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“Yo solo sé que no sé nada” es la expresión de la máxima sabiduría, el reconocimiento humilde de la realidad humana. La de un ser tan peculiar que siendo finito aspira al infinito. Un ser que cuanto más sabe más claro ve que la verdadera sabiduría no está al alcance del hombre. A partir de ahí, el deseo de aprender dignifica y la adopción de una actitud modesta en cuanto al saber y al conocer, ayuda a afrontar más adecuadamente la realidad.

El guión de nuestro tiempo, sin embargo, exige actuar como si se supiera todo, como mínimo como si se tuviera respuesta para todo. Y rápido. Muy deprisa. Pero la crisis actual está poniendo de manifiesto que nadie sabe darnos muchas respuestas a lo que quisiéramos saber de la misma, a pesar de que la mayoría de personas, en especial las que tienen proyección pública, sientan la necesidad de actuar desde la seguridad que da creer, o simplemente hacer ver, que se sabe.

Escuchamos a economistas que acumulan muchos conocimientos e información, pero que no pasan de hacer bueno ese principio ya empleado irónicamente de que “la caja de herramientas” que tienen solo les permite interpretar la realidad “a posteriori”, pudiendo existir tantas interpretaciones de la misma como economistas haya.

Otros que parecen haber olvidado que su conocimiento es limitado son los tertulianos. Los noticiarios de la radio y de la TV se han transformado en tertulias donde personajes que, si bien en el mejor de los casos han cultivado alguna especialidad, son bastante atrevidos al hablar de cualquier cosa, muy a menudo sintiéndose obligados a hacer como si supieran de qué hablan. Pocas veces hemos oído a alguno de ellos contestar: “Perdone, prefiero no decir nada, porque de este tema no tengo una opinión sólidamente formada“.

Y claro, los políticos… La corrupción demasiado generalizada y la excesiva laxitud moral no hacen más que agravar una realidad preexistente, bien definida por Max Weber cuando decía: “La conciencia de tener una influencia sobre los hombres, de participar en el poder sobre ellos y, sobre todo, el sentimiento de manejar los hilos de la historia, elevan al político profesional, incluso a aquel que ocupa posiciones formalmente modestas, por encima de lo cotidiano. La cuestión que se plantea es cuáles deben ser las cualidades que le permitirán estar a la altura de este poder -por limitado que sea- de la responsabilidad que recae sobre él“.

Es decir, la pregunta sobre los atributos y las cualidades de los que deben liderar y, quizás ser referentes (o no), viene de lejos. La rabiosa actualidad precipita algunas respuestas que, según cómo, pueden parecer que ya dejan de lado la cuestión del saber. Se les pide no mentir, actuar con honestidad, ser valientes, tener capacidad de plantarse, saber escuchar… Es decir, la percepción ciudadana de la política y los políticos nos lleva directamente al famoso sistema de valores, los que permiten sopesar y actuar desde la percepción honesta de lo que puede ser más conveniente o, como mínimo, menos lesivo.

Creo que hoy apreciaríamos mucho que de esta marea de actores que tienen que hacer como si supieran, apareciera en escena un buen hombre, o una buena mujer, bastante sabio y modesto para reconocer que, a pesar de no saber nada, a pesar de ser un miserable humano que no tiene resueltas las cuestiones fundamentales sobre la existencia -¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué hago aquí? ¿Hacia dónde voy? ¿Existe Dios? ¿Por qué existe el mal?…- expusiera alguna constatación, con tantas dudas como se quiera pero que, consciente de la inexistencia de verdades absolutas y de soluciones universales, nos planteara algo del tipo:

“He leído y escuchado a varios economistas que han asociado un valor positivo como es la austeridad a programas de drásticos recortes sociales. He oído y leído a los que se han expresado en sentido contrario. Yo, pobre de mí, no entiendo nada. Pero mi formación en investigación -también el simple oficio de vivir-, me ha enseñado que el método ensayo-error hace bueno el principio popular de que de los errores -y de los éxitos también- se aprende. Todos estos economistas, los de un bando y los del contrario, están de suerte. A diferencia de lo que les pasa a muchos investigadores que, por la naturaleza y/o el contexto y el momento de los hechos investigados, mueren sin haber podido sacar conclusiones a partir de constataciones empíricas, estos economistas de la crisis han tenido la suerte que sus teorías han sido comprobadas empíricamente y hoy se puede hablar de resultados. Los experimentos llevados a cabo en la zona Euro en condiciones extremas en lugares como Grecia, Portugal, Irlanda, España, Italia… parecen permitir plantear la hipótesis -formulada sobre una muestra de población estadísticamente significativa- que, si bien al principio, en algún caso, los recortes tuvieron efectos correctivos positivos y fomentaron una austeridad higiénica, ahora parece que nos han llevado al umbral de la miseria.

Quizás los recortes del gasto público, en un contexto de enfermedad financiera -y humana- grave, han expulsado demasiada gente de sus puestos de trabajo. Estas personas ya no pueden consumir bienes prescindibles -que hasta aquí, mira… aún podríamos decir que están de suerte-, pero el problema, en demasiados casos, es que ya empiezan a tener excesivos problemas para consumir bienes esenciales. El dinero no circula. Parece que en algún lugar hay, pero no circula. El dinero tiene miedo y se esconde. Estamos en un círculo vicioso tendente hacia el empobrecimiento generalizado, que tal vez sería bueno detener. ¿Cómo? Pues qué quieren que les diga… no lo sé. Pero veo que los americanos y los japoneses se han puesto a fabricar dinero y a verterlo en los mercados y algunos dicen que tal vez esto iría bien. ¡Eh! Advierten otros: de acuerdo, pero antes habría que hacer de una vez las reformas estructurales que, increíblemente, ¡aún no se han completado! Si no ya sabemos qué pasa: cuando aparece dinero, todo se relaja y… vuelta a empezar… a malgastarlo. A dilapidarlo -por razones electorales u otras más oscuras- en aeropuertos como el de Castellón, AVE en los que no sube ningún viajero, autopistas de peaje en Andalucía -vacías, porque en paralelo discurren autovías gratuitas-, hospitales faraónicos como el de Reus o en mantener Ministerios que, como los de Cultura y Sanidad, se podrían cerrar por falta de competencias. ¡Hacer esto sería no haber aprendido la lección!

Hay que decir que también escucho a economistas contrarios a encender la máquina de hacer billetes porque esto provocaría un grado de inflación que, ahora, no sé si dicen que no sería bueno o que a los alemanes no les gustaría o las dos cosas… No sé. Pero me parece que estos afortunados que han podido comprobar empíricamente los resultados de sus teorías, deberían seguir manteniendo alto el espíritu innovador y de investigación, y seguir experimentando. Proponer nuevas pruebas del tipo ensayo-error. En la medida que en lo humano no hay certezas y que hay que arriesgar, no veo demasiadas alternativas a seguir probando nuevas fórmulas. De los efectos de los recortes ya tenemos certezas: no han dado los resultados pretendidos y han tenido efectos colaterales devastadores. Quedarnos donde estamos es altamente peligroso para la condición humana”.

Estaría bien escuchar algo así o similar, ¿no? Con un poco de suerte quizá iríamos mejor o, al menos, y a la vista que lo que se ha probado hasta ahora no ha funcionado, tendríamos la esperanza que proporciona lo que aún no ha fracasado. Quizás los presidentes de Estados Unidos y de China, al igual que hicieron con Zapatero, llamarán ahora a Rajoy -pero antes deberán convencer a la Merkel- y le darán las indicaciones pertinentes sobre las características del nuevo experimento a llevar a cabo, que esperamos, esta vez, dé mejores resultados.

 

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