrazo

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