CON CHARLES TILQUIN

El 25 de febrero de 2014 escribí (ver post Mi intención era escribir sobre la calidad democrática y el rol de las élites) lo siguiente:

“He escrito toda mi vida. Escribir es para mí una actividad imprescindible, una forma de expresar lo que llevo dentro, de comunicar. Me obliga a estructurar ideas, pensamientos, y a encontrar canales adecuados para dar salida a los sentimientos. Pero es mucho más que todo esto. Es algo que me ayuda mucho en el intento, más o menos exitoso, de desarrollarme como persona. Y me ayuda también a aprender”.

Lo cierto es que hace tiempo que no escribo con la frecuencia en que lo había hecho en los últimos años. En primer lugar decidí dejar de escribir sobre sanidad. Después dejé de escribir sobre política y sobre el país. Sólo me quedaba la línea que llamo “humanismo”, muy vinculada a sentimientos.

Hace demasiado tiempo que escribo poco. Mala señal. Sin duda. Al principio me estresaba no hacerlo. Poco a poco he ido aprendiendo a ser indulgente conmigo mismo, y he dejado de fustigarme por el hecho de no escribir. Ya volveré a escribir como lo hacía, con regularidad. Y seguramente escribiré de nuevo sobre sanidad, sobre política y sobre nuestro torturado país, entre otras cosas.

En el mismo post mencionado, escribía también:

“Un factor determinante a la hora de mejorar la capacidad de navegar aceptablemente por esta vida, ha sido procurar rodearme de personas mejores, mejor formadas y más sabias que yo, a las que nunca estaré suficientemente agradecido por todo lo que me han aportado y he aprendido de ellas. La suerte también ha influido, ya que la vida me ha dado la oportunidad, más allá de mi propia familia, de haber tenido maestros y profesores extraordinarios en la escuela y en la universidad (algunos de ellos maestros de vida), que me enseñaron a cuestionarme a mí mismo y a todo lo que me rodea. Me enseñaron a aprender, me enseñaron metodología del aprendizaje y, se denominaba así, metodología de la investigación. También he tenido la fortuna de tener a unos jefes ejemplares en el sentido literal de la palabra. En especial y por encima de todos Xavier Trias y también Charles Tilquin”.

Curiosamente, ambos nacieron el mismo día de 1946…

Ayer recibí con una tristeza inmensa la noticia de la muerte de Charles Tilquin. Quebequés de origen belga, murió en su país natal, donde será enterrado hoy. Se me hace difícil trasladar la sensación de impotencia que me provocó no poder ir a la ceremonia de despedida, junto con la dificultad de poder trasladar el pésame a su hijo, único familiar que tenía, aparte de la nuera y tres nietas. Finalmente, ya de madrugada, conseguí la dirección de correo electrónico del hijo de mi amigo y le envié un mensaje de pésame que, afortunadamente para mi paz de espíritu, ha recibido y ha contestado. Puede parecer extraño, pero sentía la necesidad de, ante la muerte y la imposibilidad de estar presente en la despedida, poder encontrar un representante suyo para compartir muy sinceramente y de corazón todos mis sentimientos.

Antes de seguir, quiero subrayar el hecho de que hace más de un mes que no escribo y que el último escrito, como este en gran parte, era un obituario. No pretendo ni deseo seguir por este camino. Es cierto que en 5 años, algunas muertes cercanas y muy sentidas han motivado un pequeñísimo número de posts de pésame en este blog. En estas últimas semanas, constato que solo el impacto brutal de muertes cercanas ha podido desatascar mi sequía productiva. Pero un día u otro volveré a escribir (¡espero que antes de que alguien escriba mi obituario!) con la asiduidad en que lo he hecho durante años. De hecho hoy estaba decidido a escribir sobre “el proceso”. La muerte de Charles ha alterado los planes.

El año 1980 visité Québec dos meses después del primer referéndum de autodeterminación de los dos que han tenido lugar en esta, aún, provincia canadiense. Conocí a Louise Harel, entonces vicepresidenta del Parti Québécois (después fue diputada, varias veces ministra, presidenta del Parlamento de Quebec y candidata a la alcaldía de Montréal) y a Jean-Yves Duthel, en aquella época asesor del mítico René Lévesque, fundador del Parti Québécois el año 1968 e impulsor del referéndum de autodeterminación de 1980. En noviembre de 1987, siendo yo estudiante en la Université de Montréal, asistí al entierro del “padre de la patria quebequense” Lévesque.

Durante mi visita el año 1980 decidí que un día u otro iría a completar mis estudios y, por tanto, a vivir y conocer a fondo aquel entrañable país francófono rodeado de anglófonos por todas sus fronteras.

El año 1985 había conocido en Barcelona a Charles Tilquin, investigador y profesor del Departamento de Administración de Salud de la Universidad de Montréal, y me animó a tomar la decisión. En julio de 1986 llegué para instalarme. Lo primero que hice fue ir a ver a Charles a su despacho de la universidad. Julio en Montréal es el mes de vacaciones por excelencia. En la universidad, aparte de Charles y del conserje, poca gente había. Sin saberlo estaba conociendo a un hombre profundamente solitario que prácticamente vivía en el despacho. Me recibió amable y dejándome sentir desde el primer instante su hiperactividad. ¡¡¡Yo solo pretendía saludar a mi tutor en una visita de cortesía y salí de su despacho con trabajo, un despacho adjudicado y el compromiso de empezar a trabajar en el equipo de investigación que dirigía el día siguiente!!!

Yo había ido a Montréal un mes y medio antes del inicio de las clases para practicar el idioma, instalarme y aclimatarme. Le dije también que desconociendo la dureza del programa de estudios no me atrevía a intentar compatibilizar estudios y trabajo. ¡¡¡Pero él insistió en que aceptara el puesto de agente de investigación, diciéndome que un médico no debería tener problema en trabajar y sacar excelentes resultados en los estudios!!! Pensé: “¡Si le dices que no, pensará que eres un vago!“. Y acepté.

Al día siguiente me encontraba sentado en el despacho con un montón de bibliografía y datos para revisar, en inglés y en francés, y con ambos idiomas muy oxidados. Al cabo de un mes empecé las clases, precisamente con la asignatura de Charles (Investigación Operativa). ¡¡¡Clases de matemáticas avanzadas en francés y bibliografía en inglés, para un médico que no hacía matemáticas desde el año antes de empezar la carrera!!! ¡¡¡Esto por la mañana. Por la tarde a trabajar y por la noche a estudiar!!!

¡¡¡Sin darme cuenta llegó el invierno, el frío polar y la nieve a raudales, y me vi de pie el despacho, mirando a través de la ventana cómo se apilaba la nieve en el suelo, y preguntándome quién carajo me había enredado a liarme de aquella manera!!! ¿Quién? Charles. No únicamente -yo ya hacía años que lo tenía previsto, por lo tanto, yo el primero- pero sí que contribuyó mucho.

Quizás os preguntaréis por qué la muerte de un hombre así me ha entristecido tanto. Detrás de aquel ingeniero de apariencia fría, se escondía un hombre sensible y lleno de sentimientos. Fuerte, decidido, pragmático, orientado a la acción, hiperactivo, pero lleno de sentimientos.

Volviendo a mi llegada, el segundo día de trabajo, viéndome preocupado y falto de tiempo para buscar piso y hacer las mil cosas que hay que hacer cuando te instalas en un país que no es el tuyo, Charles vino con las llaves de su coche en la mano y un plano de Montréal y me dijo: “Mira, yo tengo mucho trabajo y no tengo tiempo de acompañarte, pero te dejo el coche para que busques piso y hagas lo que tengas que hacer y para cualquier problema o si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy”. Montréal tiene casi 500 km cuadrados de superficie (5 veces Barcelona), las distancias son largas y, en 1980, si bien la red de autobuses era buena, las líneas de metro (al contrario que hoy), eran escasas y totalmente insuficientes. El coche y el mapa (no sabíamos lo que era un GPS todavía) fueron de gran ayuda.

A partir de ahí la relación se fue intensificando. Los miembros del equipo de investigación éramos como un cierto sustituto de una familia que apenas tenía (un hijo, entonces pequeño, en custodia compartida) y a menudo, con él o incluso sin él, comíamos juntos en su inmenso despacho en el que tenía 3 mesas, una de las cuales muy grande, que nos permitía dar cuenta del contenido de nuestras lunch-box.

A menudo venía a cenar a casa y no tenía prisa por marcharse. De los años de estudios y vida en Montréal, solo añado una anécdota que me impactó mucho. El primer año que estuve allí, vine a pasar la Navidad a Barcelona. Volviendo me encontré sobre la mesa de mi despacho un examen corregido, comentado y evaluado por él el día… de Navidad. La imagen de aquel hombre solo en su despacho, trabajando, el día de Navidad, en ese momento me impresionó. Me resultaba muy triste y chocante. Qué queréis que os diga, en especial a los que piensan que esto de la Navidad es (en el mejor de los casos) una ramplonería sin sentido. Reconozco que hoy en día, para bien o para mal, ya no me parece tan extraño e incluso pienso que un día, tal vez, me podría pasar a mí. ¡Pero entonces se me encogió el corazón!

La vida da muchas vueltas. Recuerdo cenas y reuniones de despedida -con Charles presente en varias de ellas- cuando volví definitivamente a Barcelona y una duda, en ese momento muy inquietante: “¿Volvería alguna vez más a aquella ciudad, a aquel país, que tanto me había dado?”. Poco imaginaba que durante los siguientes 30 años volvería muy a menudo, que acabaría dando clases por el mundo con la Universidad de Montréal y que acabaría teniendo la oportunidad de ir a trabajar allí de forma estable. Fue en 2013, dudé mucho, finalmente lo rechacé y… no sé si hice bien.

Al cabo de dos meses de irme, Charles ya me dio entrada a un proyecto de consultoría en Túnez, financiado por la Cooperación Americana (USAID). Él me abrió las puertas a un mundo, el de la consultoría internacional, en el que terminaría trabajando en exclusiva durante 7 u 8 años. Con él participé en Lugano, en la Suiza italiana, en enero de 1989 en la fundación del ALASS (Asociación Latina para el Análisis de Sistemas de Salud). En junio de 1991 organizamos en el Palacio de Congresos de Barcelona la Fourth International Conference on Systems Science in Health-Social Services for thr Elderly and the Disabled… Muchas cosas. Más allá de la universidad, la investigación y la colaboración profesional en 4 de los 5 continentes, destaco la amistad que, en la última década fue lo único (¡y lo mejor de todo!) que dotaba de contenido nuestra relación. Era muy agradable volver a Montréal e instalarme en el edificio Rockledge, propiedad de Charles, donde amablemente me dejaba un apartamento. Buen recuerdo de las cenas en el restaurante Le Paris Beurre, en la calle Van Horne en el barrio de Outremont (de hecho, municipio en la isla de Montréal), ya fuera en el agradable patio en verano, o en el interior en invierno, después de dejar los abrigos, gorros, guantes, bufandas y capas de ropa imprescindibles para hacer frente al frío polar de Quebec. Entre 1986 y 2015 -año en el que el local fue traspasado y cambió de nombre-habíamos ido juntos un montón de veces. Y de hecho allí nos despedimos… definitivamente. ¡Sin saberlo, por supuesto!

Aquel día fuimos allí a comer y -quizás os creéreis que lo que ahora explicaré se trata de un recurso novelesco, pero os aseguro que no lo es- y recuerdo fotográficamente la despedida. Era una de esas despedidas que no quieres que lo sean. Hablamos de cuándo nos volveríamos a ver, si en Montréal o en Bélgica, y se produjo una situación muy emotiva. Charles, hombre enérgico de movimientos rápidos, sonriente y con sus ojos claros que transmitían calidez, rompió la incomodidad de la despedida diciendo: “En tout cas, on va se revoir à un moment donné, peu importe où”.  Y ya no nos hemos visto nunca más. Hoy lo han enterrado en su pueblo natal en Bélgica.

¡Qué curioso que aquella despedida y solo aquella, la última en 30 años de reencuentros y despedidas, sea la única que tengo grabado en la mente!

Afortunadamente, el vacío que nos dejas se puede llenar con muchos y muy buenos recuerdos. ¡Gracias por todo lo que me aportaste, Charles!

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