Llegué a la Chascona a las 3 de la tarde. Lujo y bohemia, lejos de las infectas “poblaciones callampa” de Santiago. La sirvienta me dijo que entrara al patio cubierto por una cuidada parra espesa, que protegía del sol tórrido del verano austral. Pablo, caprichoso, egocéntrico, salió a través de una puerta secreta, se acercó y se sentó a mi lado.

-¿Se les ofrece alguna cosa a los señores?

Dijo la sirvienta. Y Pablo respondió:

-Amor mío, de pronto tu cadera es la curva colmada de la copa. Tu pecho es el racimo. La luz del alcohol, tu cabellera. Las uvas, tus pezones. Tu ombligo, sello puro estampado en tu vientre de vasija, y tu amor, la cascada de vino inextinguible, la claridad que cae en mis sentidos, el esplendor terrestre de la vida.

Sonrió y añadió:

-Sebastiana, traiga un blanco de Viña Errázuriz bien fresco.

-No está mal, Pablo. Un caldo del Valle del Aconcagua, tierra de magia y misterio. ¿Sebastiana también es tu amante?

-(Sonríe) Era mi destino amar y decir adiós.

-Por eso amas a los marineros que besan y se van, dejan una promesa y no vuelven jamás… Y sacan lo mejor de sí mismos después de tomar mucho vino, aunque no sea Errázuriz.

-Vienes a confrontarme conmigo mismo, ¿no es cierto? Pero la grandeza de mi obra no sería tanta sin amoríos y buenos vinos.

-¿Y tu vida? ¿Fue tan grande como tu obra?

-Mi vida es mi poesía. Pregúntale a ella.

-Me fascina la contradicción humana: poesía, abundancia, militancia en el partido comunista. ¿Te gustó Últimas tardes con Teresa?

-No la leí nunca. A Salvador le gustó la obra de Marsé. Me dijo: “Tuviste la suerte de poder ser el ‘pijoaparte’ antes de ser Teresa. Yo nací siendo Teresa”. Y es que yo nací pobre, en el sur. Hijo de un ferroviario rico de espíritu, pero de origen humilde. Después vino la abundancia, pero mi alma quedó anclada en la pobreza. Salvador venía de la aristocracia y la masonería. Pobre Salvador…

-Sí, pobre Salvador. Tan alejado estoy de su ilusa revolución como del horror de Pinochet. Pero cuando veo el Palacio de la Moneda, Allende suicidándose doce días antes de tu muerte, bajo el acoso de Pinochet y Kissinger, empatizo con personajes como él, Castro, el Che… y toda la épica de la infausta Latinoamérica. Pobre Salvador, ¡creyó que los gringos tolerarían otra Cuba en el patio de atrás! “Hay un cierto placer en la locura que solo el loco conoce”. ¿Eso es tuyo, no?

-También dije: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente, te encontrarás a ti mismo, y esa, solo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. Ojalá la terrible última hora de Salvador aportara paz a su alma. Que sepas, de todos modos, que no se suicidó. Lo asesinaron los fascistas. Y sí, me sorprende tu empatía con nuestra causa.

-No te sorprendas. Una vez, una niña “cheta” que jugó a ser “revolucionaria” en el 68, ante este comentario, me dijo: “No me sorprende. Aunque la lucha sea diferente, todos los idealistas tenéis algo en común. Yo lo fui en París. Luego la vida me situó en la realidad”. ¿Crees de verdad que fuiste revolucionario? Quizás tu poesía. Pero… ¿tú? ¿Qué fuiste, Pablo? ¿Quién fuiste, en realidad?

-En este minuto solo sé que fui mi poesía. Pregúntale a ella quién fui yo.

Pablo me invita a entrar al interior de la casa. Nos quedamos en el “Bar del Capitán”, una pieza pequeña y baja que, con una barra originaria de Francia, recrea la atmósfera de un bar de barco. Sebastiana abre la tercera botella.

– ¿Por qué te afiliaste al Partido Comunista? ¿Por qué retiraste tu candidatura a presidente por el Partido Comunista en favor de Salvador? Generosidad no rima con egolatría y megalomanía. ¿Dónde queda la poesía en todo esto? ¿Me dirás que la épica está cargada de poesía y viceversa?

-Es un privilegio de nuestra época -entre guerras, revoluciones y grandes movimientos sociales- desarrollar la fecundidad de la poesía hasta límites no sospechados…

-Ya. Pero, ¿y tu reacción cuando diste la conferencia a los del Sindicato de Cargadores del Mercado de la Vega? No sabías qué hacer con aquellos revolucionarios. Aquella, aun siéndolo, si es que lo fue alguna vez, ya no era tu gente. ¡No sabías cómo hablarles, no entendías cómo podían afrontar el gélido mes de julio con los harapos que lucían! La residencia del embajador de Chile en París era más glamurosa que la trastienda de aquel mercado.

-Fui cobarde. Salvador llegó hasta el final. Se dejó, literalmente, la piel por sus ideas.

-Ciertamente, te atrajo más ser embajador de Chile en Francia y disfrutar de París, que vivir en La Moneda. Se la dejaste a Allende y te fuiste a vivir la vida a París. Edwards se ocupaba de todo en la embajada. Cuando fuiste cónsul de Chile en Barcelona, Bocaccio aún no existía. ¡Lástima, aquellos revolucionarios tenían tus mismos gustos!

Me agarró del brazo y me llevo a un salón.

-Aquí velaron mi cadáver doce días después del asesinato de Salvador. Días difíciles para Chile. Los golpistas destrozaron mi linda acequia. La casa se inundó.

-Tu acequia destruida, tu casa maltrecha… Como el país. Te fuiste con Salvador, la revolución quedó pendiente y Pinochet se quedó. ¿Viste? No eras inmortal.

-Te equivocas. Mi poesía pervive, y ya dijo Gabo que fui el poeta más grande del siglo XX en todas las lenguas. Recuerda que lo único que sé de mí es que fui mi poesía.

Tu poesía me dice que fuiste muy bueno. ¡Y muy pícaro, maldito egocéntrico!

 

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