welfare[2]

El nacimiento del modelo del bienestar en Europa supuso colectivizar la responsabilidad e introducir la acción protectora del Estado, todo ello en base a unos valores que, como mencionaba en los posts anteriores, hoy están poco presentes.

Valores que en el campo político inspiraban a gobiernos democristianos y socialdemócratas suficientemente sólidos para modular el mercado e introducir el bienestar.

La intervención del Estado no impedía que cada individuo tuviera responsabilidad personal sobre el propio bienestar y la felicidad individual. Pero estaba claro, que no podía haber derechos sin deberes y sin compromiso colectivo. En aquella sociedad, había un tejido social sólido, con sentido comunitario, basado en la idea de que el ser humano es un ser social. Sin estos atributos no se hubiera podido construir el Estado del Bienestar.

Hoy, como hemos visto, hablamos de otras cosas. De una “crisis moral de dimensiones descomunales”, de que “la falta de escrúpulos ha caracterizado el mundo financiero”, de que la evolución social “ha reducido el hombre moral al homo economicus” o de que el capitalismo ha puesto en crisis la democracia. Pero la realidad es que la evolución del capitalismo ha afectado a la esencia humana.

Josep Ramoneda utilizaba el término nihilismo para referirse al todo vale actual, a la creencia de que todo está permitido, que no hay límites, que la “cuenta de resultados” lo justifica todo, refiriéndose al ámbito económico como terreno de manifestación más evidente de este nihilismo, de esta falta de valores.

El consumo, y más que el consumo el consumismo, es clave para entender que cuando no se acierta con el tipo y, digamos, la “cantidad” de regulación, la dinámica del mercado puede hacer entrar en crisis al hombre como tal. Como hemos dicho el homo economicus ha acabado con el hombre moral.

Quiero aclarar que tan negativa es la regulación inadecuada, como el exceso de intervencionismo del Estado. En especial, si los valores no están claros y si los referentes personales no coinciden con los colectivos. La combinación de “demasiado Estado” con sistemas de valores poco sólidos es tan nociva como la combinación de crisis moral con debilidad institucional, que es la combinación que ha estado en la base de la actual crisis.

El consumo se ha venido asociando a una idea sobre la felicidad bastante extendida en nuestra sociedad. En este camino hacia la felicidad a través del consumismo, se incorpora el consumo de servicios propios del bienestar. Los servicios sanitarios son un buen ejemplo. Este consumo sigue los mismos patrones utilizados para consumir cualquier otro producto: se quiere todo, rápido, de calidad y sin desembolsos (¡impuestos aparte, claro!). Y, a pesar de que en estas épocas de recortes y sufrimiento real pueda parecer innecesario o inadecuado decirlo, habrá que aprender que este quererlo todo, al momento, cerca de casa y si puede ser al lado, de calidad y sin pago en el punto de consumo;  todo ello a la vez, no hay ningún sistema del bienestar en el mundo que lo aguante. Lo que no se paga con dinero, se paga con tiempo de espera cuando no con calidad y/o con seguridad en la atención.

La indignación social generalizada puede dificultar que se acepte que, entre los esfuerzos iniciales de nuestros antepasados ​​para que fuera posible un buen Estado del Bienestar y la reciente situación de recortes importantes, se haya configurado un tipo de “consumidor de servicios del bienestar” que, además de ser exigente, tiene unas expectativas ilimitadas. La emergencia de una noción perversa de los derechos individuales choca con un elemento sin el cual no hay sistema de bienestar: el sentido comunitario, la conciencia de los derechos colectivos.

Confundir ser con tener o vivir con consumir, creer que lo que da sentido a la existencia es el crecimiento material, no saber distinguir la esencia de la apariencia y perder el contacto con lo que de verdad es esencial, pensar que la libertad es posible sin responsabilidad, tener presentes los derechos y olvidados los deberes… Todo ello es el resultado de la profunda crisis moral que nos afecta como sociedad y, aparte de dar pistas sobre cómo hay que actuar, ayuda a entender la dificultad de encaje del Estado del Bienestar en este contexto.

Sin duda hay quien tiene más responsabilidad en la génesis de este mundo descabellado en el que vivimos. Alerta, sin embargo, cuando la tendencia es creer que el origen de nuestros males está exclusivamente en los que nos rodean (o nos gobiernan o nos dirigen) y en absoluto en nuestras propias contradicciones internas y en cómo contribuimos a construir el espacio colectivo.

En este contexto, la cuestión educativa, la formación en contenidos instrumentales, sobre todo en valores, la formación humanística, son hoy por hoy una emergencia. Constituyen material de primera necesidad. Necesitamos mejores políticos y mejores agentes económicos. Pero también necesitamos estimular lo mejor de cada uno.

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Un comentario sobre “EL ESTADO DEL BIENESTAR Y LAS CRISIS: LA NECESIDAD DE FORMAR EN VALORES (III)

  1. Com sempre genial!se’ns dubte la tercera part és la millor,ens enriqueixes amb coneixement i VALORS MORALS.Gràcies per compartir-ho

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