Hoy, 24 de marzo de 2026, se cumplen 10 años de la muerte de Johan Cruyff (Ver Gracias, Johan, del 28 de marzo de 2016).

Domingo, 15 de marzo de 2026. De Johan Cruyff a Xavi Espart

Me desperté con esa sensación ambigua, propia de los días que, sin saber muy bien por qué, prometen algo que no sabemos formular pero que intuimos que acabará tocándonos de un modo u otro. No se trataba solo de ir a Barcelona —que desde hace tiempo me cansa de una manera que va más allá del tráfico o del ruido y que tiene que ver con una pérdida de sentido que percibo cada vez con más claridad—, sino de la persistencia de ciertos rituales que, pese a todo, sigo manteniendo como una forma de coherencia conmigo mismo. Votar en las elecciones del Barça, reencontrarme con Oriol y Adriana, volver a pisar el estadio, sentarme y ver el partido como lo había hecho tantas veces desde pequeño.

Escuchando a Roger Escapa me enteré de que era el día de la maratón de Barcelona, que se celebraba en pleno Eixample, la patria —junto con Gràcia— de los malditos ex-pats, y que durante horas impediría moverse por el centro de la ciudad. Ese dato, aparentemente banal, acabó alterando toda la logística del día, obligándome a cambiar recorridos y a renunciar a mi sistema habitual de desplazamiento, la moto. Lejos de reconciliarme con la que fue mi ciudad, y que ya no siento como tal, todo contribuía a reforzar la sensación de que se ha convertido en un parque temático “cutre”, pensado más para ser consumido que para ser vivido. Imposible acceder a mi aparcamiento para dejar el coche y coger la moto, e imposible encontrarme, como había previsto, con mi hijo y Adriana en el Eixample. Y, sin embargo, iba, tenía que ir, porque el motivo no era visitar esta ciudad antipática y desagradable en la que se ha convertido Barcelona, sino ver y vivir el Barça.

Nos encontramos cerca del Camp Nou, todavía en transformación, con esa impresión extraña de los lugares que han dejado de ser lo que eran sin haber llegado aún a ser lo que serán. Claudia se había sumado de manera improvisada, y aunque su vínculo con el fútbol no era especialmente intenso, había en ella una ilusión concreta, inmediata, por estar allí y vivir aquella jornada. No llegaba cargada de historia ni de recuerdos acumulados, pero sí con una disposición abierta a dejarse llevar por la experiencia, algo que se hacía visible en su forma de reír, de moverse, de participar en el ambiente sin necesidad de nada más. Esa vivencia, que no necesitaba justificación racional, actuaba como contrapunto a mi mirada, más cargada de memoria y de contexto, y me recordaba que el fútbol, y todo lo que lo rodea, cuando es auténtico, alcanza también espacios que no pasan por el discurso, sino por una adhesión inmediata a una emoción compartida. Me complació vivir y extender mi pasión por el Barça a alguien que la disfrutaba de una manera distinta.

Hacía tiempo que no entraba en el estadio, y el reencuentro con ese espacio que ha formado parte de mi vida desde niño —todavía inacabado pero ya lleno de intención— me impresionó. Era la sensación nítida de volver a casa tras un largo tiempo de ausencia. Había gente, mucha gente, ambiente electoral y una luz clara que lo definía todo con precisión. El día era radiante.

Dentro, la impresión se intensificaba, como si ese espacio en construcción ya contuviera lo que será. Tenía ganas de ver a este Barça, precisamente a este, porque entre lo que había sido y lo que empezaba a recuperar de aquella manera de ser había habido un tiempo de transición necesario que a menudo se simplifica o se juzga con impaciencia. El final de la etapa de Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Gerard Piqué, Carles Puyol, Víctor Valdés y toda una generación irrepetible salida de la Masia y llevada a la máxima excelencia no admitía una sustitución inmediata. No se trataba de cambiar piezas, sino de reconstruir un organismo complejo, una arquitectura de juego y de sentido que necesita tiempo para volver a articularse. Durante un periodo breve pero inevitable, el equipo pareció perder ese corpus conceptual cruyffista que ordenaba el juego y le daba coherencia y excelencia. Solo con el paso del tiempo, con la irrupción progresiva de nuevos jugadores y con una mirada capaz de interpretar lo que había, se ha ido recuperando una forma reconocible. Aquí aparece una de esas paradojas que remiten a las dos caras de una misma moneda. La cruz —y la palabra exacta es desastre— fue la herencia dejada por Bartomeu y su junta, con una sombra más que razonable de frivolidad y corrupción. El club quedó tan arruinado, tan cerca del colapso, que cualquier tentación de salir del agujero fichando estrellas internacionales tuvo que descartarse.

Lo que en otras circunstancias habría sido el recurso más fácil se volvió imposible, y esa imposibilidad, que en un primer momento parecía solo una condena, abrió una oportunidad inesperada y beneficiosa. No quedó más remedio que recurrir a los chicos de la Masia, y es precisamente de esa necesidad convertida en virtud de donde nace lo que ahora vemos. El resultado puede parecer un milagro, no en un sentido místico ni exagerado, sino en el hecho muy concreto de ver cómo un grupo de jugadores muy jóvenes, formados en casa, compiten al máximo nivel internacional con éxito, con naturalidad y con una personalidad que desmiente la precariedad inicial. La desgracia se ha transformado en oportunidad, y lo que parecía pura ruina se ha convertido en la condición de posibilidad de una reconstrucción fiel a la esencia más profunda del club. Estos jugadores, con edades que van de los dieciocho a los veintidós años, no podían ser una solución inmediata, sino una realidad en construcción, y es aquí donde hay que entender el papel de Hansi Flick, que ha sabido leer este momento con una inteligencia que recuerda, en su naturaleza, la manera de Cruyff de adaptar las piezas a un modelo y llevarlo a su máxima expresión.

Flick, lejos de querer sustituir el pasado o competir con él, ha reconectado con el resorte profundo que da sentido al juego del Barça, y lo ha hecho con una sensibilidad que permite que estos jóvenes crezcan dentro de una idea y no solo bajo la presión inmediata del resultado, algo que en el fútbol contemporáneo resulta casi una anomalía. A medida que avanzaba el partido, me fijé en Xavi Espart, pero lo que realmente estaba viendo no era solo a un debutante con minutos, sino la manifestación de un conjunto de nombres que ya forman parte del presente del Barça y que han emergido mientras el estadio estaba en obras y yo no iba. Pau Cubarsí, Marc Bernal, Marc Casadó, Lamine Yamal y tantos otros configuran una generación que no aparece como una excepción, sino como consecuencia directa de un modelo. Espart, lateral derecho de dieciocho años, debutaba como titular, y en él se hacía visible todo lo que los demás ya habían empezado a mostrar. No fue una acción espectacular lo que me llamó la atención, sino una manera de estar en el campo que revelaba una comprensión profunda del juego, con un posicionamiento abierto que daba amplitud al campo, conduciendo el balón en diagonal hacia el interior cuando era necesario, participando en la construcción desde atrás y proyectándose hacia adelante hasta ocupar espacios que, en otros contextos, serían propios de un extremo.

Esta concepción, en la que el lateral deja de ser un defensor estático para convertirse en una pieza activa en la creación, responde exactamente al modelo instaurado por Cruyff, en el que las posiciones son dinámicas dentro de un sistema basado en la inteligencia colectiva y la ocupación racional de los espacios. Lo que vi en ese chico no era fruto de una inspiración puntual ni de un talento desordenado, sino la expresión de una herencia transmitida con una coherencia casi invisible. Y en ese instante volví a Johan, no al personaje con luces y sombras, sino al genio y a su aportación esencial. Antes de Cruyff, el fútbol mundial estaba dominado por estructuras rígidas, por una concepción defensiva culminada en el catenaccio italiano, por una idea del juego que priorizaba el control del riesgo por encima de la creación. Cruyff, a partir del fútbol total desarrollado con Rinus Michels, no se limitó a introducir ajustes tácticos, sino que transformó la manera de entender el juego, un sistema abierto basado en el movimiento constante, la posesión del balón (“si tú tienes balón, el otro no lo tiene”), los pases rápidos, la participación de todos en todas las fases y la generación de superioridad a través de la posición y de la lectura compartida.

Esta revolución no puede explicarse solo en términos deportivos, porque tiene una dimensión más profunda y, en un sentido preciso, artística. Lo que está en juego es la capacidad de generar emoción a partir de un espectáculo que puede leerse como una obra de arte. Cuando un equipo juega así y lo hace bien, lo que se produce, más allá de la eficacia competitiva, es una experiencia estética comparable a la de otras artes. Aquí se hace evidente la limitación de las miradas que banalizan el fútbol reduciéndolo a una actividad superficial. Lo que falta no es el juego, sino la capacidad de percibirlo, de leerlo, de dejarse impregnar por una magia que no es inmediata pero que, cuando se revela, tiene una fuerza difícil de explicar. En este punto, la comparación con las artes mayores deja de ser una metáfora y se convierte en una necesidad interpretativa. Lo que Cruyff hizo se parece más al gesto de un creador que al de un técnico que optimiza un sistema.

Después de determinados momentos en la historia de la pintura o de la música, no se puede volver atrás sin caer en el academicismo. De la misma manera, el fútbol posterior a Cruyff ya no puede prescindir de esa concepción basada en el movimiento, la posición, el “take the ball, pass the ball” (y no la pierdas¡), de Guardiola, y la inteligencia colectiva. Esta dimensión creativa explica que su legado no se agote en los títulos ni en los récords. Para eso ya existe el Real Madrid. El legado se mantiene porque merece la pena y porque sigue generando jugadores y equipos capaces de expresarlo con un grado notable de excelencia.

Lo que vi en Espart, en Cubarsí, en Bernal, en Casadó, en Gavi, en Olmo, en Yamal, no era solo promesa, sino confirmación de que esa idea sigue operando. Y mientras yo hacía ese recorrido interior entre pasado y presente, Claudia vivía el partido desde otro lugar, celebrando y dejándose llevar por una emoción inmediata. En esa coexistencia hay una verdad que conviene preservar. El fútbol, cuando es auténtico, puede contener estas dos formas de vivirlo sin anular ninguna de ellas.

Hace diez años escribí el post titulado Gracias, Johan, en el momento de su muerte. Lo hacía desde la emoción de aquel instante, asociando su desaparición a la pérdida de una inocencia comparable al descubrimiento de que los Reyes Magos no existían. Hoy, sentado en un estadio aún en construcción, viendo jugar a chicos que nunca había visto en directo y reconociendo en ellos una forma de jugar que solo existe si alguien se la hace suya, entiendo que aquel agradecimiento no era circunstancial. Formaba parte de una experiencia que sigue viva, que se manifiesta en cada generación y que, a veces, se revela en un gesto aparentemente menor que contiene toda una historia detrás. Una historia que no ha terminado, porque no es solo pasado, sino presente en movimiento, una cultura y, en cierto modo, una forma de mirar el mundo.

Por eso, diez años después, escribir sobre Johan Cruyff no es repetir un homenaje, sino reconocer que hay personas que realmente cambian el curso de los acontecimientos. Cruyff lo hizo en el fútbol, en el Barça y en la manera de mirar de muchos de nosotros. Fue mucho más que un jugador extraordinario y mucho más que un entrenador genial, porque introdujo una forma nueva, una sensibilidad nueva y una exigencia nueva, y dejó una obra viva que sigue respirando en los pies, en la cabeza y en el alma de unos chicos que quizá ni siquiera le han visto jugar.                                                                                           

Esto merece algo más que un elogio protocolario. Merece gratitud, merece admiración y merece, sobre todo, la conciencia de que sin él el Barça no sería lo que es. Algunos de los momentos de felicidad más intensos que nos ha dado este club tienen, en el fondo, su huella. Por eso, aquí y ahora, diez años después, con una convicción reforzada por los hechos, solo puedo decir lo mismo, con más fuerza y más experiencia, Gracias, Johan¡

NORMAS DE PARTICIPACIÓN

Los comentarios están sujetos a moderación previa, por lo que es posible que no aparezcan publicados de inmediato. Para participar es necesario que te identifiques, a través de nombre y de un correo electrónico que nunca será publicado ni utilizado para enviar spam. Los comentarios tendrán que ser sobre los temas tratados en el blog. Como es lógico, quienes contengan insultos o sean ofensivos no tendrán espacio en este blog. Los comentarios que no cumplan estas normas básicas serán eliminados y se podrá vetar el acceso de aquellos usuarios que sean reincidentes en una actitud inadecuada.
El autor no se hace responsable de las opiniones e información contenida en los comentarios.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *