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En el último post (ver Ética, estética y fariseísmo) escribí:

“A pesar de que el país oficial me tiene agotado, intento no renunciar a contribuir en la medida en que sea capaz- a que no perdamos del todo el sentido común y me esfuerzo para confiar en que el país real todavía merece la pena. Pienso que escribir puede ser una forma de intentarlo”.

Hace unos días, contrastando esta idea con un colega, me recomendó el libro “La sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han, en el que describe el inicio del siglo XXI, como caracterizado por la depresión, el trastorno límite de la personalidad (TLP), el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) o el síndrome del desgaste ocupacional (SDO)…

El libro hace reflexionar. Reproduzco un fragmento como podría elegir otro:

“(…) La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria (hospitales psiquiátricos, prisiones, cuarteles y fábricas), sino una sociedad de rendimiento (gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos). Tampoco sus habitantes no se llaman ya ‘sujetos de obediencia’, sino ‘sujetos de rendimiento’. Estos sujetos son emprendedores de si mismos.

(…) La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad (…), de la prohibición (…). La sociedad del rendimiento (…) se caracteriza por la positividad (…). A la sociedad disciplinaria aún la gobierna el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad del rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados ​​(…).

A partir de un cierto punto de productividad, la técnica disciplinaria, es decir, el esquema negativo de la prohibición, llega de repente a su límite. Con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el rendimiento, porque a partir de un nivel determinado de producción, la negatividad de la prohibición tiene un efecto bloqueante e impide un crecimiento ulterior. La positividad del poder (ser capaz) es mucho más eficiente que la negatividad del deber (…). El poder (hacer) eleva el nivel de productividad obtenido por la técnica disciplinaria, es decir, por el imperativo del deber. En relación con el incremento de productividad no se da ninguna ruptura entre el deber y el poder, sino una continuidad.

Alain Ehrenberg sitúa la depresión en la transición de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento: El éxito de la depresión comienza en el instante en que el modelo disciplinario de gestión de la conducta, que, de forma autoritaria y prohibitiva, otorgó sus respectivos papeles tanto a las clases sociales como a los dos sexos, es abandonado a favor de una norma que induce al individuo a la iniciativa personal. Que le obliga a ser él mismo (…). El deprimido no está a la altura, está cansado del esfuerzo de tratar de ser él mismo (…).

El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, es decir: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima (…). La depresión se desata en el momento en que el sujeto de rendimiento ya no puede poder más.

Al principio, la depresión consiste en un ‘cansancio del crear y del poder’. El lamento del individuo depresivo, ‘nada es imposible’, no-poder-poder más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión (…). La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre sola el exceso de positividad. Refleja aquella humanidad que dirige la guerra contra sí misma.

El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que le obligue a trabajar o incluso le explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De este modo, no está sometido a nadie, mejor dicho, solo a sí mismo. En este sentido, se diferencia el sujeto de la obediencia. La supresión de un dominio externo no conduce a la libertad; más bien hace que la libertad y la coacción coincidan. Así. El sujeto de rendimiento no se abandona a la libertad obligada o la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y de rendimiento se agrava y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación ejercida por otros, porque va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo no se diferencian. Esta autorreferencia genera una libertad paradójica que, debido a las estructuras de obligación inmanentes a ella, se convierte en violencia”.

La lectura de este libro, inevitablemente te hace pensar en cómo vives y, para seguir el contenido del párrafo reproducido, pienso que trato de ser “emprendedor de mí mismo”, pero no con el fin de incrementar el rendimiento, al menos entendido en un sentido económico, materialista. Intento pensar que “soy capaz, que tengo poder para” producir de acuerdo con una ambición material limitada y dejar tiempo para producir de otra manera -sin presión- e intentar aportar algún valor añadido, en este caso escribiendo.

Constato, sin embargo, dos realidades coherentes con la locura colectiva, con la sociedad cansada.

En primer lugar, sí, realmente vivo bastante rodeado de personas que han optado por la autoexplotación sin freno convirtiéndose en verdugos de sí mismos y por tanto víctimas de su “elección” vital. Un vistazo a mi alrededor me permite ver a médicos con síndrome de burnout (quemados), directivos, profesionales y trabajadores estresados ​​con manifestaciones psíquicas y físicas -en ocasiones graves-, con somatizaciones y sociopatías diversas.

En segundo lugar, constato que no todo el mundo comprende -y muchos juzgan mal- que no me imponga la obligación de rendir tanto como pueda y sin demasiados límites. No se comprende que intente -con más o menos éxito- sustituir el principio de vivir para trabajar que dominó completamente mi vida hasta los 50 años, por el intento de trabajar para vivir. Algún “hiperacelerado”, personas que han perdido la capacidad de hacer nada más que trabajar -y no me refiero a los que deben hacerlo por necesidad- cree que no trabajo. Y cuando explico que sí que lo hago -eso sí, intentando acotar el tiempo laboral- pero que lo hago porque no me queda más remedio, cuando les digo que si pudiera me “jubilaría”, me dicen que cómo puedo decir esto con la edad que tengo… Supongo que no todo el mundo entiende que después de una determinada trayectoria profesional y vital, es legítimo llegar a la conclusión de que el valor añadido más grande que se puede aportar o al menos que se puede intentar aportar con éxito variable y desigual en el tiempo- es mediante alternativas al trabajo convencional, en mi caso la escritura. Y ello sin que necesariamente tenga que ver con ser un profesional de escribir -no soy suficientemente bueno para ello- es una forma más aparente que real de “jubilarse”.

Siguiendo la lógica del libro de Byung-Chul Han, mi intento deliberado de no caer en la trampa del hiperrendimiento por la vía de la autoexplotación sin autocompasión, puede preservarme del riesgo de la depresión. Es cierto, sin embargo, que mi opción conlleva un cierto aislamiento social (procuro que sea un aislamiento selectivo dirigido a los grupos sociales más enfermos de hiperrendimiento, por tanto aislamiento preventivo del riesgo de enfermar) que añadido a la falta de vínculos, común en un mundo caracterizado por la fragmentación y la atomización social, como apunta el propio autor, también conlleva riesgo de “depresión”. Pero… ¡la vida no está nunca exenta de riesgos!

Creo en el valor de compartir a través del blog visiones y reflexiones de la vida cotidiana. En diferentes entradas me he referido a que a buen seguro, muchas de ellas, son pobres, poco aportan. Pero al mismo tiempo -y también lo he mencionado en más de un post- sé que tengo lectores. Conocidos algunos y -supongo- que desconocidos la mayoría.

A poco que logre contribuir en algún momento y en pequeña medida a amortiguar el cansancio social, la depresión de la sociedad del rendimiento (y del consumo desenfrenado como gran manifestación del materialismo y la deshumanización), ya me doy por satisfecho.

Ya hace tiempo que abandoné casi por completo “la actualidad informativa” como material a partir del cual escribir. Me interesa más la vida cotidiana y particularmente las emociones humanas que son lo que “de verdad importa a la gente” -como dicen los políticos- y no los grandes hechos políticos y económicos a los que no niego la importancia, que es mucha. En todo caso me interesan en la medida que también determinan muchas emociones.

Practicando con el ejemplo, me referiré a un episodio reciente que me satisfizo mucho: una entrevista con una persona joven que quería contrastar conmigo su enfoque de carrera profesional. Se trata de algo que hago con cierta frecuencia, pero este caso me resultó muy estimulante. Antes, sin embargo, una cuestión previa…

Desde siempre he disfrutado participando muy activamente en la selección de mis colaboradores. He contado con el concurso de headhunters, de responsables de recursos humanos, pero siempre me ha gustado participar, destinar mucho tiempo a lo que se conoce como “entrevista personal” de los candidatos a un puesto de trabajo. Y el currículum -a partir, claro, de unos mínimos obvios- nunca es lo que más me ha interesado. La actitud, la inteligencia, la sensibilidad, la capacidad de combinarla con firmeza, con comprensión, con determinación, las habilidades personales, el trasfondo humano… siempre me han interesado más y son los criterios -sin desmerecer en absoluto la meritocracia, la cultura del mérito, al contrario- que he empleado para decidir. Alguna vez me he equivocado estrepitosamente, claro…

Cuando trabajé en la administración pública, donde la mayor parte de trabajadores lo eran por haber aprobado una oposición a funcionario, lo que hacía era fijarme mucho en la gente joven -yo era joven y me fijaba en los más jóvenes- e intentar darles a ellos cancha a pesar de las limitaciones propias de las reglas del juego públicas que no siempre permiten que los mejores salgan a flote. Pero recuerdo con satisfacción las personas que pude “descubrir” e impulsar. A algunos de ellos pude atraerlos después hacia el sector privado y de todos aprendí mucho.

Nunca he entendido una forma de actuar -que la he visto practicar mucho, en especial en el sector público- consistente en “elegir personas que no te eclipsen” por miedos diversos. Como decía antes, me puedo haber equivocado en algunas selecciones, pero siempre intenté elegir colaboradores con el criterio de que me pudieran sustituir y hacerlo mejor que yo. Lo que digo puede parecer vanidoso por mi parte, pero puedo asegurar que es cierto y que -por compensar- no dejaba de haber un punto de egoísmo en esta manera de hacer: por un lado aprendía de ellos y por otro me aseguraba el éxito del equipo, que también era el mío.

El episodio concreto que quiero compartir tuvo lugar hace unos días. Una persona me pidió que recibiera a un joven que intentaba situarse en el mercado laboral, para escucharlo y en la medida de lo posible aconsejarle. Como suele ocurrir en estos casos, primero recibí un currículum que… me costó un poco de entender. Me esperaba a un chico del ámbito de comunicación, relaciones institucionales, marketing. Quizás a un creativo…

Su postura, la manera de hablar, la mirada, denotaban algún valor añadido, de momento intangible. De repente al poco de escucharlo me di cuenta de que era una persona muy inteligente y madura, con fuerza.

Me costó tiempo entender la visión que tenía de lo que le gustaría desarrollar profesionalmente. La intuición, sin embargo, me indicaba que lo que decía tenía pleno sentido y, una de dos, o era bastante novedoso o bien -probablemente es eso- hay una generación de jóvenes muy bien formada que -afortunadamente- nos ha pasado por delante y ya no podremos seguir. Aquel chico tenía, tiene, un valor añadido notable…

Estuve rato, lo escuché, le hice explicar de varias maneras lo que no entendía y concluí que debía ponerlo en contacto con directivos de éxito, pero los de éxito de verdad. No “máquinas frías solo orientadas a resultados”. Personas -con capacidad de obtener grandes resultados económicos sí, pero también- con sensibilidad y liderazgo basado en valores. Líderes capaces de sacar lo mejor de los valores profesionales y humanos de sus colaboradores. Creí que valía la pena intentar convencer a dos CEO de multinacional -las dos personas de esas que “viven en un avión”- de que liberaran un pequeño espacio de tiempo en sus respectivas agendas para escuchar a aquel joven. Estaba seguro de que les resultaría interesante.

Para mí fue una satisfacción encontrar a alguien sólido, con valores y bien formado, con las ideas claras sobre lo que quería y fue la alegría del día compartir con él un rato. Aprendí, disfruté y sentí motivos para el optimismo.

Después de leer las reflexiones contenidas en “La sociedad deltalent cansancio”, pienso de nuevo en aquellos dos directivos que espero que reciban a este chico, y en él mismo. No conozco suficientemente a fondo ninguno de los tres para afirmar nada muy rotundamente. Puede que los dos primeros estén en riesgo grave de ser sus propios verdugos en la sociedad del rendimiento ilimitado. Y puede que según cómo evolucione la carrera de este chico caiga también en este riesgo. Creo, confío, en que los tres disponen de la capacidad de ser verdaderos dueños de sí mismos -al menos en alguna parcela crucial, del todo no se es nunca- más allá del rendimiento desatado y de que el espacio de libertad real compense el de coacción -que sin duda autoimponen en alguna medida-, el de obligarse a rendir sin límites de ninguna clase.

En el fondo, por ahora, todavia creo que la mejora siempre es posible…

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2 comentarios sobre “LA SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO ILIMITADO

  1. Present dice:

    Sembla interessant el llibre del que parles.. però a mi em passa com a tu amb l’actualitat política, no tinc ganes de llegir coses que em deixin mal cos i no m’aportin, perquè això que comentes de competència laboral perversa, aquesta cerca d’èxit professional tan competitiva, tan corrosiva esgota i no em ve de gust recrear-me en aquest fet.

    Penso com tu, un bon col.laborador, un bon treballador no té perquè ser el que acumuli més títols, més formació, més máster, sinò el que tingui més ganes, més passió, més habilitats personales per dur a terme la feina, l’actitut compta moltíssim.

    Per cert aprofita aquesta època vital de creixement personal i ganes d’investigar sobre la conducta humana i mira’t les activitats que fan a la FUNDACIO ÀMBIT fes una ullada… (fan xerrades super-interessants).
    Una salutació
    Present

    P.C. Per cert encertadíssima la frase que has ilustrat.. MOLT BONA, l’utilitzaré jo també..

    1. josepmariavia dice:

      Gràcies pel comentari i les recomenacions. Miraré les activitats de la FUNDACIÓ ÀMBIT!

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