El sentido de la proporción
Me he levantado, no sin esfuerzo, antes de que sonara el despertador. No lo he hecho por disciplina ni por ninguna virtud especial. Simplemente me ha atraído la idea de aprovechar unas horas tempranas, todavía limpias del ruido que crece a medida que avanza el día. Esa expectativa ha sido suficiente para ponerme en marcha.
He pasado por el baño, me he mirado al espejo con esa cara tan reconocible de primera hora y he seguido con la rutina habitual. Luego he ido hacia la cocina con la lentitud propia de los primeros minutos del día, he puesto la cafetera y he abierto la puerta del porche. El aire estaba aún intacto, como si el día todavía no hubiera empezado del todo. El silencio era casi absoluto, solo interrumpido por alguna hoja movida por el viento y por el canto de los pájaros. El mar, visto desde aquí, parecía completamente inmóvil, algo que solo se explica por la distancia. Sé que en realidad nada está quieto, que bajo esa apariencia hay un movimiento constante, pero a esta hora la mirada acepta esa calma como si fuera real. Y no me ha parecido mal empezar así, sin exageraciones, con una tranquilidad discreta en lugar de un entusiasmo artificial. Me he recordado que la plenitud no viene de grandes momentos, sino de mantener el sentido de la proporción. La felicidad no depende de acontecimientos extraordinarios, sino de poder vivir días normales con cierta serenidad.
Estas primeras horas me dan una energía muy particular. Siento que la mente y el mundo encajan con naturalidad, sin tensión, sin euforia.
Me gusta tener la radio encendida, no tanto para escucharla de forma constante, sino para prestarle atención de vez en cuando. Incluso juego a eso. De repente decido escuchar con atención y casi siempre ocurre lo mismo. O dan una mala noticia, o cuentan algo irrelevante, o recurren a la ironía, que suele ser lo más interesante. Entonces me pregunto, con honestidad, cómo se puede afirmar que el mundo va bien y que la humanidad progresa. Vivimos en una sociedad que necesita creer que todo mejora y que la felicidad debe ser constante. Retomaré esta idea más adelante.
Leo algunos salmos del Antiguo Testamento sin prisa, tomo notas. Podría salir a caminar, como hago muchos días, pero hoy lo dejo para más tarde. Intento que el pensamiento encuentre por sí mismo un cierto orden interior, algo que no sé provocar pero que a veces aparece. Y entonces sucede algo importante. Durante un rato, la vida se deja vivir sin necesidad de defenderse. No tengo que justificarme, ni construir un relato sobre mí mismo, ni exigirle al día nada extraordinario. Basta con el café, con la luz, con la puerta abierta, con la sensación —frágil pero valiosa— de estar protegido, al menos en parte, de la hostilidad del mundo. Requiere esfuerzo, pero es posible. Incluso mientras Basté enumera su lista habitual de malas noticias. En estas mañanas hay una forma de reconciliación con la existencia que no llamo felicidad, porque la palabra es demasiado grande y está demasiado gastada, pero sí una serenidad profunda, una disposición interior que vale más que cualquier entusiasmo exagerado.
Pero no sería honesto dar a entender que el día ya está resuelto. Muchas veces, cuando se escribe sobre la vida interior, se cae en el error de mostrar solo los momentos más claros, como si todo fuera lucidez. Y no es así. También hay desorden, distracciones, pequeñas obsesiones, cansancios sin nombre.
A mediodía, casi sin darse cuenta, esa armonía de la mañana se rompe. No hace falta que ocurra nada importante, y precisamente por eso cuesta más explicarlo. Sin saber cómo, aparece lo que podríamos llamar “el día social”, con su insistencia constante. Mensajes, gestiones, noticias que llegan tarde, llamadas sin importancia, tareas que no eran urgentes pero que reclaman atención como si lo fueran. La mente, que antes estaba clara, empieza a fragmentarse. Aparece un desgaste que no es todavía cansancio físico ni tampoco amargura, pero que diluye la calidad del tiempo anterior. Es así. No somos perfectos, y nuestra vida tampoco lo es. A partir de cierta hora, el mundo deja de parecer un paisaje agradable y se convierte en algo rutinario, casi burocrático. Y no pasa nada. La vida también es eso. Basta con un poco de realismo. Ni siquiera hace falta adornarlo.
Ahora bien, ese momento hay que saber gestionarlo. De eso depende que la tarde continúe dignamente la mañana o que se convierta en una caída más dentro de esa dispersión que, sin hacer ruido, desgasta el ánimo. Veo que muchas personas resuelven este punto refugiándose en la distracción. Llenan el tiempo para que no pese. Una pantalla, luego otra, una llamada, un café, pensar en la noche o en el fin de semana. Cualquier cosa sirve si mantiene la mente ocupada y evita que aparezca la pregunta sobre el sentido de los días. Lo entiendo. Es una forma de protegerse. Pero también encierra una renuncia. Porque llega un momento en que uno sospecha que no está viviendo su vida, sino evitándola.
Yo mismo he sentido hoy esa tentación. Quedarme en casa, aparentando descanso mientras me dejaba llevar por la inercia de
las noticias y del tiempo muerto. Pero algo —quizá el recuerdo de la mañana— se ha resistido. He salido a caminar. No como terapia ni como obligación, sino porque a veces el cuerpo ayuda a la mente cuando esta se enreda. He caminado sin rumbo fijo, mirando más que pensando, dejando que el viento, la luz de la tarde, los árboles, la gente paseando sin saber nada de mi pequeño conflicto interior, fueran colocando las cosas en su sitio. Caminar no soluciona los problemas, pero ayuda a no exagerarlos. Y eso, en ciertos momentos, ya es suficiente.
Al volver, no he sentido ninguna plenitud especial. No ha habido nada extraordinario. Pero sí una sensación de ajuste, de haber recuperado el equilibrio. El día no se había perdido del todo. Aún podía salvarse de esa disolución silenciosa que a veces lo arruina. He leído un poco más, he dejado que la tarde entrara lentamente en casa y, mientras la luz se apagaba, he entendido algo sencillo. La batalla no consiste en mantener un estado alto de ánimo, eso es una ilusión. Consiste en saber recomponer, una y otra vez, la relación con lo que hay. Quizá vivir sea precisamente eso. No estar siempre en la claridad, sino evitar que la niebla del mediodía lo invada todo
La apuesta por la vida (entera)
En días así, cuando uno ha probado lo apacible durante la mañana y también su pérdida, entiendo mejor aquello que Pablo d’Ors formula con una sencillez que solo aparentemente es simple. Hay escritores que buscan la frase brillante, el juego conceptual, el fulgor de la inteligencia. D’Ors, cuando está en su mejor momento, no busca nada de eso. Hace algo más difícil. Dice lo esencial sin inflarlo. Y lo esencial, en este caso, no es ninguna técnica de bienestar ni ningún método para dar brillo al alma, sino la aceptación de la vida entera. Esta expresión, dicha así, podría sonar vaga o devota si no la lleváramos hasta sus últimas consecuencias. Pero, una vez te adentras en ella, ves que es de una exigencia enorme. Porque decir sí a la vida entera no quiere decir decir sí a la parte amable de la vida, ni a la parte soportable, ni siquiera a la parte bella. Quiere decir decir sí también a la fatiga, a la pérdida de orientación, a la parte opaca de los días, a la humillación, al fracaso, al cansancio moral, al miedo, a la enfermedad, al paso del tiempo, al desajuste entre lo que querríamos vivir y lo que efectivamente vivimos.
Esa es la frontera que nuestro tiempo no quiere atravesar. Acepta hablar de bienestar, de salud emocional, de autocuidado, de crecimiento personal, pero le cuesta enormemente mirar de frente el hecho de que la vida humana no es una trayectoria ascendente hacia una mayor comodidad subjetiva. Hay una infantilización sentimental en la cultura contemporánea que consiste en considerar que todo aquello que nos incomoda es, de alguna manera, un error del sistema. Si una relación se complica, si el cuerpo falla, si la mente se desordena, si aparece la tristeza, la angustia o la simple sensación de no encontrar el lugar, se activa de inmediato el reflejo de corregir, de eliminar, de gestionar, de transformar lo doloroso en una incidencia que hay que resolver. D’Ors, en cambio, apunta en dirección contraria. No aconseja maquillar la parte hiriente de la existencia, sino incluirla. No dice que el dolor sea bueno —sería una obscenidad decirlo así—, pero sí dice, implícitamente, que la vida no puede ser amada con reservas, que quien solo se aviene con aquello que lo reconforta no ama la vida, sino una versión podada, higiénica y, en el fondo, falsa de la vida. D’Ors es sacerdote y lo que motiva su artículo es la Cuaresma. Y la Cuaresma, en la tradición cristiana, no es precisamente un período de optimismo sentimental ni de expectativa amable. Es un tiempo de verdad. De ver lo que hay. De no maquillarse el alma. De renunciar a las anestesias. De dejar de huir.
Lo he pensado a menudo, y hoy todavía más, después de este día tan poco espectacular en términos de la era de la estupidez en que vivimos. Poco “guay”, sí, pero, aun así, revelador en su modestia. La mañana me ha parecido buena. El mediodía me ha parecido flojo, casi mediocre. La tarde ha sido un intento de restitución. ¿Cuál de estos tramos es la vida verdadera? ¿El claro o el opaco? ¿El sereno o el disperso? ¿El que da sentido o el que lo enturbia? La respuesta madura solo puede ser una. Todos. Todos forman parte del mismo tejido. Todos entran en el cómputo. Todos han de ser asumidos si no queremos convertir la existencia en una elección interesada de fragmentos favorables. Es aquí donde la posición de d’Ors me parece, en el fondo, profundamente afirmativa, incluso optimista en el sentido elevado del término, pero no en el sentido banal con que hoy se usa esta palabra. No se es optimista porque se prometa que todo irá bien, ni porque se ofrezca una lectura amable de la experiencia, sino porque se considera que la vida, a pesar de su carga de dolor y de sombra, merece un sí íntegro. Eso me parece
mucho más sólido que cualquier entusiasmo.
La tradición espiritual seria —la cristiana cuando es auténtica, la estoica cuando no degenera en consigna, la mística cuando no deriva en narcótico— ha sabido siempre algo que nosotros hemos olvidado. Que la afirmación de la vida no pasa por la eliminación de lo negativo, sino por su transformación interior. No se trata de gustarse continuamente, ni de vivir bajo una radiación constante de emociones confortables, sino de llegar a una relación con la realidad que no exija al mundo ser distinto de lo que es para poder aceptarlo. De nuevo, sentido de la proporción para habitar el día, con su luz y su niebla, sin idolatrar ni despreciar. Una vida proporcionada no es una vida pequeña, porque no se exagera a sí misma, y por eso responde más a la verdad.
El gran malentendido contemporáneo, o cómo el realismo se ha vuelto sospechoso
Muchos de los que confunden el realismo con el pesimismo utilizan la palabra optimismo para referirse a cualquier discurso suavizado, que evita lo grave, aquello que incomoda o resulta desagradable.
Me cuento entre quienes, cuando describimos el mundo tal como es, con sus fracturas, reconociendo que hay sufrimientos sin compensación, que hay desgastes que no mejoran a nadie, que hay días vacíos, relaciones que fracasan, degradaciones silenciosas y decepciones irreversibles, somos a menudo considerados pesimistas. En cambio, quien mantiene un tono amable, quien habla de posibilidades, quien evita los aspectos más duros de la experiencia, quien procura que el lector o la audiencia se sientan bien en todo momento, ese es visto como optimista. El cambio en el significado de las palabras es tan evidente que, en muchos casos, el optimismo ya no describe una forma de entender la vida, sino simplemente una manera de generar bienestar emocional.
Pero el pesimismo, entendido con rigor, no es eso. El pesimista no es quien ve las dificultades. El pesimista es quien cree que esas dificultades invalidan todo lo demás. Es quien piensa que la vida pierde su valor por el hecho de contener dolor. Es quien ve en el mal, en el fracaso, en el paso del tiempo o en la muerte una negación definitiva de cualquier sentido. El optimista superficial, en cambio, no niega ese valor, pero lo acepta solo si la realidad aparece de una forma agradable. Necesita una vida que se pueda mostrar bien, que sea emocionalmente fácil de consumir, que resulte amable. En el fondo, ambos ponen condiciones. El pesimista rechaza la vida si incluye sufrimiento. El optimista superficial solo la acepta si aparece suavizada y bien presentada. Ninguno de los dos acepta la realidad completa.
El realismo, en cambio, no es una cuestión de estado de ánimo. Es una forma de mirar. No niega el dolor ni lo convierte en algo positivo. No idealiza la desgracia ni la elimina. No asegura que todo irá bien ni afirma que todo carece de sentido. Se limita a mirar la realidad en su conjunto y a pensarla tal como es. Es más sobrio que el optimismo y más fiel que el pesimismo. Sin embargo, hoy es la postura más difícil de entender, probablemente porque exige una madurez que encaja mal con una cultura que simplifica las emociones. El realista no ofrece el consuelo fácil ni tampoco el atractivo oscuro de la desesperación. Propone algo más exigente. Vivir en el mundo sin engañarse. Y eso, en una época dominada por mensajes emocionales simplificados, resulta casi incómodo.
Por eso es comprensible que muchas personas llamen pesimismo a lo que en realidad es simplemente negarse a falsear la vida. Pero esa interpretación es pobre. Solo desde una relación realista con la existencia se puede llegar a una afirmación que no sea ingenua. El optimismo auténtico no consiste en esperar que la realidad se adapte a nosotros, sino en aceptar vivir sin exigirle eso. Aquí es donde la idea de d’Ors, entre otros, resulta sugerente. La plenitud no está en una alegría constante, sino en una proporción equilibrada. Y esa proporción no se consigue eliminando partes de la vida, sino aceptando su mezcla.
Contra la obligación de ser felices 
Si pensamos con un cierto rigor por qué discursos como el de Víctor Küppers obtienen el éxito que obtienen, evitaremos la tentación de liquidarlos con una descalificación sumaria. El problema no es que en lo que dice no haya ninguna verdad. La hay. La actitud importa. La manera de situarse ante las dificultades no es irrelevante. El victimismo persistente desgasta y esteriliza. La queja elevada a identidad moral es insoportable. Todo eso es cierto. Pero las verdades parciales, cuando se hacen pasar por una explicación omnicomprensiva del ser humano, acaban produciendo caricaturas. Y la caricatura, aquí, consiste en exagerar tanto el papel de la actitud que la realidad acaba moralmente subordinada al estado de ánimo. El mensaje implícito es devastador por su aparente amabilidad. Si no te sientes bien, algo estás haciendo mal. Si no remontas, quizá es que no te aplicas bien. Si la vida pesa demasiado, revisa tu mirada. Sonríe mejor. Adminístrate. Reenfócate.
Eso, llevado demasiado lejos, deja de ser una invitación a la responsabilidad y se convierte en una coacción. Hay realidades que no se resuelven por actitud y duelos que no se acortan forzando sonrisas. Hay enfermedades, derrotas, desconciertos y rupturas que no necesitan una inyección de positividad, sino tiempo, silencio, pensamiento, compañía o simple resistencia (o resiliencia, como gusta decir ahora). Reducir el espesor de la condición humana a una cuestión de estado de ánimo modificable puede ser una forma de crueldad sutil. Quien sufre, además de sufrir, puede llegar a sentirse culpable por no saber gestionar su dolor con el optimismo que hoy parece casi obligatorio.
Aquí conecta de lleno la crítica de Byung-Chul Han, que ha sabido ver con mucha precisión cómo nuestro tiempo ha convertido la positividad en imperativo y la felicidad en rendimiento. Ya no basta con vivir. Hay que vivir bien, demostrarlo, exhibirlo, proyectar energía, presentarse ante el mundo con gesto satisfecho. La tristeza ha pasado a ser sospechosa. La gravedad molesta. La duda sostenida denota un problema de adaptación. Todo aquello que no es afirmativo en el sentido pirotécnico del término se vuelve disfuncional. Es una cultura que confunde la vida con un parque temático de sensaciones positivas solo alcanzable mediante la maximización de experiencias agradables. Se acepta la luz blanca de la mañana, pero no la niebla mediocre del mediodía.
Por eso la obligación de ser felices me parece una de las formas más crueles de una barbarie pretendidamente soft.
La felicidad, en los momentos en que asoma, lo es en la medida en que es consecuencia indirecta de una relación coherente con la realidad. No se puede decretar, no se puede exigir, no se puede exhibir sin que pierda algo esencial. Cuando se la transforma en deber, se la degrada. Y lo que queda es un simulacro social de bienestar, que puede resultar funcional en una conferencia de autoayuda, en una red social o en una conversación ligera, pero que se agrieta en cuanto la vida comparece con toda su contundencia.
Yo prefiero, cada vez más, una alegría menos estridente y mucho más sólida, que no excluya la herida, ni necesite negar la parte sombría del mundo para seguir afirmándolo. Quizá eso es lo más cerca que he estado de un optimismo digno de ese nombre.
Cuando por la noche apago la luz y…
Y pienso en el día que termina, intento, más que preguntarme si he sido feliz, averiguar si he estado presente y si he podido mantener suficiente lealtad a la realidad. El resto —el entusiasmo, la alegría, esa misteriosa sensación que a veces comparece sin aviso y que llamamos felicidad— ya llegará, si es el caso, o no. Me esfuerzo —con mayor o menor éxito— en aprender a habitar la vida entera, tal como llega, sin exigirle decorados, ni confundir la lucidez con el pesimismo ni la sonrisa obligatoria con la verdad. Quizá la vida no sea maravillosa en el sentido ingenuo con que hoy se nos dice que debería ser. Pero es, incluso en su aspereza, profundamente digna de ser vivida tal como viene, con una cierta serenidad. Y no conozco optimismo más alto que este realismo.

Gràcies. Bonica reflexió. Així és la vida quan l’acceptés en totes les seves facetes. És el ser i no el estar. És el contrari de la banalitat.