Festival FEC'10

María Titos. El periódico.

Las personas, en la medida que no somos clónicos, somos desiguales. En este sentido, la desigualdad es natural y la búsqueda de la igualdad, una aspiración que hay que perseguir, pero una quimera en la realidad.

Ahora bien, cuando se llega a la situación actual de desigualdad socioeconómica, caracterizada por la acumulación de riqueza y de ingresos en un número reducido de ricos, es necesario revisarla a fondo. Los riesgos son altos, no sólo para la propia economía, sino también para la cohesión social y la convivencia, para la democracia y para ámbitos tan importantes como el de la salud de las personas.

No hablamos de nada que sea nuevo ni desconocido. Se trata de un claro fenómeno cuando comparamos el “mundo desarrollado” con los “países emergentes”. Pero también evidente al comparar los diferentes niveles socioeconómicos en países ricos. Más exagerado en unos como EEUU por ejemplo, menos en otros de la UE o en Canadá, por citar alguno.

Pero en los últimos años, se ha polarizado la desigualdad en los extremos de la escala de la distribución de la renta. Piketty y Saez demuestran que la concentración máxima de la renta en el 10% de población más rica se alcanzó inmediatamente antes de la gran depresión de 1929, igualándose la distribución entre la población desde el final de la II Guerra Mundial hasta el inicio de la crisis del petróleo de 1973, para elevar de nuevo la desigualdad al máximo con la crisis financiera del 2008.

Durante tres décadas, precisamente coincidiendo con el momento en el que se desarrolla en Europa el Estado del Bienestar, se produce un cierto espejismo provocado por el crecimiento del crédito y el desarrollo de la economía financiera por encima de la productiva. Últimamente hablamos de “cuando creíamos que éramos ricos” para describir este espejismo que, en España y en Cataluña, ha adquirido grandes proporciones y se ha concretado en una política de endeudamiento e hipotecaria, provocando una burbuja que cuando ha estallado ha puesto de manifiesto la realidad ante todos, con toda su crudeza.

Piketty está ahora de moda por su libro “Le capital au XXIème siècle”. El autor es francés y el libro ha sido publicado originalmente en la lengua de Francia, país con un debate permanente sobre la desigualdad (liberté, egalité, fraternité) y en el que ha tenido gran éxito. De hecho, en la medida que expone los efectos inquietantes del capitalismo, basado en la lógica desigual de la economía financiera, se ha convertido en un bestseller mundial. Pero donde ha tenido más impacto ha sido en el país que fue construido sobre la base de la desigualdad: los EEUU.

En los últimos años, en aquel país, la riqueza acumulada por ese 10% de la población, se ha concentrado más en los más ricos de este grupo. La desigualdad es creciente en todo el mundo, pero se habla más desde que se ha convertido en una prioridad en la agenda política americana. Aunque la desigualdad en España es mayor que la observada en el conjunto de la UE -y ésta es importante y creciente-, como dice Merkel “Europa representa el 7% de la población mundial, el 20 % de la producción y la mitad del gasto en Seguridad Social que hay en el mundo“. Por este motivo, me parece acertado que hablando del rol de Europa, personas como Pascal Lamy opinen que el proyecto europeo debe ser el de “civilizar la mundialización“.

Si aceptamos que por la propia naturaleza humana es imposible la igualdad absoluta y también que, según muchos economistas, la desigualdad impide que la economía de mercado funcione de forma eficiente, parece más lógico debatir sobre cómo revertir la desigualdad extrema y la no tan extrema, que sobre la erradicación de la desigualdad.

Se atribuye a Keynes la referencia de que a pesar de no existir argumento alguno para justificar la desigualdad extrema de principios del siglo XX, sí que había unos cuantos para defender una cierta desigualdad en favor del crecimiento económico.

Hay que evitar los extremos. Hay que perseguir la equidad -por ejemplo a la hora de acceder a servicios esenciales- de la misma forma que hay que perseguir la igualdad de oportunidades -para acceder a la formación o al mercado laboral, por ejemplo-. Eso sí, debemos acordar el significado que le queremos dar a las palabras. Equidad significa igual intensidad de respuesta a igual intensidad de problema. Pero no igual intensidad de respuesta cuando la gravedad del problema sea diferente. Esto es, precisamente, iniquidad. Asimismo, buscar la igualdad de oportunidades implica entender que no todo el mundo -incluso en condiciones socioeconómicas comparables- las aprovechará de la misma manera. Cuidado cuando, por ejemplo, se propone bajar una nota de corte ya que puede conllevar la pérdida de calidad de unos estudios o rebajar el nivel del resultado deseable porque una minoría no puede alcanzarlo.

Es comprensible que hoy en día se critique a Adam Smith y “la mano invisible del libre mercado” que, coordinando las voluntades de los individuos preocupados por sus intereses personales, conseguiría la conciliación con el interés general y el bien común. Se olvida que Smith fue el autor de “La teoría de los sentimientos morales” y que no concebía el capitalismo sin fundamentarlo en una base moral y ética. El problema es que las motivaciones humanas -no sólo las del mercado- obvian esta ética y la persecución del beneficio personal deja totalmente de lado el bien común.

A menudo me he referido a que la crisis moral que nos afecta colectivamente, nos lleva a confundir el tener -o simplemente el hecho de vivir- con el consumir, a creer que lo que da sentido a la existencia es el crecimiento material, a confundir la esencia humana con la apariencia; en definitiva a asociar la felicidad con el consumo. El consumo, lógicamente, va ligado a la capacidad de consumir y en un contexto en el que el criterio monetario se impone como medida de la utilidad del bien o servicio que se quiere consumir, la desigualdad crece y el círculo vicioso está servido en un mercado y en una sociedad que no se rigen por el principio ético.

El “tanto tienes, tanto vales” supone que el citado 10% de ricos, y en especial los más ricos de este grupo, en defensa de su interés individual, acaben incorporando una creciente insensibilidad social que ha destrozado desde el fundamento moral de la economía de mercado, hasta las bases que hicieron posible el estado del bienestar entre los años 40 y 70 del siglo pasado (ver posts del 23 y 27 del pasado marzo).

Reconozco que el análisis del problema es más sencillo que la formulación de soluciones. Una aproximación al “qué” hacer consistiría en reducir la desigualdad sin renunciar a las ventajas de la competencia para conciliar el capitalismo con la igualdad o, mejor dicho, con mucha menos desigualdad.

En cuanto al “cómo“… difícil. Antón Costas, Presidente del Círculo de Economía, sugiere intervenir con regulaciones inteligentes. Recomienda aplicar políticas fiscales adecuadas y con efectos redistributivos, así como promover que la economía real -productiva, industrial-, recupere terreno a la financiera. Difícil, sí. Y aún más si, como es el caso, la economía está globalizada y el gobierno del mundo no lo está.

En cualquier caso, dado que la regeneración moral será condición sine qua non para mejorar la situación actual, vale la pena recordar de nuevo el último párrafo del citado post de 27 de marzo, que decía:

En este contexto, la cuestión educativa, la formación en contenidos instrumentales, pero sobre todo en valores y la formación humanística, son hoy por hoy una emergencia. Constituyen material de primera necesidad. Precisamos mejores políticos y mejores agentes económicos. Pero también necesitamos estimular lo mejor de cada uno“.

Seguiremos hablando…

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