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Los compañeros de la Fundación Barcelona, que hace pocos días ha alcanzado los 25 años de existencia, quieren retomar el debate sobre el Estado del Bienestar. No exactamente sobre la crisis del Estado del Bienestar, sino sobre el Estado del Bienestar. El ejercicio de pensar en cómo centrar el debate, estimula algunas reflexiones.

El momento es de crisis, de crisis en plural. Hay quien incluso habla de cambio de paradigma y de punto de inflexión en la historia moderna de Occidente.

De la misma manera que cuando se habla de crisis, la reducción del ser humano al Homo economicus hace que se asimile a crisis económica, cuando se habla de crisis del Estado del Bienestar a continuación aparecen en escena las dificultades económicas para mantenerlo y hacerlo sostenible.

Aceptando esta simplificación de la realidad, hay que señalar que desde finales del siglo XVIII el crecimiento económico ha derivado del incremento del número de trabajadores (y de los avances tecnológicos). Pero ahora tenemos una de las poblaciones más envejecidas del mundo. Acabamos de pasar por una “burbuja demográfica”, pero ya ha explotado. Ya no llegan nuevos inmigrantes, tenemos pocos jóvenes, un 26 % de paro que ha venido para quedarse y un 50 % de paro juvenil. ¿Quién pagará entonces el Estado del Bienestar? o ¿qué nivel de bienestar nos podremos permitir?

El Welfare State apareció -en cuanto al volumen de prestaciones que lo caracterizan- en la Europa de finales de la II Guerra Mundial. Coincidió con una época de reconstrucción y de inicio de la etapa de crecimiento económico más importante de la historia. Pero este extraordinario elemento de cohesión social, no se puede analizar sólo desde la perspectiva económica. Entonces la población era joven y con el baby boom de los 60 se rejuveneció más. Pero hay más cosas. El sistema de valores de la posguerra era muy diferente al actual.

Pocos días después del brutal atentado del 11 de septiembre de 2001 en New York, pronuncié una conferencia en ESADE sobre el Estado del Bienestar, el contenido de la misma, desgraciadamente (hemos avanzado poco), está demasiado vigente. Entonces me refería a que ya antes de aquel 11 de septiembre consideraba que estábamos:

… en un momento en el que todos sentimos que el mundo está cambiando. Los parámetros que durante años han nutrido nuestra identidad y nuestra seguridad no parecen útiles para hacer frente al futuro. Pero no hemos sido capaces de actualizarlos o de sustituirlos por otros nuevos“. Y añadí:

Después del horror que ha sacudido el mundo hace pocos días, la sensación de incertidumbre es aún más patente. El mundo cambia pero no está claro si lo hace en la buena dirección. No está claro si seremos capaces de definir nuevos referentes, nuevos sistemas de valores, que permitan el desarrollo y el bienestar de las personas. De todas las personas. Si desde el mundo occidental no conseguimos disminuir los desequilibrios enormes que separan el mundo rico del mundo que vive en la miseria, cada vez será más difícil mantener la paz y el bienestar (…) No comparto la confusión, ni la demagogia, ni todas las emociones que rodean a los grupos antiglobalización. Pero no creo que sea bueno fomentar el pensamiento único si lo que queremos es el bienestar de las personas. Es necesario  estimular, más que nunca y sin miedo, el diálogo entre posiciones alejadas, el respeto a la diversidad y, sobre todo, el respeto a todas las personas…“.

Los valores que hicieron posible el nacimiento, el crecimiento y la sostenibilidad (no sólo económica) del Estado del Bienestar, han cambiado radicalmente. El pensamiento único se ha impuesto, el poder financiero ha arrinconado al poder político y la crisis del Estado del Bienestar se ha interpretado en clave exclusivamente económica, siendo los recortes (inevitables de todos modos en primera instancia, pero con matices) la respuesta automática de los gobiernos a la falta de escrúpulos que ha caracterizado al mundo financiero.

Pero volviendo al 2001, y a aquella conferencia, a cómo se veían las cosas entonces, ¡imaginemos cómo se pueden llegar a ver hoy después de todo lo que ha pasado!

En ese mismo momento, mientras estábamos reunidos en ESADE, la burbuja inmobiliaria y financiera que acabaría evidenciándose el 14 de septiembre de 2008 con el estallido de Lehman Brothers, símbolo de la Gran Depresión de 2009 y de la devastadora crisis que se nos venía encima; se hinchaba a toda máquina. ¿Quién podía imaginar todo lo que pasaría? Desde los atentados de Madrid (pasado mañana hará 10 años) y de Londres, hasta los recortes y  todo tipo de acontecimientos que han provocado la sensación de que estamos ante algo mucho más importante que una simple crisis económica.

Las crisis económicas forman parte del ADN del capitalismo. Hemos oído hablar de la Gran Depresión del 29 y hemos vivido crisis en los años 70, 80 y 90. Pero nunca, más allá de algunas minorías -hay que decir que en algunos momentos y contextos no tan minoritarias-, no se había cuestionado, como ahora, el capitalismo, por colisión grave de éste con la democracia. Colisión que ha adquirido unas formas sólo imaginables en el marco de una crisis moral de dimensiones descomunales. El Estado del Bienestar es uno de los damnificados de este choque de grandes proporciones.

Volviendo a aquella conferencia de septiembre de 2001, citaba entonces al muy admirado profesor Luis de Sebastián, que poco antes de morir escribió en prensa lo siguiente:

“… Después de la II Guerra Mundial, los países europeos se recuperaron gracias al esfuerzo colectivo. Unos más que otros, pero todo el mundo, perdió alguna cosa en la guerra. Y en un contexto en el que nadie estaba bien, todo el mundo cedió alguna cosa de lo que consideraban suyo, para reconstruir unos países arrasados y levantarlos espectacularmente…”.

Con estas palabras concluía:

Soy incapaz de prever si la actual crisis – ¿cambio de paradigma tal vez? – puede fomentar la aparición de valores que permitan un nuevo modelo de bienestar. Ya no basta con hablar de reforma del Estado del Bienestar, ni de reforma de la sanidad. Hay que reinventar. Lo que ha sucedido es que la combinación del Estado del Bienestar con la difuminación de los valores que lo hicieron posible, nos ha convertido en seres malcriados e insolidarios. Nadie de los que hemos tenido la suerte de disfrutarlo quiere renunciar a las ventajas que ofrece el Estado del Bienestar y quisiéramos que este tipo de “barra libre” fuera eterna y cada vez más generosa… El Estado del Bienestar se mantiene por inercia, es una herencia de nuestros esforzados antepasados ​​que proporciona mucha comodidad, pero que se sustenta en unos valores distintos a los que usamos para vivir y para relacionarnos…“.

Soy consciente de que formo parte de una de las generaciones más privilegiadas de la historia. La última que habrá disfrutado de unas condiciones de vida y de un bienestar superior al anterior. La de nuestros hijos será la primera de  probablemente unas cuantas que vivirá peor que la de sus padres, es decir, nosotros.

Y “nosotros” en términos generacionales somos los grandes responsables de haber transformado más que nunca al hombre moral reduciéndolo al Homo economicus.

Este es el contexto en el que con los amigos de la Fundación Barcelona -y lo mismo deberá hacer cualquiera que se embarque en un ejercicio similar- tendremos que debatir sobre el Estado del Bienestar. No podremos, pues, limitarnos a hablar de la crisis económica y de los recortes. La crisis moral, la crisis política, la crisis cultural, deberán estar presentes en nuestro debate si queremos -aparte de ser honestos – contribuir con el pensamiento y la capacidad de acción, por este orden, a rectificar la dirección y a que el mundo en el que nuestros hijos se están haciendo adultos, reaccione.

Estamos en condiciones, no de curar porque la enfermedad que hemos contribuido a propagar es muy grave, pero sí de aplicar un “plan de cuidados paliativos”. Creo que tenemos la obligación. Qué menos cuando el grueso del desastre provocado -también de la deuda económica generada- la deberán afrontar las generaciones futuras. Hemos estropeado la solidaridad intergeneracional (entre otras). Revitalicemos, como mínimo, la responsabilidad entre generaciones.

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Un comentario sobre “EL ESTADO DEL BIENESTAR Y LAS CRISIS. ¿HACIA UN NUEVO PARADIGMA? (I)

  1. Una reflexió molt valuosa. Gràcies per compartir-la.

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