Comentario ocioso
Siempre me ha intrigado la manera en que los lectores buscan la vida del autor dentro de los textos que este escribe. Sobre todo cuando se trata de la llamada literatura del yo. Como si toda observación fuera confesión, como si toda mirada fuese autobiografía disfrazada.
He comentado a menudo que incluso las autobiografías más honestas no son más que una forma, entre muchas posibles, de explicar el recuerdo que se tiene de determinadas vivencias. El tiempo reordena los hechos, la memoria los depura, la conciencia los justifica o los embellece. No siempre hay voluntad de engaño. Hay, más bien, una dificultad natural para acceder a la verdad desnuda de los hechos. Recordamos desde un lugar que ya no es el mismo en el que vivimos.
Hace años escuché una historia que me impresionó. Una mujer —amante durante muchos años de un hombre casado— sentada sola en los últimos bancos de una iglesia, asistiendo al funeral del hombre al que había amado clandestinamente. Los hijos del difunto dirigieron unas palabras a los asistentes. Quizá también la viuda. Las glosas al difunto llenaban la nave con una solemnidad legítima. Y ella, en silencio, sin derecho al duelo público, sin legitimidad para llorar con los demás, sostenía un dolor que no podía exhibir. Aquella imagen —la viuda ilegal, si se quiere decir así— me impresionó por su densidad moral. No sé hasta qué punto la memoria ha modificado sus contornos. Sé, sin embargo, que la imagen persiste. Como la del sepelio de François Mitterrand. Allí, la mujer, la hija ilegítima y la amante pudieron compartir la despedida.
Cuando escribo sobre determinados perfiles humanos, no hago inventario de personas concretas. Observo, escucho, mezclo experiencias propias y ajenas, lecturas, intuiciones, fragmentos de conversaciones que han quedado sedimentados con el tiempo. La realidad no es una fotografía, es un sedimento. La cabeza elabora, combina, comprime, distorsiona. El resultado no es ningún retrato identificable, sino una figura posible, un mosaico. 
Un dietario no es un acta notarial. Es una mirada sobre lo que vivimos y lo que intuimos. Si alguien se reconoce en él, no es porque esté descrito, sino porque el tipo, la tipología, existe.
Y lo que viene a continuación, aun estando basado en hechos reales, no es la historia de nadie en particular. Es una mirada sobre una manera de vivir y sobre una manera —demasiado frecuente— de empequeñecer, delimitar y controlar la vida de la pareja.
Un buen partido con descalabro final
Miércoles, febrero. La mañana ha amanecido con una luz blanca, casi metálica, que acaricia y define, una luz que no admite difuminados y que en la costa —sea Llavaneres o Llafranc, Port de la Selva o Cadaqués— tiene esa cualidad implacable de dejarlo todo al descubierto, como si el paisaje hubiera decidido, sin hacer ruido, prescindir de cualquier indulgencia. Rocío sale a la terraza con el café en la mano y se queda de pie, mirando el mar con una concentración que no es exactamente contemplativa, sino interrogativa, como si el horizonte fuera una superficie que pudiera perforarse con la mirada para encontrar en ella una respuesta que todavía no tiene forma verbal. Hay una preocupación de fondo.
La terraza no es grande ni pequeña, es suficiente. Tiene la medida justa de los lugares que han sido pensados para ser viviendas de temporada y que, con el tiempo y el ir a menos, se convierten en refugio permanente de una vida que ha cambiado de dirección. En la barandilla hay un tomillo poco llamativo, de olor persistente, que no reclama atención y que, sin embargo, resiste los inviernos con una obstinación vegetal que parece moral. Rocío lo toca con los dedos, sin arrancar ninguna hoja, solo para confirmar que está vivo. Hay cosas que continúan, piensa, aunque el resto se haya desvanecido.
Vendió el piso de Barcelona con un cierto nudo en el estómago, pero evitando el dramatismo. Era el piso que le habían regalado sus padres cuando se casó, cuando todo iba más granado y todavía se creía que se podía contribuir con bienes materiales a una felicidad que no se publicitaba, pero se daba por descontada. No había, en aquel momento, ningún indicio de error. Había brillo dentro de una vida ordenada como es debido. Dos salarios que entraban con puntualidad, un círculo de amistades homologables, cenas en las que se hablaba de negocios, de hijos, de colegios y de vacaciones con una naturalidad que excluía cualquier sospecha.
El verano transcurría en la Costa Brava, en alguna cala de mar aparentemente cristalino donde la discreción —ligeramente impostada— formaba parte del código. El invierno podía ser en la Cerdanya, con los niños vestidos de colores vivos en las pistas y fotografías que, años después, todavía parecen una declaración de solvencia. En las épocas más florecientes había viajes más lejanos, algún resort en el Caribe donde el lujo no se disimulaba demasiado y donde las imágenes se exhibían con esa satisfacción un poco ostentosa que confunde plenitud con visibilidad.
Rocío pertenece a un círculo que fue a más y creció, cuando el ascensor social iba hacia arriba. El progreso era una línea ascendente que, si se administraba con inteligencia, no tenía por qué quebrarse. Rocío simboliza muchas “Rocíos”. Algunas, como ella, optaron por no perder demasiado tiempo estudiando e incorporarse rápidamente al mundo laboral, no tanto por una pasión vocacional como por una lectura práctica de la vida. Lo que contaba era empezar pronto, sumar, no quedarse atrás. El esfuerzo intelectual no era una finalidad en sí mismo, era un instrumento. Otras procedían de un ambiente más refinado, donde la carrera universitaria no se vivía como una apuesta por acceder pronto a un buen salario, sino como una pieza más del conjunto. Una licenciatura adecuada, una cultura lo bastante funcional como para sostener una conversación con elegancia. No se esperaba esa profundidad que puede despertar conciencias y acabar alterando el orden social que las protegía. Esas “Rocíos” no estaban llamadas a formar parte de la gauche caviar, proveedora de líderes revolucionarios. El paquete debía ser completo, conservador, sin estridencias, armónico, presentable. La educación, en esos casos, no era una vía de emancipación, sino una manera de confirmar el estatus, de encajar con solvencia dentro del mundo que ya las había predefinido.
El matrimonio no fue una explosión sentimental ni una huida irracional. Fue, en su momento, una consecuencia lógica. El nivel encajaba con el nivel, la familia con la familia. Nos movemos entre los nuevos ricos y la pequeña burguesía menos estridente. Esa coherencia casi administrativa no excluía un hilo de encanto juvenil, el derecho a soñar con el hombre seguro, merecedor de admiración, evocador del príncipe azul o prefabricado con cartón piedra. La seguridad tranquilizaba porque parecía proporcionar saber sobre el funcionamiento del mundo, y la seguridad, cuando tienes treinta años y todo parece abierto, se confunde fácilmente con protección.
Aquel marido correcto no gritaba. No había escenas memorables ni humillaciones públicas que permitieran identificar un punto de ruptura claro. Había, en cambio, una sucesión de pequeñas correcciones que, tomadas aisladamente, parecían incluso sensatas. “Quizá no hacía falta decirlo así.” “No te exaltes.” “Ya me encargo yo de explicarlo.” Frases dichas con un tono que no era agresivo, sino didáctico, como si él asumiera, casi con generosidad, la responsabilidad de filtrar el mundo para que ella no se hiriera en él.
Rocío no se sintió nunca maltratada. Se sintió matizada, rectificada, pulida, acompañada por una especie de pedagogía continua que, con el tiempo, se convirtió en una forma sutil de jerarquía. Empezó a calibrar las palabras antes de pronunciarlas, a moderar el entusiasmo porque el entusiasmo podía parecer ingenuo y generar mal humor, a consultar decisiones que antes habría tomado con naturalidad. No dejó de ser del todo ella misma, pero empezó a ser una versión más contenida, más prudente, más ensimismada. Hay hombres que no necesitan levantar la voz para empequeñecer el mundo de
los otros. Basta con ocupar el centro de la conversación, con interpretar los silencios, con poner una ligera sombra sobre cualquier iniciativa que no pase por su filtro. No es una tiranía espectacular. Es una reducción lenta, una erosión del territorio interior que se produce sin golpes, sin sangre, sin testigos.
En estos casos, los matrimonios no estallan. Se agotan. Y cuando el vínculo se ha ido afinando hasta convertirse en una superficie estrecha, la separación llega como una consecuencia casi física, no como una explosión, sino como una necesidad de respiro. Un día, sin fecha precisa, el cuerpo dice basta. No por odio. Por fatiga. No porque haya habido un acto irreparable, sino porque la suma de pequeños ajustes ha acabado convirtiendo la vida en un espacio demasiado reducido para respirar en él con plenitud.
Rocío lo tiene en la cabeza mientras mira el mar, que parece quieto, pero que nunca lo está del todo. Quizá la quietud sea solo una ilusión de la distancia. Quizá el movimiento esté siempre ahí, aunque no lo veamos…
Antes sola que sin partido
El amor es una puta mierda, hasta que vuelves a enamorarte. Y así en bucle.
Sara Herranz en El amor es (im)posible, de Carme Abril
El pádel ha ido ocupando un lugar central en la vida de Ariadna y de muchas mujeres como ella. Es la cita inamovible. La hora sagrada, reservada en la agenda semanal, el compromiso que rara vez se cancela. Entre expectativas que se encienden y se apagan, aquella pista ofrece una estabilidad tangible. Hay tardes que se organizan alrededor de un partido y conversaciones que esperan porque el 5-4 todavía no está resuelto. Esa fidelidad, semana tras semana, acaba pesando más de lo que parece.
En la pista corren con una intensidad que no es solo física. Golpean la pelota con decisión, sin contemplaciones. El marcador importa. Cuando ganan un punto, la satisfacción es inmediata y limpia, la bola ha entrado y basta. El grito sale espontáneamente, breve, casi seco, sin pedir permiso. Durante esa hora no hace falta explicarse, no hace falta justificar nada. Es como si alguien que tuvo que acostumbrarse a ir con cuidado para no molestar pudiera, por fin, ocupar el espacio sin someterse a la evaluación constante.
Después del partido, con el sudor todavía en la piel y la marca de la cinta de la pala en la muñeca, las cuatro se sientan en la terraza del club. La madera de las mesas tiene esa rugosidad gastada de lugar de paso, y los vasos, cuando chocan, producen un sonido seco que ordena el cansancio. Clara deja la pala al lado de la silla con un golpe intencionadamente suave, que viene a decir “basta por hoy”. Helena se recoge el pelo con una goma que lleva en la muñeca como quien conserva una herramienta de supervivencia. Sonia, aguas aparte, pide dos cervezas y dos copas de vino blanco, no porque sean grandes bebedoras, sino porque el cuerpo, después del esfuerzo, agradece una pequeña ceremonia. Ariadna se sienta un poco más atrás. Habla poco. Escucha y, en primera instancia, calla.
La conversación empieza con las nimiedades propias de la situación. Una bola que ha tocado línea, el monitor que habla demasiado, la pareja rival que grita como si se jugara la vida. Y enseguida, sin que nadie lo decida, pero siguiendo el guion no escrito habitual, el tema deriva hacia los hombres. Un ritual que, si se les hace notar, no niegan, pero minimizan, y que se repite en cada pospartido.
Clara introduce el tema, con la misma mezcla de vanidad y desidia, entre real e impostada, de siempre.
—El viernes por la tarde he quedado con aquel tío. No sé ni por qué. Quizá porque resulta agradable sentir que alguien te mira con interés. O quizá porque ni yo misma, a veces, sé distinguir si lo que busco es la compañía de un hombre o sentirme deseada. Habla bien. Demasiado bien. Lo tiene todo controlado. Y yo, cuando veo tanta coherencia, me pongo en guardia. Suena absurdo, ya lo sé. Pero hay algo que me hace recular.
Helena responde sin darse prisa.
—A mí, si hablan bien, pues fantástico. Lo que me cansa es cuando esa seguridad te obliga, sin decirlo, a encogerte en la silla. Al principio te parece alguien con criterio. Poco a poco vas notando que empiezas a vigilarte con desasosiego, a pensar antes de hablar. Y ese es el precio que yo ya no quiero pagar. Ni por amor, ni por sexo, ni por ninguna promesa de estabilidad.
Sonia hace un gesto con la mano para pedir que le pongan un poco más de vino. No parece demasiado afectada, pero lo que dice tiene esa carga que solo sale cuando se han acumulado demasiados episodios de lo mismo.
—Yo ya no me fío ni de mí algunos días. Cuando estás sola y la casa se te cae encima, acabas pensando que el problema eres tú. Que quizá pides demasiado. Y entonces aparece alguien que te escribe cuatro cosas bonitas y ya te parece suficiente. Hasta que en el tercer mensaje hay una frase que te hace dudar. No es nada grave. Pero te hace dudar.
—A veces pienso si no sería más fácil ceder un poco —continúa, con voz más baja—. Pero luego me viene una cosa aquí —se toca el estómago— y sé que no debo hacerlo. Y sigo sola. Y no quiero estarlo, y…
Clara asiente con un cierto humor, el punto de ironía necesario para evitar que el dolor se haga demasiado evidente.
—Y los de Tinder, además, tienen una cosa… Debe de ser verdad que hay de todo. Pero al final, la mayoría, te parecen adolescentes tardíos que quieren impresionarte. Y yo ya no tengo veinte años. Si se vieran con mis ojos… Me da rabia que todavía pueda afectarme según qué.
Ariadna no había dicho nada hasta entonces. Da un sorbo a la cerveza, como si necesitara una pausa entre lo que oye y lo que está a punto de decir.
—A mí me ha cambiado una cosa —dice con calma—. No reniego del deseo. Pero ahora estoy muy atenta. Cuando noto esa manera casi imperceptible de corregirme, de completarme la frase, de decidir por mí con falsa buena intención, se me enciende una alarma. Quizá exagero, quizá no es para tanto, pero yo ya he vivido cómo empieza eso. Y cómo acaba. Y en ese momento doy un paso atrás. No porque no quiera a nadie. Al contrario. Lo que pasa es que todavía quiero encontrar a alguien, pero ya no puedo evitar ver el riesgo antes de que suceda. Y eso, a veces, me hace dudar incluso cuando quizá no haría falta.
Las otras no la contradicen. Hay un silencio breve, como una respiración compartida.
Después el tema deriva hacia el calendario, hacia las citas que hay que encajar con la pista reservada. Lo dicen riendo, pero saben que hay tema más allá de la gestión de la agenda.
El pádel y esta mesa no han venido a ocupar el lugar de nadie, pero han abierto una especie de compás de espera de no se sabe muy bien qué —o sí—, de margen, donde la tarde está ocupada y el cuerpo encuentra un espacio para ejercitarse. Todo ello marca un ritmo que ordena la hora más incierta del día. Durante el partido todo es preciso, la pelota llega y se devuelve, el marcador se mueve y la voluntad tiene objetivos concretos de victoria, o al menos de disfrute. Después, cuando cada una
vuelve a casa y la luz va bajando sin más testigos, reaparece una expectativa que no se ha extinguido. No han dejado de desear una complicidad que todavía no llega, y esa tensión entre lo que han aprendido a no tolerar y lo que siguen anhelando es lo que hace que la siguiente partida sea siempre algo más que un simple juego, una manera de llegar a la noche con un poco más de orden interior mientras esperan que, algún día, alguna presencia se ajuste a su medida sin obligarlas a empequeñecerse. Cosas más raras se han visto…
En el green
El domingo por la mañana he ido al club de golf, no para jugar —cosa que ahora ya no hago casi nunca— sino para pasar un rato y observar, que es una actividad mucho más provechosa que golpear una bola con una disciplina que ya no tengo. El garbí soplaba con un temple regular, sin escándalo ni aspavientos, pero lo bastante tenaz como para que en el hoyo doce y en el quince las bolas se escaparan bastante más allá de lo previsto, cosa que irritaba a los jugadores, aunque, con la contención que viene al caso, nadie se permitía una protesta excesiva. En estos lugares conservar la compostura es casi una norma moral.
Hacia el mediodía han llegado a la terraza cuatro mujeres que acababan de jugar. Caminaban con ese aire ligeramente fatigado, pero digno, de quien ha pasado horas andando bajo el sol y no quiere parecer cansada. La terraza, blanca y ordenada, con mesas redondas y cojines claros perfectamente dispuestos, ofrece una sensación de estabilidad que tranquiliza. Se han sentado sin hacer ruido, han pedido agua y la han bebido con prudencia, pero con rapidez. Después ha llegado el champán, una botella compartida que, como suele pasar en estos casos, no se acabará del todo. Uno sabe que la mesura forma parte de la estética.
El camarero es un chico joven, alto, con un punto de seguridad petulante propio de la juventud, y que estas mujeres observan con una cierta complacencia. Sabe moverse con una gracia discreta y no necesita que le digan gran cosa. Conoce las rutinas, anticipa el momento, sirve con una ligera inclinación que no es servil ni insolente, sino exactamente adecuada.
La conversación ha empezado hablando del viento, de un golpe mal calculado en el quince, de una bola que se ha desviado más de la cuenta. Cosas menores. Pero en un momento determinado ha aparecido el nombre de Bea, y con el nombre la conversación ha adquirido un espesor distinto. Bea es la que se separó hace dos años. Joan, que antes subía a la terraza con ella, ahora aparece de vez en cuando con una chica que camina erguida, sin esa precaución que proporcionan los años. Lleva los brazos expuestos al sol, el paso es firme y largo, y se sienta sin mirar si el vestido se arruga. El contraste es lo bastante visible como para que en la mesa de al lado las frases se hagan un poco más cortas.
Joan no era un hombre excéntrico ni especialmente llamativo. Era correcto, integrado y parecía previsible. De esos que pasan desapercibidos hasta que un buen día se hacen notar sorprendiendo a la parroquia. Y eso es lo que inquieta. Si Joan, que no parecía distinto de los demás, decidió cambiar de vida con tanta naturalidad y frescura, ¿qué diferencia realmente a los otros maridos que ríen en la mesa de al lado con una seguridad sonora?
No hace falta plantear esa pregunta en la conversación. Basta con frases prudentes. “El mío no es un ogro.” “Es como es.” Expresiones que sirven para mantener la formalidad. Pero el detalle de la juventud de la nueva pareja de Joan pesa. No se dice con crudeza, pero se tiene presente. El paso del tiempo, en estos ambientes, es un factor que se procura obviar y mirar de reojo.
Han comentado que Bea ha vuelto a trabajar en una inmobiliaria, cosa que en otro ambiente quizá no tendría ningún relieve especial, pero aquí la palabra trabajar no es nunca inocente, porque no designa solo una ocupación, sino una situación, un estatus. No se ha dicho con tono dramático, se ha dicho con esa neutralidad prudente que permite evitar formular el juicio de manera explícita. Trabajar puede querer decir que una mujer ha apostado por una vida distinta, pero puede querer decir, también, que la red que la sostenía se ha roto. En la conversación se ha recordado también que la casa de verano se vendió —qué remedio— y que ahora vive en un piso más pequeño, en la ciudad, sin jardín, qué le vamos a hacer, y con menos fachada. El nivel —palabra que nadie ha pronunciado, pero que todos tienen presente— se ha ajustado estrepitosamente. Y, sin embargo, según parece, Bea duerme mejor.
Esa observación, dicha casi de pasada, ha producido una ralentización perceptible en la conversación. ¡Duerme mejor! Es una afirmación que lo altera todo, que desmonta una convicción muy arraigada, la idea de que el tamaño de la casa y la solidez de la cuenta corriente tienen alguna relación directa con la tranquilidad nocturna. Si se puede dormir mejor en un piso diminuto que en una casa espaciosa y rutilante, entonces quizá haya cosas que no dependan del jardín ni de la terraza, sino de otro tipo de equilibrio que no se ve desde fuera. Nadie ha querido discutirlo, pero tampoco nadie lo ha dejado pasar del todo.
En la mesa de al lado, los hombres reían con esa expansión franca de quien no cuestiona su propia posición. Era una risa amplia, segura, casi confortable. Ellas han mirado un momento hacia allí, sin ironía explícita, pero con una atención que no era banal. La risa masculina, en estos lugares, parece formar parte del paisaje, como las sombrillas o el green perfectamente recortado.
Cuando una ha dicho que Bea no se había marchado por capricho, sino por cansancio, no hablaba del cansancio del sol ni del juego, sino de un desgaste que no se puede medir en horas ni en kilómetros caminados. Un desgaste acumulado con los años, con pequeñas renuncias que no se ven, con una continuidad sostenida quizá más por inercia que por convicción. Las vidas no siempre se rompen por un gran escándalo ni por un amor súbito que lo arrasa todo. A menudo se deshacen lentamente, por acumulación de días iguales, por pequeñas renuncias o vejaciones no desdeñables que nadie contabiliza formalmente, y por una continuidad de la rutina que acaba pesando más que cualquier sobresalto repentino.
El green, delante de la terraza, lucía impecable, sin ninguna irregularidad visible. El viento, sin embargo, seguía desviando las bolas con una constancia discreta. He pensado que la historia de Joan no es ninguna excepción extraordinaria, sino una posibilidad latente dentro del mismo orden que todos dan por descontado. Quizá lo que incomoda no es tanto la infidelidad como la constatación de que la estabilidad es menos sólida de lo que parece, y de que cuando algo se desplaza no suele ser el más débil quien decide el movimiento.
Las cuatro mujeres han seguido hablando con esa habilidad tan trabajada de decir sin exponerse del todo, de sugerir sin
comprometerse. Probablemente mañana volverán a jugar y el viento volverá a soplar con la misma regularidad, o no… Todo, en apariencia, seguirá igual. Pero hay desviaciones mínimas que no se corrigen con un golpe discreto. Y en un lugar donde todo está tan bien alineado, cualquier desplazamiento, aunque sea pequeño, adquiere una importancia que no se puede confesar abiertamente.