Escrito en Saint-Marc-de-Jaumegarde, cerca de Aix-En-Provence
Dónde considero que empieza el viaje… Pero no exactamente. Podríamos decir que comenzó en Llafranc, con un almuerzo inolvidable en el Gitano. Pero ese es otro tema que me llevaría a una vida anterior. Admitamos, hagámonos la idea, de que el viaje empezó ayer en Lagrasse.
¿Por qué en Lagrasse? Pues porque se encuentra, más o menos, a medio camino entre Barcelona y Aix-en-Provence, y yo quería dividir el trayecto para poder comer tranquilamente en Llafranc y no llegar demasiado tarde a mi destino. ¿Y qué sabía yo de Lagrasse? Pues nada. Simplemente nada. Por su proximidad a Carcasona imaginaba que debía de formar parte del territorio de la lengua de oc, de Occitania, pero no sabía nada con certeza, nada que fuera más allá de esa intuición vaga, prácticamente geográfica, de alguien que mira un mapa y proyecta en él una cultura.
Es un pueblo pequeño. Muy pequeño. He buscado información y parece ser que solo tiene 554 habitantes y se define como “una comuna rural de hábitat disperso, que queda fuera de cualquier unidad urbana, y se sitúa en el fondo de un valle atravesado por el río Orbieu, dentro del macizo de las Corbières”. Ya solo esa definición administrativa, dicha así, con su aparente frialdad, contiene una promesa de paisaje, una cierta idea de recogimiento.
Por tanto, Lagrasse no forma parte de la Catalunya Norte histórica. Hoy es una comuna del Departamento de Aude, en la región de Occitania, dentro del ámbito de las Corbières, próxima a Carcasona, con una historia monástica y política conectada parcialmente con el espacio catalán medieval. Bien, “primos hermanos”, teóricamente. Pero, si tenemos que hablar de parentescos, me parece más justo decir que es un pariente lejano, uno de esos parientes con los que compartes alguna reminiscencia antigua, algún hilo remoto de sangre o de civilización, pero de quien te separan ya muchas capas de tiempo, de formas y de estética. Porque Lagrasse tiene también, y muy visiblemente, una estética de République Française, de Liberté, Égalité, Fraternité, que no parece tener relación con la sardana, ni con Gaudí, ni con Guifré el Pelós, ni con el timbaler del Bruc, ni con la colla de los Xiquets de Valls, ni con el “més que un club”. Es Francia. Un país realmente bello, en el que me siento muy bien.
¿Qué destacaría yo de Lagrasse? Pues que de noche no se parece en absoluto al pueblo que ves de día. Y así, de forma tan contrastada, no lo he encontrado en ningún otro sitio. Se trata, sin duda, de una variable que no interesa a nadie y, mira por dónde, para mí, ahora, en este viaje, es la más destacable. Tengo la impresión de que casi todas las descripciones de pueblos, ciudades y paisajes parten de una trampa tácita. Los lugares se describen como si fueran una realidad estable, continua, siempre disponible bajo la misma luz, con la misma alma y con una sola cara. Pero no es verdad. Los lugares cambian de estado, cambian de tono, de densidad según la hora, la estación, la actividad humana. Y hay pueblos, como este, que por la noche se retiran de sí mismos y se convierten en otra cosa.
He visto que dispone de tres pequeñas tiendas de alimentación, dos panaderías —la baguette recién hecha es única en el mundo, y Francia no tiene sentido sin dos baguettes al día, una por la mañana y otra por la tarde—, una peluquería, una farmacia, ninguna gasolinera y dos puntos de carga para coche eléctrico que, anoche, no funcionaban. Todo eso está ahí. Todo eso forma parte del pueblo real y, ciertamente, no debería extrañar que cuando estos establecimientos cierran, fuera de horario o fuera de temporada, la vida en la calle desaparezca y el pueblecito adquiera un aspecto fantasmal. Pero aun así el contraste es fuerte y, precisamente por eso, llama la atención. Resulta interesante que haya conseguido hacerse un lugar en la lista de los Plus Beaux Villages de France, porque la belleza oficial, homologada, la belleza de los catálogos y de los recorridos recomendados, suele ser una belleza diurna, visible, una belleza que se deja fotografiar. Pero hay otra belleza, u otra verdad, que comparece cuando las persianas están bajadas, cuando la panadería ya no huele a pan recién hecho, cuando la peluquería es solo un local cerrado, cuando la farmacia ha perdido su función protectora y cuando los cargadores del coche eléctrico no funcionan y te dejan, durante un rato, a merced de una indefensión prácticamente absurda.
Hay noches de viaje que, sin ser nada extraordinario, acaban formando parte de ese conjunto de recuerdos y vivencias que, con los años, va conformando la vida. Vistas de uno en uno, no parecen gran cosa. No hay revelaciones, ni aventuras, ni escenas memorables. Solo hay una llegada al atardecer, un poco de desconcierto, una habitación encontrada tras alguna vuelta inútil, una sensación de frío o de calor fuera de lugar y un silencio extraño. Pero, precisamente por eso, esas noches se instalan en algún rincón profundo de nosotros. No porque ocurra nada espectacular, sino porque contienen una verdad discreta sobre el desplazamiento, la intemperie y la fragilidad del viajero.
Anoche, en Lagrasse, tuve esa sensación con una fuerza especial. Me pareció que no me encontraba solo ante un pueblo concreto de Francia, sino ante la condensación de muchas otras noches vividas en lugares remotos del mundo, en sitios donde he dormido, comido, desayunado o cenado a lo largo de los años y que ahora ya no sabría reconstruir con precisión. He dormido en ciudades y pueblos, en aldeas perdidas, en zonas selváticas y desérticas, en la sabana, en el Círculo Polar Ártico, en la Antártida. Sé que todo eso está ahí. Y, si me esfuerzo, a veces me vuelve algo a la mente. No toda la escena, sino una luz, una determinada disposición del comedor, una temperatura del aire, la densidad de un silencio.
Todo eso forma parte de mi biografía íntima. Nunca lo he compartido. Ha ido quedando disuelto en esa niebla interior donde van a parar los hoteles impersonales, los moteles de carretera, las casas de huéspedes de nombre impreciso, los bares de paso, los restaurantes que solo tienen la virtud de cerrar tarde, las llegadas de madrugada y las salidas a primera hora. La memoria no archiva bien estas cosas. Las deja sedimentar.
Cuando se ha viajado mucho, la vida se llena de lagunas. Y la única imagen que me parece justa para explicarlo es una imagen pictórica. Aquello que vivimos, mientras ocurría, era figurativo. Cada lugar tenía forma, contorno y perspectiva. Una calle era una calle. Una fachada era una fachada. Un café a primera hora tenía una luz concreta. Una plaza húmeda tenía una vibración propia. Todo era reconocible. Quizá no haga falta llamarlo realismo en sentido estricto, porque la vida ya nace filtrada por el carácter y el estado de ánimo. Pero sí se puede decir que era figurativo. Tenía cuerpo. Tenía presencia.
Después pasan los años. Llega el olvido, la fatiga de la memoria, una cierta niebla. Y, poco a poco, las líneas se desdibujan, los rostros se confunden, los nombres se van y los colores cambian de lugar. Lo que había sido una suma de escenas nítidas acaba convirtiéndose en una sola pintura abstracta. No porque lo vivido deje de haber sido real, sino porque la memoria ya no puede conservar su forma exacta. Ya no guarda la escena entera. Conserva su reverberación, su poso.
Y aquí está, para mí, el intríngulis de las biografías. Pensamos que una biografía es la restitución fiel de una existencia. Pero casi nunca lo es. La biografía no es la vida, sino una reconstrucción tardía. Quien escribe una vida, sobre todo si escribe la suya, solo puede dar forma a unos restos, ordenar fragmentos, enlazar escenas que quizá, mientras se vivían, no estaban entrelazadas de ningún modo. La vida, mientras sucede, es dispersa, contradictoria, llena de detalles sin jerarquía. El relato, en cambio, necesita elegir, ordenar y dar forma. Y en ese mismo gesto ya se aleja de la vida tal como fue.
Quizá por eso toda biografía es una verdad incompleta. Una aproximación. Una manera humana de dar sentido a una materia que, mientras se vivía, no tenía ninguna obligación de ser coherente. Necesitamos explicarnos. Necesitamos pensar que hay un hilo. Pero, al hacerlo, volvemos a pintar la vida. La rehacemos. Iluminamos unas partes y oscurecemos otras. El resultado aún nos representa, sí. Pero ya no es la vida misma. Es su forma tardía, su versión abstracta. Es, sencillamente, la condición humana.
La memoria no es un archivo fiable. No es un notario. Cuando se ha viajado mucho, la vida ya no se deja pensar como un inventario. Se parece más bien a una composición hecha de manchas, de reverberaciones, de silencios y de nieblas. Y, sin embargo, dentro de esa abstracción aún late algo cierto. No la certeza del detalle, sino la del tono. No la fidelidad exacta de la crónica, sino la de la emoción que persiste. Aquellos hoteles impersonales, aquellos bares de paso, aquellas llegadas de madrugada y aquellas salidas a primera hora no han desaparecido del todo. Siguen ahí, pero de otra manera. Ya no como una sucesión de imágenes nítidas, sino como una pintura abstracta que las contiene sin llegar a describirlas. Quizá más imprecisa. Quizá más triste. Pero también más profunda.
Y Lagrasse, anoche, con su modestia de pueblo pequeño y esa manera tan súbita de retirarse dentro de sí
mismo cuando cae la tarde, me hizo pensar en todo esto. En la fragilidad de la memoria. En la distancia entre la vida vivida y la vida recordada. En cómo un lugar puede pasar, en pocas horas, de la presencia a la sombra, de la forma concreta a una especie de irrealidad brumosa. Aún había señales de una vida cotidiana, pero todo parecía suspendido en un silencio casi fantasmal. Y pensé que la memoria hace exactamente eso: no conserva la vida tal como fue, sino su reverberación.
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Una mujer escocesa en busca del sol
Cuando llegué a Lagrasse, comprobé inmediatamente que la pequeñez de un pueblo no impide que pueda volverse laberíntico. Las calles eran tan estrechas, tan sinuosas y tan densamente dispuestas, que me adentré con el coche en aquel entramado antiguo hasta acabar en una placita que daba la impresión de un callejón sin salida, como si el pueblo, después de haberte dejado entrar, decidiera de repente que ya no quería conducirte a ninguna parte. Llamé por teléfono a la dueña de la casa donde me alojaba y, en menos de un minuto, apareció allí donde yo había tardado al menos diez minutos en llegar. Aquella inmediatez me hizo pensar que debía de vivir muy cerca.
Iba con un perro. Subieron los dos al coche y me guiaron hasta la casa. La imagen, vista desde fuera, debía de tener algo insólitamente doméstico. Una mujer desconocida y su perro entrando en el vehículo de un viajero solitario para conducirlo, en pleno atardecer, por un pueblo estrecho y casi vacío, hasta una casona donde yo iba a pasar la noche. Me abrió la puerta, me indicó cuál era mi habitación, me explicó las remotas, en realidad inexistentes, posibilidades de encontrar algún sitio abierto para cenar y me señaló también dónde podía aparcar el coche. Todo encajaba demasiado bien con el carácter general de la noche. Después de dar una pequeña vuelta por aquel Lagrasse que ya se había vuelto absolutamente fantasmal, opté por rendirme a la evidencia y volver a la casa.
En la entrada estaba la señora sentada junto al fuego, con el perro cerca, como si fueran los guardianes de aquel espacio. Tuve la impresión de que tenía ganas de hablar. Yo, sinceramente, no tantas. Tenía más bien ganas de ir a mi habitación, cerrar la puerta, dejar fuera el frío y la niebla, y descansar. Pero hay conversaciones que, sin llegar a ser una obligación, tampoco pueden esquivarse del todo. Me senté un rato, en parte por curiosidad, en parte por educación. Resultó que la señora era escocesa. Le pregunté cómo una mujer escocesa había ido a parar a aquel pueblo perdido del sur de Francia. Me respondió con una lógica elemental. En Escocia, me dijo, hacía frío, llovía, había niebla, el clima era malo, y ella había ido allí a buscar el buen tiempo.
No le discutí nada. Le dije que Escocia me encanta, que los paisajes escoceses me parecen de una belleza casi idílica, evitando explicitar que había conocido pueblecitos de Escocia aún más fantasmagóricos que Lagrasse, y seguramente más bellos en su desolación. Tampoco le dije que todo es relativo, y que, para alguien que venía de las Terres de l’Ebre, aquel pueblo del Llenguadoc, frío, vacío y silencioso, no parecía exactamente el lugar donde uno iría a buscar la idea solar de la bonanza. Acababa de entrar de la calle. Era abril y hacía frío. No había ni un alma. No había ningún restaurante, ni ningún bar, ni nada abierto. Nadie, absolutamente nadie, por la calle. La sensación era la de haber ido a parar a un planeta lejano, a un extremo remoto del mundo habitado. Y ver a aquella buena mujer calentándose junto al fuego, en aquella casa también algo fría, diciéndome que había venido del norte de Escocia, cerca de los mares del norte, a buscar allí el buen tiempo, me produjo una perplejidad profunda, casi tierna. Me pareció una contradicción, una pequeña fractura de la realidad que tampoco pedía ser resuelta, pero que hacía evidente la relatividad de las percepciones humanas.
Mantuve la conversación un rato más. No mucho. La curiosidad no anulaba el cansancio. Al cabo de un rato me fui a la habitación pensando en aquella paradoja. En la curiosidad que me producía que una escocesa, si realmente buscaba el buen tiempo, se hubiera detenido allí y no en algún lugar más abierto, más cálido, más claro, más inequívocamente mediterráneo. Pensaba también, inevitablemente, en las Terres de l’Ebre. En esa luz más franca. En esa temperatura más amable. En ese aire más cálido, incluso cuando hay soledad. Porque también las Terres de l’Ebre pueden ser solitarias, y en algún sentido lo son mucho, pero en esa soledad hay una cualidad distinta, una especie de hospitalidad de fondo, una humanidad difusa, una manera menos severa de estar apartado del mundo. No sé cuál habría sido la vida de aquella señora escocesa si hubiera ido a parar a nuestra tierra. No sé si habría encontrado lo que buscaba. Ella se quedó en aquella zona del Llenguadoc, en aquella casa fría, en aquel pueblo fantasmal, con su perro, con su lumbre y con su idea personal del buen clima. Y yo, antes de dormirme, aún pensaba que también la “felicidad meteorológica”, como casi todo en esta vida, es una cuestión profundamente relativa.
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Desayuno en Fabrezan
A la mañana siguiente, al salir hacia el coche, descubrí una vez más hasta qué punto un lugar puede desmentirse a sí mismo en cuestión de horas. El pueblo que la noche anterior me había parecido fantasmal, retirado del mundo, casi extinguido bajo la niebla y el frío, había recuperado de pronto una forma de vida que no era exactamente bulliciosa, pero sí lo bastante visible como para devolverle otra verdad. Había sol. Había luz. El aire era fresco, pero bastante agradable. Y en aquel mismo entramado de calles estrechas que pocas horas antes parecía cerrado sobre sí mismo, ahora se veía alguna figura humana, alguna sombra en movimiento, alguna presencia que hacía pensar que Lagrasse no era solo aquel pueblo nocturno que se había ido apagando hasta quedar reducido a piedra, silencio y perplejidad.
Recuerdo sobre todo a un hombre que salía de una panadería con una baguette bajo el brazo. No hacía nada extraordinario. Salía de la panadería con una baguette. Pero me pareció de una belleza perfecta. La imagen contenía Francia entera, o al menos una idea de Francia que sigue resistiendo, pese a todo, en los pueblos, en los gestos menores, en esa normalidad que no aspira a ser símbolo y, sin embargo, lo es. El mismo pueblo que la noche anterior me había parecido casi espectral se convertía, con aquella luz limpia de la mañana y con aquel hombre caminando con el pan bajo el brazo, en un lugar precioso. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque la luz, una vez más, lo reanimaba todo. El día devolvía al pueblo los matices que la noche había retirado.
Cogí el coche y empecé a subir carretera arriba, con la sensación de que conducir, además de permitirme desplazarme, propiciaba la contemplación de la belleza. La carretera ascendía y, en un punto determinado, se me abrió por la parte inferior una vista preciosa, bucólica, casi idílica de Lagrasse. Me detuve. Había en aquella perspectiva elevada una verdad que la noche me había negado. El pueblo, visto desde arriba y bajo aquella luz de la mañana, parecía reconciliado consigo mismo. Ya no era la masa cerrada, húmeda y recelosa de la víspera, sino una pequeña forma de orden humano puesta en el paisaje con una elegancia antigua. Me detuve para hacer alguna fotografía, pero sobre todo para admirar lo que veía.
Después continué hasta Fabrezan. Y allí sí que había un cargador eléctrico que funcionaba bien, a pesar de que el pueblo era igualmente pequeño. Este detalle, que podría parecer prosaico, formaba parte también de la verdad del viaje. La modernidad, a veces, aparece donde menos te lo esperas, y a veces falla allí donde parecía prometida. Dejé el coche cargando y me fui al bar del pueblo. Un bar claramente francés. Un bar antiguo, bonito, no del todo restaurado, pero de una autenticidad intacta. Una suerte que no hubiera pasado aún por el filtro de la decoración, con el riesgo de acabar en una estética actual poco acorde con el conjunto.
Tenía una barra en forma de U pegada a la pared del fondo, como una especie de isla grande, doméstica y a la vez un poco solemne. El suelo me recordó a muchas casas modernistas de Barcelona, con ese gusto por una belleza popular y decorativa que aún sabía convivir con el uso cotidiano sin convertirse en museo. Había también unas columnas en medio del local, bonitas, que le daban una cierta nobleza, como si aquel establecimiento hubiera conocido otros tiempos, o quizá muchos tiempos superpuestos, y en todos hubiera sabido conservar algo de su dignidad.
Detrás de la barra había una camarera guapa, muy atractiva, de esas mujeres que no parecen haberse propuesto seducir a nadie y que, precisamente por eso, acentúan aún más su presencia. Le pedí un bocadillo y un café americano. No entendió muy bien a qué me refería. Acabó preguntándome si lo que quería era un allongé. Le dije que sí, que era un allongé, pero muy allongé. Me sirvió, finalmente, un allongé no demasiado allongé. Francia también es eso, una precisión terminológica que no siempre coincide con la destreza de un viajero no francófono como yo.
En la barra había cuatro personajes sentados a cierta distancia unos de otros, sin hablarse. Una mujer y tres hombres. Dos bebían ese vino rosado tan característico de las Corbières, de un color pálido. Los otros dos bebían pastis. Los cuatro parecía que frecuentaban aquel bar antiguo y formaban parte del paisaje con una naturalidad casi mineral. No reclamaban atención. No hacían aspavientos. Estaban ahí como están las cosas gastadas que ya han encontrado su lugar definitivo en el mundo. Parecía que habían desayunado allí muchas otras veces antes y, muy probablemente, seguirían haciéndolo al día siguiente y al otro. No sé si eran alcohólicos, pero sí hacían pensar en ese tipo de vidas que empiezan a beber a primera hora no para celebrar nada, sino para sostenerse.
Y entonces, como si todo aquello no fuera ya suficientemente autóctono, empezó a sonar “La vie en rose”. La voz de Édith Piaf llenó aquel bar de pueblo con una naturalidad casi sobrenatural. No era música ambiental. No era un simple hilo musical. Era como si, de pronto, toda una memoria francesa, sentimental, gastada, elegante y herida, hubiera decidido descender hasta aquel local antiguo de Fabrezan para acabar de dar sentido a la escena. Había en aquella coincidencia algo excesivamente perfecto, como si la realidad, a veces tan áspera y tan mal ensamblada, decidiera también concederse instantes de composición magistral. No me lo habría imaginado nunca así. Me habría parecido demasiado. Y, sin embargo, era exactamente así.
De manera espontánea apareció el cocinero, que debía de ser la pareja de la camarera. Me dijo, con toda naturalidad, que aún no había ido a buscar el pan, pero que no me preocupara, que en un momento iba a la panadería de al lado. Y, efectivamente, fue. Ese gesto, tan simple, me pareció admirable. No había ninguna teatralidad en su forma de decirlo. Ninguna voluntad de convertir la improvisación en encanto comercial. Era, sencillamente, así. Aún no había ido a buscar el pan. Ahora iba. Y con ese pan recién traído me preparó un bocadillo de jamón y queso que me sirvieron mientras el coche se cargaba.
La belleza antigua de aquel bar, no del todo restaurada, pero cargada de un regusto auténtico extraordinario, me dejaba en un estado de contemplación que no era exactamente nostalgia. Era otra cosa. Era imaginar qué había podido ocurrir allí a lo largo de los años, de las décadas, quizá de más de un siglo. Cuántas conversaciones. Cuántas esperas. Cuántas soledades compartidas sin palabras. Cuántos desayunos parecidos al mío. Cuántos silencios de campesinos, de trabajadores, de mujeres cansadas, de hombres vencidos o simplemente madrugadores. Cuántas pequeñas escenas sin historia y, sin embargo, llenas de historia.
Yo comía el bocadillo y observaba a aquellos cuatro personajes que seguían sin decirse nada, entregados a esa liturgia opaca de copa tras copa, de sorbo tras sorbo, como si la mañana no fuera el inicio de nada, sino solo una continuación resignada de la noche. Y la voz de Piaf terminaba de dar a todo aquello una atmósfera casi irreal, haciendo visible que la decadencia, cuando no ha sido profanada por la caricatura ni por la miseria exhibida, puede contener una belleza extraordinaria. Que hay lugares vetustos que aún conservan más verdad que muchos lugares impecables. Que hay bares de pueblo donde, durante tres minutos, mientras suena Piaf, toda Francia parece pasar ante tus ojos sin necesidad de monumentos ni de mucho más.
Pensaba también que todo esto formaba parte del viaje tanto como los paisajes, tanto como la luz de la
Provenza, tanto como el encuentro esperado con mis hijos. Sin estos detalles, la postal habría quedado incompleta.
Cuando salí, con el coche ya cargado, me quedó la impresión de haber desayunado no en un simple bar de pueblo, sino en una pequeña cámara de resonancia del tiempo. Un lugar maravillosamente decadente, sí, pero también precioso. Uno de esos lugares que aún no han sido expulsados de sí mismos. Uno de esos lugares donde el desgaste no ha destruido la dignidad, sino que la ha vuelto más visible. Y pensé que, en viajes así, hay mañanas que valen tanto como un monumento. Quizá más.


Josep Maria,
Obrir el darrer post i veure una foto de Lagrasse ha provocat en m i un efecte indescriptible. Resulta que, en aquest petit poble medieval perdut i al que només s’hi arriba si algú es proposa decididament d’arribar-hi, vaig passar bona part dels 10 anys que vaig viure a França!!! I, sí, té un encís particular: l’abadia, els carrers, la plaça porxada, l’entorn … i, en el meu cas, els records, aquesta memòria de la que parles, molt sovint diferent de la realitat viscuda, però, de vegades, tan o més veritable.
Estimat Guillermo, el teu comentari em fa feliç! Quina casualitat!!! No sabia que havies passat anys a Lagrasse, pero si que la teva llarga estada a França havia marcat i molt/moltíssim la teva vida. La coincidència em provoca una emoció que no et sé explicar millor però que té molt d’intuitiva i que és bonica.
Gràcies per seguir-me llegint!!!