Las tormentas de la semana pasada han dado paso a unos días soleados, brillantes, llenos de luz. El azul claro del cielo y el azul menos claro del mar, pero también clarísimo, completan unas vistas preciosas. El calor de los meses de julio y agosto queda atrás. Mi sensación es de septiembre de verdad, de los septiembres de antes, imagino que de antes de los efectos del cambio climático.

El día se acorta, como si tuviera prisa por dirigirnos al otoño. Los colores son muy bellos. Los verdes, los azules del cielo y del mar. Hace viento, algunos días más que otros y, excepto en las horas centrales, refresca. Por la noche, en el porche de casa, prácticamente se necesita un jersey fino y, por primera vez en días, he tenido que cerrar la ventana de la habitación para poder dormir sin notar un fresco todavía tímido, pero bastante incómodo. La vista del cielo claro y lleno de estrellas durante la noche, sin contaminación lumínica ni de ninguna clase que lo enturbie, es preciosa. La luna está creciendo…

Este no es el primer escrito de final de verano. Ni mucho menos. Recuerdo haber escrito en más de una ocasión -probablemente también en este blog- sensaciones de final de verano. Aparentemente son episodios similares pero, a la vez, diferentes. Lo que es seguro es que la manera de vivirlos va cambiando… Quizás los verdes y los azules los hemos visto y descrito muchas veces, pero el recuerdo de los finales de verano, por ejemplo en el Empordà, hace años, con los hijos pequeños, en circunstancias diferentes, hace que las vivencias cambien.

Hoy el agua del mar estaba muy fresca para lo que es habitual en la época, en el sur de Cataluña. Me ha recordado a la de hace años, a finales de septiembre, en la Costa Brava. Fría, pero clara y transparente, encalmada a pesar del viento. Con corrientes visibles, pero sin olas. Como un lago con pequeñas corrientes provocadas por el soplar del viento. Casi nadie. ¡En realidad, ni en el momento más álgido del verano hay mucha gente en estas playas, pero ahora se pueden contar con los dedos de una mano y media!

Una señora leía muy concentrada un libro, mientras su acompañante disfrutaba ostensiblemente del agua fresca. Ha nadado, se ha relajado flotando rato sobre el agua salada… Ha tardado en salir y al terminar el baño parecía satisfecho. Una madre joven pendiente de su hijo pequeño, no conseguía tomar el sol de forma relajada, mientras un poco más allá, dos chicas jóvenes lo tomaban tranquilamente compartiendo una conversación animada. En el chiringuito había un grupo de cuatro hombres tomando un aperitivo y dos señoras más bien mayores comiendo en horario muy europeo.

Yo he empezado el cuarto libro de este verano, después de vivir una experiencia inédita: he dejado los tres anteriores en estados de lectura más o menos avanzados. Bueno, uno -una novela histórica o un capítulo de la historia novelada de 935 páginas- ya lo acabaré. Digamos que este, en lugar de leerlo de forma exclusiva y continuada, ya lo iré leyendo. Pero los otros dos no los retomaré. En algún momento me he preguntado si estoy teniendo problemas de atención, de concentración. Quizás sí… En cualquier caso, no he podido con ellos.

Ya hace varios veranos que -solo lo hago durante las vacaciones- leo un tipo de libros, al menos uno que, para mí, más aparentemente que realmente, podrían parecer soft, “ligeritos” vaya. Pero hay algunos escritores que me gusta cómo tratan los aspectos humanos más primarios, de forma fresca, con recursos literarios interesantes para los que nos gusta aprender a escribir algo que merezca ser leído, también el trabajo de documentación que hay detrás de estas novelas, como decía aparentemente, superficiales. ¡Bueno, hoy he encontrado este libro cuando las vacaciones, tardías este año, ya se acaban! El primer y el segundo capítulo… “Ay, ay, ay…”, he pensado. ¡¡¡Pero el tercero…!!! ¡¡¡El tercero me ha enganchado y, a pesar de que tenía la piel ardiendo por el efecto del sol y necesitaba darme un chapuzón, hasta que no lo he acabado no he salido disparado -ya muy acalorado- hacia el agua fresca!!!

He ido a comer, satisfecho por el hallazgo, al chiringuito. Los cuatro hombres que tomaban el aperitivo estaban terminando, alargando la conversación hasta que uno ha decidido ir a pagar. Las dos señoras -hablaban francés- disfrutaban lentamente del café sin parecer tener ninguna prisa. Y es que había motivos para no tener prisa. El chiringuito está situado a escasos metros del mar, prácticamente delante de un pequeño cabo que entra en el mar y separa la bahía/cala en dos calas no muy grandes, bonitas y agradables. A la hora de comer el sol proporcionaba un tono ocre a las rocas del pequeño cabo, plateado a las piedrecitas de la playa y en el fondo de “la postal” el mar cambiaba de verde-azul transparente, cristalino, a azul cielo para acabar siendo azul marino hasta el horizonte. He comido tranquilamente, sin ninguna prisa, fusionado con el paisaje. Coincidiendo con lo que llamamos primera hora de la tarde, a las tres y media, cuatro, ha venido, por un lado, un grupo de tres chicas que me han parecido de edad universitaria y, por otro lado, un hombre solo, un hombre mayor, atlético, con la piel morena del sol, de un color bonito, que ha desplegado una silla, se ha sentado y, con la mirada perdida en el horizonte, ha acabado de fumar un pequeño purito que llevaba encendido. A continuación se ha sumergido en el mar y ha empezado a nadar hasta que costaba verle la cabeza en la lejanía. Ha tardado en volver pero ha vuelto, ha vuelto a sentarse en la silla y ha encendido otro purito. Eran los bañistas de la tarde.

Me sabía mal poner fin a ese rato, pero finalmente he vuelto a la playa y he continuado leyendo el libro en cuestión. El sol ya no tenía la fuerza del mediodía, la ventisca era fresca y estaba bien leyendo. Antes, sin embargo, he recordado una comida que compartimos un grupo de amigos en este mismo chiringuito los primeros días de vacaciones. Todos -excepto una amiga incorporada este año- formamos parte de una entidad social barcelonesa y tenemos en común el hecho de pasar las vacaciones por las Terres de l’Ebre o de compartir la vida entre Barcelona y estas tierras a lo largo del año. Tenemos más cosas en común que ahora no vienen al caso. De edades comprendidas entre cuarenta y pocos y sesenta y los que sea, todos y todas -excepto una pareja que este año no han podido venir- estamos separados. Otra pareja casados ​​de nuevo en segundas nupcias, y los demás intentando rehacer con más o menos suerte y/o acierto, las vidas respectivas…

No hay duda de que la dimensión pareja en los humanos es muy importante. Pero, viendo mentalmente la imagen de aquel grupo comiendo allí mismo hace pocas semanas, pensaba en el valor de la amistad. ¿Por qué? Al hombre que fuma puritos lo veo a menudo solo en la playa y comiendo solo en el chiringuito… No me preguntéis por qué pero me lo imagino con pocas relaciones con otras personas… Quizás la soledad en las personas mayores, como dicen algunos, se ha convertido en un tema de moda. Pero es real y no solo en las personas mayores. Hacía años que hablábamos de una sociedad individualista. Ahora se habla de la epidemia de soledad, de aislamiento social. Quizás es lo mismo, tal vez una es consecuencia de la otra o quizás son tonalidades distintas del mismo mal.

Aparte del hombre que fuma puritos, por la mañana había leído un artículo que me ha enviado una amiga -el enésimo sobre el tema porque, más allá del interés que suscita, por trabajo lo tengo que tratar- sobre la soledad. El artículo hablaba de la soledad como una nueva enfermedad y, consecuentemente, ya que es epidémica, un grave problema de salud pública. Qué extraños estos humanos, ¿no? ¡No tenemos suficiente con cargarnos el planeta, que queremos acelerar la autodestrucción con “novedades” como la epidemia de soledad!

En fin… que pensaba en el valor de la amistad, decía, también para prevenir la soledad.

Precisamente el libro que estoy leyendo trata sobre un grupo de parejas, de amigos, que van a pasar unos días fuera y deciden correr el riesgo de jugar al “juego de la verdad”. Se desvelan secretos, infidelidades, se intuye que entre las parejas hay relaciones cruzadas. Ternura, nostalgia, rutina, ironía, lo que fue y ya no es, amor y búsqueda de la felicidad a pesar de todo. Tema sobado, me diréis. Pero bien escrito y con capacidad de captar la atención y hacer conectar con los sentimientos más primarios que todos tenemos. En este relato nadie parece afectado por la enfermedad de la soledad. Pero les cuesta mucho ser felices… ¡Como dice la canción, “si no sabes ser feliz, nadie puede enseñarte a serlo”, que no es lo mismo que “quien no se conforma es porque no quiere”!

El sol ha ido cayendo, los colores han seguido cambiando y en la playa ya no queda casi nadie. El dueño del chiringuito descansa sentado solo en una mesa. Los únicos clientes son unos chicos jóvenes que toman cerveza. Me baño por última vez, me ducho en una de las duchas que hay en la playa para quitarme la sal y cojo el coche para adentrarme en el Delta. Detrás llevo la bicicleta.

Al cruzar la línea imaginaria que “engancha” el Delta con la tierra más firme, los campos de arroz empiezan a sucederse casi sin interrupción a ambos lados de estrechas carreteras. Campos verdes llenos de arroz esperando ser recogido. En esta época, especialmente en los días calurosos, cuando la humedad es alta, bajar todas las ventanas del coche proporciona una experiencia muy agradable: la de oler el aroma del arroz en su hábitat natural. Recuerda al olor que sientes cuando hierves arroz, pero no exactamente. Es mucho más agradable. ¡La combinación de lo que ves, alfombras extensísimas de arroz, verdes, canales de agua, aves por aquí y por allá, con este aroma, valen la pena!

Llego a la Casa de Fusta, y parece que me he trasladado a Canadá. Un panel allí situado explica a los visitantes que fue construida en 1926 por tres señores de Barcelona atraídos e interesados ​​por las aves acuáticas. ¡Para cazarlas! Todos los componentes de la casa, casi todos de madera, fueron llevados desde Canadá y pagaron por ellos 350.000 ptas.

Pedaleo durante una hora y media, el tiempo que tardo en dar la vuelta a la laguna de la Encanyissada. Veo cómo el sol se aproxima a los puertos para esconderse detrás, entre aves que vuelan en todas direcciones.

Cuando llego a casa, todavía es de día. Me subo a la parte más alta para contemplar la punta y el faro del Fangar. Anochece. El día se acaba, las vacaciones también, el verano… pronto… Un verano más, sensaciones similares a las de los demás veranos. ¡¡¡Pero, como decía antes, a la vez diferentes!!!

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