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En los últimos días he recibido bastantes comentarios al post publicado el 28 de enero, “Las humanidades en un mundo utilitarista y ruidoso“. Ninguno de ellos enviado como comentario al blog, motivo por el cual animo a los que me habéis escrito a participar y generar debate. Nos enriquecerá a todos.

Me habéis hablado de un libro de un ex monje de Montserrat, Josep Mª Boix-Masramon, titulado “La Biblia de los náufragos“, para citar un fragmento del profeta Isaías:

“He aquí que el rey // reinará según la justicia // y los funcionarios ejercerán sus funciones // Cada uno será como un refugio contra el viento // como un refugio contra la lluvia // como un riego de agua en un campo de secano // como la sombra de un peñasco sobre una tierra reseca…”.

Para concluir que “todos debemos esforzarnos, en ser un refugio contra el viento, como un refugio contra la lluvia, como un riego de agua en un campo de secano… Si todos lo hiciéramos así, seríamos un tesoro para nuestros hermanos más pequeños y necesitados”.

Habéis recordado Siddhartha de Hermann Hesse para decir: “Incluso ayunar, rezar y hacer penitencia sirve para algo…”.

Pienso que dais la razón a Xavier Antich cuando -en relación a las humanidades- decía: “Tenemos a nuestra disposición un inmenso caudal de riqueza capaz de hacernos mejores y de hacer mejor también el mundo que habitamos con los otros” y a Martha C. Nussbaum cuando se refiere a los valores derivados de una formación que incorpore el humanismo, diciendo que “son esenciales para la formación y el desarrollo de una ciudadanía auténticamente democrática, respetuosa con la diversidad y capaz de orientarse en la complejidad cambiante de nuestro vertiginoso mundo global…”.

Bueno, con mucho retraso, he sabido algo que data de antes del 28 de enero: si se acaba aplicando la nueva ley de educación, conocida por ley Wert en alusión al Ministro, la filosofía quedará cada vez más marginada, en la medida que será cada vez más opcional. Un síntoma más del escaso valor que se otorga a las humanidades en función de cómo nuestra sociedad valora aquello que es útil, aquello que tiene una aplicación instrumental inmediata. De Grecia sólo tenemos una imagen predominantemente negativa por formar parte de los deudores de la nueva Europa, olvidando la deuda que tenemos todos los europeos con Grecia. Una deuda tan grande que, sin Grecia y la remota civilización que de allí nos viene, la misma idea de Europa que tenemos hoy no existiría.

Para mí, esta noticia que me ha llegado tarde, forma parte sin serlo, de las noticias del fin de semana. Si pienso en otras, estas sí correspondientes al fin de semana, como el juicio a la Infanta Cristina, los premios Goya de cine, -sí, noticia por la ausencia del polémico Wert, pero también por los típicos tópicos del estereotipo “progre” más cutre-, o en un reportaje que leí sobre el valor añadido de Internet y las redes sociales en un periódico que se afana por ser ponderado y, sin descuidar estas ventajas, habla claro respecto a los enormes riesgos del uso perverso y el mal uso que se hace de la red; si pienso en estas noticias, tengo que volver a Grecia, a la filosofía y a las humanidades, para intentar no perder la esperanza de entender mínimamente el mundo en el que vivimos… Volver en este caso a Aristóteles y a la virtud aristotélica.

Aristóteles, en su idea de equilibrar ponderadamente la razón con las pasiones del cuerpo y del alma, define la virtud como el término medio entre dos extremos, que considera “vicios“. Considera que este término medio, la virtud, pese a no ser único ni igual para todas las personas y circunstancias, es un hábito que se puede aprender practicando.

Relegar, como hace la ley Wert, la filosofía y las humanidades, no es una decisión virtuosa. Aleja del centro justo. Fomenta un concepto de lo que es útil (el conocimiento hard, instrumental, de aplicación inmediata), que justifica que autores como Nuccio Ordine, tengan que esforzarse para promover “la utilidad de lo inútil” o en palabras de Gregorio Luri deba concluir que “el humanismo sólo es útil a quien está dispuesto a combatir la vulgaridad que lleva adherida al alma: no se conforma con entender la democracia como una universal aspiración a la igualdad y propugna una igual aspiración a la excelencia” . No es el caso de Wert que al llevar la vulgaridad adherida al alma, está lejos de la virtud y próximo al vicio del extremo.

Para un Ministro de Educación y Cultura -y paso a otra noticia del fin de semana- no asistir a la Gala de los Goya, puede que no le aproxime a la virtud. Virtud que no ha sido la característica de dicha Gala. En este caso la virtud sería el punto medio entre dos estéticas extremas: la fachenda de Wert y la pijoprogre de la Gala de los Goya, en la que, con la excepción que confirma la regla de David Trueba y pocos más, los Bardem de turno volvieron a caer en la exhibición de una pretendida “superioridad moral de la autodenominada izquierda” consistente en repetir los típicos tópicos que en cada momento pueden satisfacer más a la parroquia (presuntamente) alternativa.

No soy monárquico y opino que esta institución en pleno siglo XXI es anacrónica. Considero que quien tiene garantizado el poder de por vida por herencia dinástica en lugar de por sufragio universal, está más obligado que los elegidos por sufragio a caracterizarse por una conducta ejemplar.

Ahora bien, sin absolver ni condenar a nadie, que para eso está la Justicia, lamento el juicio paralelo al que se ha sometido a la Infanta Cristina y lo que se ha llegado a decir y publicar de ella, usándola sin contemplaciones como chivo expiatorio del malestar (totalmente comprensible) de una población cansada de la corrupción política (y social), ciertamente demasiado generalizada. Tanto, que es razonable pensar que no se escape ni quien más ejemplo debería dar: la Familia Real. Que ir a cazar elefantes a Botswana de la manera que se hizo, no suponga virtud o que se sospeche de la actitud y del comportamiento de la Infanta Cristina respecto a los negocios de su marido, no justifica que el tratamiento del caso no lo hagamos desde la virtud -respeto y presunción de inocencia- y la acosemos y la condenemos anticipadamente desde cualquier extremo vicioso.

Y acabo con otra “noticia” en forma de post escrito por Helena Ris en el blog de la Unión Catalana de Hospitales que, en este caso tiene virtud. Tiene la virtud de situarse en el término justo y medio de dos extremos viciosos: la privatización de la sanidad pública catalana y la “publificación soviética” que propugnan ciertos partidos, sindicatos, periodistas (e intrusos que se hacen pasar) y grupos antisistema y que sin saberlo conseguirán lo contrario de lo que pretenden: crear un megalosistema funcionarial costoso e ineficiente que deberá ir a buscar recursos donde hay, al sector privado.

Helena Ris tiene la virtud de situarse en el término medio, en el centro justo: el modelo sanitario catalán, basado en la colaboración público-privada, fundamentalmente sin ánimo de lucro y excelente en términos de calidad y eficiencia con datos contrastados (central de resultados del Departamento de Salud e informe IASIST y otros).

Lo que puede parecer inútil, es útil. Estudiar humanidades aproxima a la virtud. La virtud está en el término medio.

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Un comentario sobre “MÁS SOBRE HUMANIDADES Y LA UTILIDAD DE LO INÚTIL

  1. Ricard dice:

    Això si que és tenir visió de futur. Llàstima que aquest llibre, no sigui llibre de capçalera de tants i tants consellers de la Generalitat que han perdut l’oportunitat de construir a Catalunya una funció pública al servei dels ciutadans. Oportunitat històrica que tant de bo es torni a produir i esperem que llavors algú l’aprofiti, i les coses siguin ben diferents. Mentre tant, a seguir la lluita per canviar-les!

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