3250 RIDGEWOOD, MONTREAL

En casa había un termómetro entre las dos ventanas. De hecho era una doble ventana corredera que se podía abrir hasta la mitad. La de la parte interior siempre estaba cerrada, excepto en el corto periodo de buen tiempo. La exterior siempre estaba medio abierta. Aquel termómetro, mientras viví en Montreal, marcó 40ºC y -40ºC. La gente mayor aún necesitaba recurrir a los Farenheit. Al final me acostumbré a usar las dos medidas.

He elegido dos momentos de soledad intensa y vivida con un denominador común: la sensación profunda de “¿qué hago yo aquí? ¿Por qué he venido? ¿Quién me habrá mandado a mí alejarme tanto tiempo de casa?”.

Esta era una pregunta que, inevitablemente, me hacía de vez en cuando, durante los años de estancia en Montreal. Estoy seguro de que nadie que haya pasado por experiencias de este tipo se ha ahorrado estas preguntas. El tiempo -al menos en mi caso- me acabaría dando la respuesta.

“Era un miércoles de julio de 1987. Diría que segunda quincena. En la Universidad no había nadie. Allí julio era como era el agosto en nuestro país en los años 80. El jefe, Charles, había viajado por trabajo a Marruecos. Mis compañeros de estudios y los del equipo de investigación, estaban mayoritariamente de vacaciones. Yo decidí no hacer para avanzar con la tesis: cuando antes la terminara, antes volvería a casa a iniciar la verdadera etapa profesional que apenas había estrenado tímidamente poco tiempo antes de ir a estudiar a Canadá. En la 5ª planta del pabellón Lilian-de-Steward solo quedábamos Suzanne Walsh, que tenía que terminar un informe para la USAID, y yo. Las secretarias estaban también todas de vacaciones.

Hacia las 3 de la tarde Giorgos, el conserje griego-canadiense de la tarde, se acercó a mi despacho para comunicarme que las condiciones de trabajo no eran salubres y que teníamos que abandonar el edificio. En el exterior la temperatura era de 40ºC y la humedad, del 80%. Al salir vi los armarios metálicos donde en invierno guardábamos los esquís de fondo, guantes, gorras, abrigos… ‘¿Cómo puede ser que hace solo unos meses llegara aquí con esquís de fondo y temperaturas de -20ºC y -30ºC?’, pensé. Esto mismo, pero al revés, les pasó a los colonos franceses que llegaron en verano, cuando se toparon con el invierno: al principio, morían literalmente de frío. Yo estaba a punto de fundirme de calor.

¡En la calle la sensación era de achicharrarte y ahogarte! En aquella época, dado que el período de calor más o menos intenso, no superaba las tres o cuatro semanas, el aire acondicionado  era un lujo, restringido a pocas casas y edificios. Se trataba de ir a refugiarse a un sitio con aire acondicionado y confiar en que con la caída del sol la cosa, a pesar de la humedad, fuera más llevadera…

Cogí el viejo Ford Monarch de 1974 -¡tenía seis cilindros y aunque solo funcionaban cinco, había aguantado bien los -40ºC y ahora, a pesar de los 40ºC, seguía funcionando! -, y fui a La Moulerie, en la calle Bernard. Estuve dos o tres horas observando a los clientes y dándome cuenta de que muchos estábamos en la misma situación. El camarero, cuando veía que tenías el vaso vacío, enseguida venía a preguntarte de forma algo ‘inquisitorial’ si ‘querías tomar algo más’. ¡¡¡Yo creo que en las dos o tres horas que estuve allí me pregunté varias decenas de veces qué ‘coño’ hacía yo en aquel maldito país!!!

No sabiendo ya qué más tomar y estando harto de estar allí, fui a la Maison de la Presse en la calle Saint Denis. Cuando hube hojeado ‘El País’ (único periódico español que llegaba allí. Los jueves llegaba ‘La Vanguardia’ del domingo anterior a La librería española, tienda exótica regentada por latinoamericanos, en la que podía encontrar desde colonia Denenes, hasta flan Potax que no había visto desde que era pequeño), los periódicos locales ‘Le Devoir’, ‘La Presse’ y ‘The Gazette’ ,‘Le Monde’, ‘The New York Times’ y no sé cuántas revistas, fui a cenar a un ‘bistrot’ de la misma calle, consiguiendo llegar a casa sobre las 9 de la noche. Mientras cenaba pensé varias veces más ‘¿¿¿qué demonios hago yo aquí???’.

Si en la calle hacía calor, dentro de casa la situación era insoportable. Aquellos edificios forrados por dentro con madera y con materiales aislantes para impedir que entrara el frío y se escapara el calor de la calefacción en invierno, cuando la canícula estival había conseguido penetrar dentro, eran auténticas saunas.

Me tumbé desnudo sobre la cama y el ventilador que tenía delante de mí solo removía el calor tórrido. Cansado de dar vueltas en la cama, llené la bañera de agua ‘teóricamente fría’ y estuve un rato dentro. Adivináis qué pensaba, ¿no?… ¡Decidí ir a la playa!

A las 5 de la madrugada metí cuatro cosas en la mochila, cogí el viejo Ford Monarch, Ridgewwod abajo hasta Côte des Neiges, Queen Mary a la izquierda, Boulevard Decarie hacia el sur, la 10, el puente Champlain y hacia al este y hacia el sur hasta la frontera con Estados Unidos en Philispburg -el numerito habitual con la inmigración americana-, la

FORD MONARCH

Interstate 89 sur, luego la 93 este hasta la 95 norte, Vermont (donde iba a esquiar en invierno), New Hampshire y por fin Maine. Ya era jueves.

Unas cinco horas largas para recorrer algo más de 300 millas (unos 480 km), por paisajes bien conocidos.

Al principio, con las ventanas del coche abiertas (¡por las mismas razones ya expuestas, los coches de 1974 tampoco tenían aire acondicionado!) experimenté una ligera mejoría. Sin embargo al cabo de un rato las tuve que acabar cerrando: ¡¡¡entraba fuego!!!

Cuando estaba a unos 15 minutos de la costa divisé una grisura en el horizonte. ¡A medida que me fui acercando vi que era niebla! De repente el sol desapareció y entré en una niebla espesa. ¡¡¡Abrí la ventana y la sensación fue de sauna húmeda!!! No se veía nada. Nada de nada. Hice los últimos kilómetros a paso de tortuga y a tientas llegué a Ogunquit y como pude al hotelito estilo ‘New England’ que había reservado por teléfono -con ‘credit card y yellow pages’, Internet quizás existía pero no estaba extendido- en una parada para repostar gasolina cerca de Burlington (Vermont), ciudad a la que iba a menudo los fines de semana (está a unas dos horas escasas de Montreal). Menos mal que el hotel tenía aire acondicionado porque el calor de Montreal era el mismo en Ogunquit y durante todo el trayecto. La humedad también, ya que si bien estaba en el Atlántico, el efecto del río Saint Laurent en Montreal es similar.

Encima de la cama había una toalla de playa. La aparté y me tumbé. A pesar de que era la primera vez en horas que la temperatura me resultaba agradable, no pude evitar preguntarme ‘¡¡¡¿quién demonios me ha mandado a mí ir a estudiar a Montreal?!!!’.

Comí al lado del hotel y, a pesar de la niebla, me dije a mí mismo que ‘yo había ido a la playa y que iría a bañarme al mar, sí o sí’. Subí a la habitación a coger la toalla y cambiar bermudas por bañador y… ¡al llegar a la playa me di cuenta de que no veía a la gente tumbada sobre la arena hasta que prácticamente chocaba con ellos! Llegué al agua del Atlántico como pude -normalmente demasiado fría para mi gusto, pero ese día balsámica-, me refresqué tomándome mi tiempo a pesar de no ver nada, y tal y como salí del agua volví al hotel, me duché y me volví a estirar en la cama para disfrutar de nuevo del aire acondicionado.

¡Fui a cenar a un restaurante con aire acondicionado y probé por primera vez en mi vida White Zinfandel, un vino que a pesar del nombre es un rosado claro de California que lo hacían pagar a un precio poco asequible para un estudiante becado! ¡¡¡Pero qué demonios!!! ¡Qué menos en aquella situación! Porque ya me contaréis… ‘¡qué coño hacía yo allí!’.

Todos los días fueron similares. El viernes intenté ir a la playa de nuevo, con resultado similar al del día anterior… El sábado ya no fui. Me acerqué a Kennebunkport -unos 20 km al norte de Ogunquit, para curiosear -obviamente de lejos, o tan cerca como los servicios de seguridad permitían- la mansión de veraneo del entonces vicepresidente de Estados Unidos y su familia, George Bush padre, situada en una cabo, un pequeño istmo de la costa.

El tiempo hasta el domingo pasó muy lentamente. Después de haber visitado todas las tiendas y locales con aire acondicionado de Ogunquit, emprendí el camino de vuelta, confiando que en Montreal hiciera menos calor. En Estados Unidos, en aquella época pre-Internet y pre-Smartphone, era imposible saber qué tiempo hacía en Montreal. Para los americanos, los vecinos del norte -como casi el resto del mundo- son una anécdota sin demasiada importancia.

Me sentía solo y abatido. La vuelta fue calcada a la ida, pero al revés. ¡Al cabo de unos 15 minutos de dejar Ogunquit hacia el interior y desaparecido ‘el efecto mar’, la niebla desapareció, reapareciendo como

CASA DE GEORGE BUSH A KENNEBUNKPORT, MAINE

una terrible bola de fuego el sol! El único aliciente que tenía era llegar a Burlington (Vermont), a unos 350 km, para ir a cenar al Penny Cluse Cafe frecuentado por el entonces alcalde de Burlington, el actual senador Bernie Sanders, con el que con otros compañeros europeos, en diferentes ocasiones, habíamos tenido conversaciones agradables y enriquecedoras. Ese día no estaba…

Recorrí los 160 km que me quedaban hasta Montreal y… nada había cambiado. ¡El mismo calor y humedad que se preveía durarían tres o cuatro días más!

Fui a (intentar sin éxito) dormir, solo y triste y preguntándome por enésima vez ‘¡¡quién coño me había mandado a mí ir a estudiar a Montreal. ¿Por qué?!!’”. (Continuará).

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