A ver qué os parece…

Fuimos a la cena anual de Juan Sardá en el Ampurdán. Allí Amparo Soler Leal me dice: ‘Qué carta tan preciosa me has escrito’. Amparo está pálida, cargada de whisky, con sus tablas, con su ya bien sedimentada mezcla de espontaneidad y ego. Mónica Randall exhibe su belleza reposada, sus ojos admirables, y me saluda con efusión…”.

Juan Sardà se habría podido llamar Joan Cerdà, por ejemplo. Pero no se llama así. Nada que decir. Ahora bien: ¡¡¡”Ampurdán”!!! Qué mal de ojos, qué estruendo en el oído, qué agresión al sentido de la estética (y eso que el autor dice que está preocupado por la estética) y en el alma. Lo escribe Salvador Pániker. El libro se llama “Diario de otoño” y… dicho sea con todo el respeto, no creo que de momento lo lea. Habla del ego de Amparo Soler Leal. De hecho, hojeándolo, no he parado de leer referencias al ego. En especial al del propio autor.

Reproduzco alguna frase más…

Paco Umbral me menciona en su columna a propósito del último libro de Manolo Vázquez, el que trata de sus entrevistes con gente de Madrid…”.

Fui a la tele a hablar de eutanasia. ¿Merecía la pena haber ido? Pues no sé, quizá, depende. Juraría que algo de lo que dije, ha sonado a verdadero…”.

Victoria Combalía, Juan Marsé, los Sert, López de Lamadrid, Hernández Pijuán, Pedro Garcés, Federico Correa, y así sucesivamente hasta cuarenta, en la ‘party’ de Jaime Camino, en su casa de la calle Balmes, pan con tomate, jamón, dulces. Porque el cineasta Jaime Camino ha cumplido sesenta años y ha escrito/publicado/presentado una novela, ‘Moriré en Nueva York’.

Allí también Judit Mascó, la ‘top model’, que me cuenta que ha estado en la India con su marido y ha quedado fascinada. Teresa Gimpera, tan vital como siempre, hace bromas sobre lo friolero que soy yo. Ernest Lluch…”.

¿Es necesario que siga? Mejor que no, ¿verdad? Aclaro solo que habla de Lluch para vincularlo a sí mismo, por cómo trató el tema de la muerte digna cuando era ministro de Sanidad, es decir (al igual que hace con Judit Mascó, Teresa Gimpera y tutti quanti), le referencia a él, en este caso por su papel de impulsor del derecho a la muerte digna (en el mismo párrafo, más adelante escribe: ¡¡¡“Rosa Regás alaba mis escritos sobre la eutanasia…”!!!).

Tengo que decir que el “discreto encanto de la burguesía”, de los pijo-progres de la gauche divine y de Bocaccio, siempre me ha enternecido. Me encantaba tocar las narices a algunos de ellos (no tan famosos como los amigos y conocidos de Pániker, aunque la Mascó iba a mi colegio (¡¡¡si no lo digo reviento!!!) y reírme de cómo se les caía la baba con la “revolución de los niños de papá”, es decir, el mayo del 68. Concretamente tengo en la cabeza a una “hiperburgesa” varios años mayor que yo, explicándome en el sofá de piel de su lujosa casa de Sant Cugat los valores de la revolución. Con un entusiasmo extraordinario, como si lo estuviera protagonizando en ese mismo momento. Yo no me podía aguantar la risa…

Lo que me ha hecho dejar de leer el diario de Pániker -al menos de momento- es el tratamiento que hace de dos personas que conocí y aprecié: José María Valverde (traté bastante con él) y Pasqual Maragall (más desde la distancia). Admito que eso también me hace pensar en mi egocentrismo…

Sobre José María Valverde (tío de mi amigo Ramón Gefaell, ver posts “Las vidas y las muertes del amigo Ramon Gefaell, con todo el cariño” del 5 de marzo de 2016), solo comparto con Pániker una de las críticas que le hace: “Políglota para traducir (pero vivíó más de treinta años en Cataluña y nunca fue capaz de hablar en catalán)”.

Lo que dice sobre Pasqual Maragall, me incomoda bastante. En este caso y con otros, no puedo evitar pensar que el ego de Pániker le lleva a criticar por envidia de los que critica. Dice cosas buenas de él. Ahora bien, la mezcla de “yo-mí-me-conmigo” con la crítica fácil del fragmento que ahora reproduciré -admito que una parte de razón pueda tener, normal por otra parte- no me invitan a leer el diario de este señor. Dice: “Sesión en la radio con el alcalde Maragall, el científico Joan Oró, el cura Ballarín, yo mismo. Pascual Maragall escucha lo que dicen los demás, te interrumpe incluso para que le aclares algún punto de tu discurso -como cuando yo he relacionado la desmitificación de la muerte con cierto feminismo ecológico-, es un hombre tímido y ‘seriós’, muy catalán, nada brillante, socarrón y a la defensiva (…). No creo que esté muy dotado para la filosofía (…)”. ¡¡¡ Sin comentarios!!!

Termina este escrito con una referencia a Saramago, a quien no solo no critica -lo que hace a menudo con marxistas y comunistas, condiciones ambas que caracterizaron a Saramago, ver posts “Lanzarote no es mi tierra pero es tierra mía. José Saramago” del 6 de septiembre de 2015 y “Verano en Lanzarote” del 16 de agosto de 2016-, sino que hablando del libro de Saramago “Cuadernos de Lanzarote” -un diario del Premio Nobel portugués-, afirma: “Y a mí me entran las ganas de seguir el ‘pattern’ y publicar de una vez lo mejor de mi diario, años 93 al 97”.

Aprovecho para acabar con la referencia de Pániker en Calella de Palafrugell y enlazo con el último post (“Escrito ‘soft’ de verano” del 3 de agosto de 2017), cuando a la vista de la ruralidad, la austeridad y la sencillez del lugar donde estoy pasando las vacaciones decía:

“Mientras me dirigía hacia la casa que había alquilado, pensé que el lugar prometía. Recordé los años -décadas- de veraneo en Calella de Palafrugell. Las cenas en, por ejemplo, Peratallada, Ullastret o Madremanya, por poner algunos ejemplos. Aquella estética, aquel ambiente, el Golf de Pals, el Tenis de Llafranc, los puertos de Llafranc o de Palamós, el propio Club Vela Calella, todo esto y algunas cosas más atraían a un tipo de público que no me lo imagino veraneando por esta zona en la que estoy. Y allí donde van los que podríamos llamar ‘belleza y poder’ quiere ir todos. Y acaban yendo todos de una manera u otra. Y así de masificada -y ambientalmente deteriorada, entre otros desaguisados- está la Costa Brava y la mayor parte de la costa catalana y del Levante español.

Aquí donde estoy, no hay -hasta donde yo sé- clubes de golf ni ningún club de tenis muy sofisticado. Hay puertos deportivos en el norte y el sur, pero estas calas se mantienen al margen. Son muy bonitas, y se está tranquilo y bien”.

Si comparo la descripción que hago de algunos de los personajes que he encontrado por aquí y releo los que menciona Pániker, tengo que confesar que se me escapa una sonrisa maliciosa mientras escribo…

Cuando me voy de vacaciones siempre me llevo más libros de los que razonablemente sé que acabaré leyendo. Lo que es cada vez más difícil si viajas en avión, por las restricciones en el peso del equipaje. Este verano, sin embargo, con el coche he tenido suficiente y no he tenido este problema.

Combino novela más o menos ligera (para aprender de los que me gusta cómo escriben) y libros digamos “profundos”, para aprender y/o reflexionar y alimentar el espíritu. Estas vacaciones he empezado a leer cinco libros. Tres los he acabado. El de Pániker y otro no los acabaré. Menciono uno de los que he terminado y que forma parte de la categoría best sellers o libros, esos que llamaba “ligeros”. Aunque el contenido sobre los sentimientos, comportamientos, reacciones humanas -aparte de una excelente descripción de tipologías de personajes de la tierra-, permite, además de una primera lectura en la dimensión romántica y de hechos cotidianos , una segunda con mucha más sustancia de la que puede parecer.

Me refiero al “superventas” del último Sant Jordi, “Nosotros dos”, de Xavier Bosch. Cuando acabé de leer la última página, la 556, me sorprendió una nota final del autor que dice:

“Esta novela la he terminado de escribir en Sant Cugat del Vallés, el 5 de julio de 2016, el día que mi padre, Jordi Bosch i Bonjoch, nacido en Guixeres, habría cumplido ochenta años”.

Me estremecí. Yo nací en Sant Cugat del Vallès el 5 de julio de 1958 y acabé el libro “La sanidad catalana desde otra perspectiva. La salud y la felicidad de las personas”, con la siguiente frase:

“Escrito en mi pueblo, Sant Cugat del Vallès. Josep M. Via i Redons. Terminado el martes 24 de marzo de 2009″.

En fin… casualidades de la vida de aquellas que algunos llaman causalidades… Debo confesar, sin embargo, que la lectura de esta frase me provocó alguna sensación especial y no fácil de describir.

Acabé el libro, lo cerré y me quedé pensando un rato y sobre todo reviviendo los sentimientos que me habían provocado muchas partes del libro. Probablemente casi todo muy previsible. Pero el final que te esperas no lo confirmas hasta las ultimísimas páginas. Me hizo revivir episodios de mi adolescencia en Sant Cugat y en el campus de la UAB en Bellaterra, y también de mi vida adulta en Barcelona. Y me hizo pensar en personas y situaciones vividas. Buen ejercicio de Bosch el ir abriendo caminos para acabar haciéndolos confluir en un todo bien trabado. Interesante revisión de la vida a los 50 a partir del peso de hechos y personas de 30 años atrás…

Escribo este post en el porche de la casa que he alquilado en el pueblo al que me refería en el anterior post, rodeado de silencio, oscuridad y la imagen de una espléndida luna llena situada encima de unas montañas. Pocos kilómetros a través de estas montañas, delante de donde estoy sentado, está el mar, y pocos kilómetros detrás de mí hay campos de olivos con fincas rústicas muy bonitas (la mayoría ilegales para el uso residencial que se les da) y casas que parecen pensadas para hacer soñar, legales y rodeadas de árboles. Desde muchas de ellas, las que se sitúan más arriba en la pendiente de la montaña, la altura es suficiente para que la mirada supere la primera línea de montañas más cercana al mar, hasta poder verlo y conectar con su inmensidad. El conjunto es de una belleza destacable.

Entre las montañas y el mar está el pueblo feo y desgarbado que esbozaba en el post anterior. Pero tiene más cosas de las que me esperaba. Bares, restaurantes, tiendas varias, alguna sorprendentemente refinada. Y la posibilidad de comprar productos de proximidad de muy buena calidad y a precios irrisorios comparados con los de Barcelona o, por ejemplo, con los de la Costa Brava. Fruterías destartaladas conviven con tiendas con pretensiones y una cierta sofisticación que ofrecen productos naturales de explotaciones familiares y cooperativas. Y una pescadería tan tronada como maravillosa por la cantidad de pescado fresco expuesto. Hoy he comprado doradas y gamba blanca. Todo fresquísimo, daba gusto. Y, como decía, sorprendentemente barato.

La gente es amable y se les ve bastante más tranquilos que los urbanitas. Hablan, preguntan, explican, no tienen prisa. De momento solo he encontrado simpatía y cordialidad.

-¿Es buena esta gamba?

-¡Buenísima! No hace muchas horas todavía estaba en el mar.

-Necesito que aguante un poco en la nevera… hasta mañana…

-Ningún problema. Quizá alguna se pondrá de color negro pero estará igual de buena. Sáquele la bolsa de plástico. Que respire y pone un cubito. Cuando se deshace el agua fresca las mantiene muy bien…

He ido a dejar el pescado en casa y he enfilado hacia la playa.

Hacía viento. Un viento cambiante en una tierra ventada. ¡Los diferentes vientos alternaban o quizás coexistían! Alguien que entendiera me habría podido explicar qué soplaba en cada momento. Unas veces venía del mar, otras de la tierra, de arriba o de abajo.

He aparcado el coche al lado de la playa -casi cada día ha sido así-, he bajado y me he parado a contemplar el paisaje. El cielo era de un azul claro intenso. El viento no había dejado ni una sola pequeña nube. El sol brillaba y deslumbraba más de lo habitual. Sobre el azul del mar se veían múltiples destellos plateados por el efecto de la luz del sol sobre los pequeños rizos que levantaba el viento. Abajo la pequeña caleta de piedrecitas. He contado nueve personas tomando el sol y cuatro o cinco bañándose. Mes de agosto…

No soy de los que llegan a la playa e inmediatamente se adentran en el mar. Pero hoy lo he hecho, y ello a pesar de que el viento contrarrestaba el intenso calor del sol. He nadado un rato y me he parado a contemplar el color ocre-naranja de las rocas y el azul del mar, estando dentro. Ha sido uno de esos momentos en los que te gustaría que el tiempo se parara y aquella paz inmensa no se viera turbada para nada… ¡Un momento en el que sientes la existencia de algo que te sobrepasa y mucho!

He salido, me he secado un poco y me he tumbado encima de la toalla, donde he continuado disfrutando del ruido sedante del mar. Solo música de viento y mar. Ningún otro sonido ni ruido. Rápidamente, a pesar del viento (que de todos modos estando acostado se nota menos), he comenzado a sentir el sol clavándose en mi espalda. Como si de finas y múltiples agujas se tratara. Me he levantado y he caminado por la playa reconfortado por el viento…

-Hola Laura. ¿Qué tienes hoy para comer?

-Tengo sardina fresca buenísima. Te la recomiendo.

-No se hable más. Una ensalada y las sardinas.

-Para beber, ¿vino de la casa fresquito?

-Sí, y agua bien fresca también, por favor.

Es agradable comer bajo la sombra de unos olivos. La visión del mar era diferente por la altura -el restaurante está unos pocos metros sobre el nivel del mar- la posición diferente del sol y quizás por el cambio de viento. El azul seguía siendo intenso, pero predominaba el plateado.

Laura es una buena conversadora y me estuvo contando cosas del lugar y de la gente que vive allí. He ido 3 o 4 veces y me siento tratado como un cliente de toda la vida. Al irse su madre también se detuvo y estuvimos charlando un rato de pie.

-Son las fiestas de la cala. ¡Nos gustan mucho! –me dio un programa-.

-Empezamos hace 25 años con una cena en la playa todos los vecinos. Ahora el Ayuntamiento se ha metido por medio y las fiestas ya no las sentimos nuestras. Muchos vecinos ya no vienen a la cena. Aún se hace. Pero que si fiesta de la espuma, que si fuegos artificiales… Ya no es lo mismo.

-El martes vendré a comer con la familia. Seremos seis. Guardadme sitio.

-Quédate tranquilo…

Baño en la piscina que tiene la casa que he alquilado, ducha y para casa de Alain. Me paro a comprar tomates y pepinos y sigo hacia el suroeste, hasta llegar a una urbanización alejada del pueblo, habitada fundamentalmente por extranjeros.

Está bien hecha. La distancia entre las casas -todas diferentes, lejos de las clásicas y despersonalizadoras promociones/”fotocopia”- es grande. La sensación es de tranquilidad. La vista preciosa con el mar al fondo precedido del verde de los árboles, presentes por todas partes.

Alain y su mujer, Godelieve, me reciben y me invitan a sentarme en una terraza con la vista mencionada sobre el mar. Me ofrecen una copa de champagne y -son suizos- chocolate negro buenísimo.

Pienso que no todo el mundo puede vivir en un paraje tan solitario y aislado. Hay mucha paz interior…

-Hace 12 años que vivimos aquí. Los suizos estamos acostumbrados al silencio y los parajes tranquilos… Aquí, además, el clima es magnífico comparado con allí.

-Ahora os vais, por eso…

-Sí. Hemos estado muy bien aquí, pero ahora nos vamos a Florida. La hermana de Godelieve vive allí… ya lo conocemos… cuando trabajaba ya vivimos allá 6 años… Nos gusta. Yo la verdad es que me quedaría aquí pero… será el último traslado de nuestra vida.

-Eso nunca se sabe…

-Tienes razón. Nunca se sabe. Es la idea que tenemos ahora, lo que sentimos. De todas formas viajaremos a menudo a Suiza. Nuestra hija vive en Vevey. Pero yo echaré de menos este lugar. Este paisaje, estos colores, esta vista tan extensa al mar.

-Si quieres comprar la casa ya sabes…

-No te digo que no. Tampoco sé si está a mi alcance.

-Nos pondríamos de acuerdo. Por eso no no te preocupes. Así podría venir alguna vez a tomar una copa, comer chocolate y disfrutar del paisaje a… tu casa.

-Si alguna vez la compro, ¡dalo por hecho!

Volví a casa disfrutando del paisaje y pensativo…

Preparé la cena que tomé en el porche. La luna aún estaba casi llena. Dejé ir la mente y me perdí un rato en mis propios pensamientos y sentimientos hasta que decidí empezar a leer otro libro…

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